A ti también te podría pasar

Era un caluroso día de verano. Tras el solsticio, el sol parecía brillar en su máximo apogeo y yo entraba en mi edificio casi tan radiante como él. Volvía de mi trabajo con más entusiasmo de lo habitual. Era viernes y eso significaba que, a expensas de una jornada reducida, arrancaba el puente más famoso del verano. Después de comer tranquilamente, acabé de prepararme la maleta para el viaje a la playa y me duché corriendo antes de dirigirme a la parada del autobús, donde había quedado con mis amigos.

Bajo el chorro de agua, mientras me enjabonaba, tuve una sensación extraña. Mi cabeza volaba entre días de olas y noches de hogueras cuando un instante me devolvió repentinamente a la realidad. Había notado algo al frotarme un pecho. Un escalofrío me sacudió entera. Dejé caer la esponja y me llevé la mano a ese lugar. Con mis dedos temblorosos traté de palpar la zona. Me pareció notar un bulto pequeño, de poco grosor, pero para detectarlo tenía que apretarme el pecho fuertemente. De hecho, ni siquiera tenía certeza de que aquello se tratara de lo que estaba pensando. Volví a palparme, pero esta vez no daba con él. Hice por sofocar mis ansias, el corazón me latía tan deprisa que casi no podía reaccionar. Permanecí inmóvil unos minutos bajo la ducha, ordenando mis pensamientos. Seguramente era una paranoia. Las últimas semanas en el trabajo habían supuesto un estrés adicional. A eso cabía añadir algún que otro problema con mi madre y ya tenía los ingredientes ideales para que mi mente echara a hervir cual olla a presión. Tal vez fuese una invención de mi cerebro. Seguro que pasar unos días fuera de casa ayudaría a relajarme por completo.

No le presté más atención cuando ya me encontraba subida en el bus, entre risas y carcajadas, deseando llegar al destino. El puente se desvaneció entre mis manos, pero cada noche, antes de ir a dormir, el fantasma de lo que sucedió aquel viernes me servía el primer plato de mis pesadillas. Antes de regresar a casa le pedí a mi amiga si podía palparme, con la esperanza de poner fin a mis dudas y deshojar la margarita de la incertidumbre. La realidad no pudo ser más aplastante. No hizo falta su mirada preocupante, ni que dijera que había notado algo. Yo también lo sentí cuando ella dio con el bulto.

Lo primero que hice al volver a casa fue pedir cita en el ambulatorio. Iba a cerciorarme de lo que ocurría sin pecar de alarmista. Los trámites y visitas entre médicos se sucedieron con fluidez. Después de varios días y unas cuantas pruebas, los especialistas concluyeron que tenía un tumor, de mama como nombre y «triple negativo» de apellido. El tumor resultaba demasiado grande como para operarme así que decidieron someterme a unas cuantas sesiones de quimioterapia y reducirlo antes de extirpar. Ante los mensajes tranquilizadores logré afrontarlo y aceptar el tratamiento. Al ya sofocante calor de las fechas cabía añadir una sesión por semana que me abrasaba la piel. Un día los médicos me felicitaron, sin entender yo qué había hecho, por una eventual reducción del tumor. No obstante, todavía era pronto para operarlo así que decidieron sentenciarme con un par de sesiones adicionales. Aquello me pareció extraño, creía que lo mejor era deshacerme de él cuánto antes.

Los médicos se habían portado muy bien conmigo, pero sus explicaciones me resultaban turbias. Tal vez ellos ignorasen la solución a mi problema. De cualquier manera, yo no iba a permanecer ingenua ante sus decisiones, más aún cuando al poco de ser diagnosticada una vecina de mi madre me habló de las terapias naturales. Rescaté aquella idea, que naufragó en un primer momento, para escapar de las sesiones de quimio que me habían programado. El tumor ya no era el de antes y seguramente aquellas infusiones de hierbas orientales podrían sustituir perfectamente los últimos azotes de un tratamiento que me maltrataba físicamente. El aroma de los batidos era mucho más agradable que el de desinfectante que impregnaba el hospital.

Cuando volví a la consulta me sentía tan radiante como el primer viernes de verano. A los oncólogos no les hizo ninguna gracia que hubiera sustituido su terapia por otra natural, así que decidieron hacerme un estudio acerca de la evolución del tumor. A los pocos días recibí los resultados. El tumor había crecido más que nunca y hallaron algunos indicadores de metástasis.

Tuve la oportunidad de que la medicina hiciese algo por mi cáncer, sin embargo lo había echado a perder. Había sido víctima de un doble engaño, el ajeno y el propio. En una situación como esta lo peligroso es desconfiar. Ahora que ya no hay vuelta atrás solo me queda pedirte que vigiles, a ti también te podría pasar.
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