Crónica de un suceso anunciado

Alejado de la estética de las futuristas ciudades decadentes, superpobladas y sumergidas en una noche perpetua, en medio de una luminosidad que aventuraba un mejor porvenir para la humanidad, el año 2518 fluía hacia su último mes. Ardid caminaba con decisión por las calles de su ciudad. Sus ojos oscuros y sagaces observaban a las personas de su alrededor. Los examinaba con recelo, intentando averiguar si su comportamiento externo podía desvelar que alguno de ellos estaba contribuyendo en aquel giro predecible pero traicionero. Sentía una incertidumbre nueva para ella, y en más de una ocasión se descubrió agitando su rubia melena, negándose a si misma alguna concebida solución al problema que la compungía, censurándola antes de urdirla por completo.
Llegó a su puesto de trabajo y una vez en su mesa comenzó a repasar archivos con ansiedad. Hacia principios del siglo XXII, la anotación de los genes del genoma humano y la completa caracterización de sus funciones se había dado por finalizada con éxito. Muchos científicos se felicitaban mutuamente por sus parciales contribuciones al etiquetado preciso de genes, desde los implicados en el desarrollo de enfermedades congénitas hasta la localización de las instrucciones moleculares para la construcción de los cimientos de la personalidad humana. Si bien una parte de nuestro carácter se forjaba a golpe de experiencia vivida, un primitivo andamio de éste servía como centro de enucleación para el resto de propiedades adquiridas que definían a cada individuo, incluso antes de su nacimiento. Ardid no había vivido aquel momento, pero sabía que fue una revolución científica, los albores del asentamiento de una sólida ética colectiva. Cuando se identificaron y localizaron genes implicados indiscutiblemente en el desarrollo de la agresividad, en el egoísmo implícito de nuestra especie o en la absoluta carencia de empatía por el prójimo de algunos pocos, comenzó una nueva era. La cruenta polémica llegó 50 años después, cuando se puso sobre la mesa de debate si, una vez localizados dichos genes, la humanidad se veía en la obligación moral de eliminarlos para construir una civilización mejor, superando aquellas, menores o mayores, vilezas endémicas del ser humano. La eugenesia estuvo descartada desde el primer momento, pues se veía ya como una aberración propia de los regímenes totalitarios de la Europa del siglo XX. Sin embargo, las herramientas de edición génica avanzada podían permitir, siempre que hubiera una certeza de la ausencia de epistasias, la deleción o substitución de los genes lacra, como los llamaron. Deberían pasar un par de generaciones más para que, después de una escalada de ataques nucleares entre dos naciones históricamente enemigas que costó un número sin precedentes de vidas, se aprobara y comenzara con un plan de erradicación de dichos genes, generalmente reemplazándolos por alelos inofensivos, algunos de ellos diseñados sintéticamente. A penas comenzado el programa, los índices de criminalidad bajaron drásticamente. Ardid creció en un mundo en el que los asesinatos, conflictos, desigualdad económica o conductas éticamente reprochables no existían desde hacía más de trescientos años. La conciencia, la integridad y la honradez se impusieron como una norma y se perdió el recuerdo de las antiguas calamidades de nuestra civilización.
Por ello, cuando hacía unos meses había aparecido el cadáver de una joven muchacha asesinada, el mundo entero sufrió una conmoción. Aquel hallazgo espeluznante abrió una investigación. Se contrastó con otros sucesos menores a los que sus desprevenidos testigos habían cerrado los ojos, pues ya no comprendían la razón de ser del ancestral comportamiento humano. Ardid estudió el número nada despreciable de recientes relatos, de sorprendidos vecinos que denunciaban a otro por carácter violento, o compañeros acusados de prácticas carentes de honestidad. Algunos actos, por inconcebibles, habían sido obviados por sus víctimas. Pero un asesinato no podía pasar desapercibido. Ardid y su grupo, tras estudiar la secuencia de los genomas de los ahora denunciados y remontarse atrás en su genealogía, descubrieron que todo había comenzado con una mutación en un gen clave a penas una generación después de la purga genética masiva. Un pequeño cambio que provocó un temperamento diferente, más taimado, dotó a su portador de una ventaja que transmitió a su descendencia. Ardid aventuraba que incluso esa astucia ladina le habría hecho triunfar y quizá hasta tener más descendencia entre una población confiada ante el nuevo arquetipo moral. Y así hasta el lamentable suceso de la chica muerta. La evolución se abría paso en aquel mundo idílico pero ya efímero. Pues ella, y por ende, la naturaleza, no conoce de barreras éticas, solo entiende de estrategia.
Ardid se llevó las manos a la cabeza, sabiendo que aunque pudieran identificar y detener al asesino, jamás podrían detener a aquella fuerza basada en mutaciones aleatorias encauzadas por la selección natural, que premiaba implacablemente a los aventajados de un entorno sin importarle la noción del bien y del mal.
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