UN CÚMULO DE VARIABLES DESAFORTUNADAS

Con una sucesión atolondrada de golpes de maza, el lacayo anuncia la llegada del matemático Karl Krakauer al baile de gala. Aunque su nombre pueda serles desconocido, podría afirmarse que es el protagonista absoluto de la jornada; el hombre más admirado y envidiado del mundo científico, pues acaba de recibir de manos del rey el más prestigioso galardón internacional en el campo de la investigación sobre probabilidades estadísticas.

Desde lo alto de la escalinata de mármol blanco que preside el Salón de Honor, los corrillos de ilustres asistentes y algunas parejas que ya han comenzado a danzar al ritmo de los primeros compases de la orquesta parecen figuritas de porcelana en la inmensidad prendida de luz, cristal y espejo. El recién llegado se recoloca majestuoso los faldones del frac, pasea la vista orgulloso de derecha a izquierda con los ojos entrecerrados de puro triunfo e inicia el descenso sin pararse a pensar con qué pie va a dar el primer paso y, lo más relevante, que seguramente nadie ha verificado si la nueva criada ha ajustado bien la alfombra bajo los rieles dorados. Y esa bien podría señalarse como la variable más importante dejada al azar.

El tropezón va acompañado de un golpe seco de tacón que apenas atrae la atención de algunos presentes. El bueno de Karl manotea en el aire al tiempo que envía una señal visual de socorro a dos damas que ahogan un ¡oh! no pronunciado. Por un momento diríase que va a ser capaz de recobrar el equilibrio trazando un quiebro de rodillas con salto lateral estabilizador, pero finalmente cede su posición derrotada, cae ovillado y empieza a rodar escalones abajo. Su propio zapato derecho, liberado, le va precediendo con refinados pasos de claqué.

Wilhem Bauer, Matthias Berlepsch y Franz Tausch, furibundos rivales en la carrera por el premio, no pueden evitar murmurar cálculos sobre el gradiente zodiacal de la escalera, la velocidad de precipitación en relación con la edad y la calvicie del sujeto, y el precio que un caballero pagaría por esas ligas para sujetar calcetines que dejan a la vista las velludas canillas del desafortunado científico. Mientras, el cuerpo orondo prosigue su descenso, adoptando posturas y ademanes cada vez más grotescos, como un saltimbanqui de circo de pulgas. El monóculo sale despedido y compite en fulgor con las lágrimas de la inmensa araña que ilumina el vestíbulo. En este punto, varias señoras ya no pueden esconder su rubor tras los abanicos, incluso podría pensarse que también algunas risitas, pero manteniendo la compostura mientras los caballeros las miran con reprobación y se atusan las guías del bigote.

El pobre Krakauer sigue resoplando, manoteando, pataleando; siempre en dirección descendente como proponen todas las leyes físicas. En una de las numerosas volteretas se abren las costuras de los pantalones y salen a relucir unos calzones blancos a manera de bandera de rendición, pero sin esperanza de que se conceda ninguna tregua. Los espectadores que se han ganado el mejor puesto al pie de la escalera a base de codazos estallan por fin sin cortapisas, con una risa franca que propaga por las filas traseras un sentimiento de desinhibición comunitaria. Unos cuantos escalones más abajo asoman por fin las esperadas nalgas, sonrosadas como las de un bebé. Los próceres y augustos representantes del reino tienen que sujetarse los riñones para no desternillarse y sus esposas se carcajean dándose palmadas en los muslos como vulgares pescaderas. No hay ni uno que no tenga la cara congestionada o los ojos de pez, y de las bocas se escapan gotitas de saliva voladoras.

Cuando el premiado llega finalmente al pie de la escalinata, descabalado como un pelele, está perfectamente muerto. Difunto, cadáver, fiambre. Ha quedado tendido con los hombros y la cabeza reposando sobre el último de los escalones, los labios abiertos en eterna sorpresa y la pajarita a punto de echar el vuelo. Crece en oleadas el silencio a su alrededor; los músicos interrumpen la alegre polka con la que amenizaban la escena y le contemplan consternados. Los que reían a mandíbula batiente improvisan ahora panegíricos y alabanzas. A modo de postrero homenaje, la Academia propone un debate sobre la fórmula —que recibirá el nombre de Principio de Krakauer— que permitirá calcular en qué preciso peldaño la cosa dejó de tener maldita gracia.
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