El lado oscuro

Soy una traidora.
Pero lo peor, es que nunca fue mi intención. Me vi envuelta en una serie de decisiones que me llevaron sin yo quererlo hasta el lado oscuro. Y ya no pude salir.
Me ahogo, cada vez hundiéndome más en este pozo sin fondo, alejándome de mi zona de confort, de lo que me hacía sentir segura. Las barreras se difuminan, los límites traspasan fronteras. Ya no existen ni el blanco ni el negro. El futuro es multicolor. Para sobrevivir, la única salida es sumergirme en este universo colorido, y aprender a nadar a contracorriente, a adaptarme al cambio de mareas. A saber respirar bajo el agua sin branquias ni aletas.
Y ellos lo saben. Fingen que soy como el resto, una más. A fin de cuentas… ¿Cómo iban a distinguirme? ¿Cómo iban a saber a simple vista que este no es mi sitio, que no es aquí donde debería estar? No me preguntes cómo, pero lo saben. Son muy inteligentes. Te miran con esos grandes ojos que te atrapan, y entonces, son capaces de observarte el alma. Y luego te juzgan. En cuanto me giro, cuchichean a mis espaldas.
Hay veces en las que simplemente me acerco a ellos, y huyen en dirección opuesta. Otras veces, se esconden, me evitan. Dan rodeos para no encontrarse conmigo. Como si yo fuera a hacerles algo…
Bueno, en realidad, sí que los utilizo, en mi favor. Con el máximo de mis respetos, por supuesto. Pero, cuando tu futuro depende de ellos… No te queda otra. Eso sí, intento que no sufran. A menudo tengo que repetirme que no soy mala persona. Que lo hago por un buen motivo. Que el fin también puede justificar los medios, en determinadas circunstancias. Sobre todo, cuando se trata de evitar un mal mayor, de salvar nuestro planeta, de procurar que tengamos una vida mejor, de salvar vidas. Pero todo esto suena a utopía, a cuento de niños, a excusa barata para ayudarte a conciliar el sueño por las noches. La realidad es que te conviertes en asesina. Y sus rostros y pequeños cuerpecitos te perseguirán cuando cierras los ojos.
Lo confieso. Estoy camuflada en un mundo de biólogos, de oceanógrafos, de bioquímicos. Cambié mi querida materia inanimada, inerte, controlable, de probeta y matraces, por ensayos con criaturas vivas, que tienen la manía de morirse cuando no toca, o no aparearse según el calendario, echando por tierra toda la planificación de las últimas semanas.
Así que aprendí a improvisar, a ser paciente, a buscar soluciones a los mil problemas que aparecen a diario, a imponer el deber a mis sentimientos, a tener una mayor amplitud de miras, y a que la sed de conocimientos fuera mi motor, mi empuje, mi faro en mitad de la tormenta. Porque el conocimiento es poder. Poder para cambiar el presente y construir un mejor futuro.
Y vosotros, mis queridos pequeños embriones de pez cebra, que me miráis con esos grandes ojos negros cuando os observo en la lupa, que sepáis que se me parte el alma exponeros a contaminantes y asesinaros congelados. Y a esos padres, que me juzgáis desde esas peceras y que huis de mí cuando trato de pescaros con mi red, que sepáis que el sacrificio de vuestros hijitos no será en balde. Me encargaré personalmente de ello. Os lo prometo. Palabra de química.
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