El descubrimiento

La chica de negro de la última fila había descubierto una especie nueva de insecto. Lo comentó en clase sin darle demasiada importancia, como si se tratase de una anécdota más del fin de semana. Al principio nos reímos sin darle crédito, pero cuando sonó el timbre y se acercó a la mesa del profesor todos la seguimos con la mirada. De su mochila empezó a extraer un sinfín de documentos y fotografías que fue disponiendo diligentemente sobre el escritorio. Finalmente sacó un pequeño bote transparente con un puntito amarillo danzando en su interior. El profesor cogió el bote con una mano mientras con la otra se colocaba las gafas. Al observarlo de cerca su rostro se iluminó; nos acercamos.
El puntito era en realidad un hemíptero heteróptero de la familia Gerridae. Resultaba casi idéntico a un zapatero de agua dulce, pero su coloración era completamente diferente: tórax y abdomen amarillos, antenas violáceas y alas negras, más largas y gruesas que las del zapatero común. El profesor murmuraba palabras ininteligibles mientras realizaba breves anotaciones en su bloc de notas, todo ello sin dejar de girar el pequeño envase. La chica de negro sonreía nerviosa. Con cierta timidez reclamó el bote un segundo: quería enseñarnos algo. El tono en que lo dijo, y el matiz inclusivo que denotaban sus palabras (abarcándonos al profesor y a nosotros en un todo) me hizo sentir mal por habernos reído de ella previamente.
A pesar de encontrarnos a mitades del segundo cuatrimestre no sabíamos mucho de esa chica. Era unos ocho años mayor que la mayoría de nosotros; al llegar el primer día de clase con su estética gótica, tez pálida y labios pintados de rojo rápidamente la habíamos catalogado como freak. No hablaba mucho pero en ocasiones oíamos su risa desde la última fila, una risa que brotaba pocas veces pero que cuando lo hacía era igual de incontenible que una cascada. Tenía una voz agradable, dulce pero firme; tatuajes en las muñecas y numerosas pulseras encima de estas que le cubrían parte del antebrazo. Eso era todo lo que hasta ese momento podía decir de ella. Pero la curiosidad es una cosa, valga la redundancia, curiosa: puede permanecer aletargada durante años y despertar de repente, espoleada por el detalle más nimio. En mi caso esa pequeña chispa fue el bote cambiando de manos y las pulseras de la chica tintineando al retirar la tapa del envase con delicadeza.
Una vez abierto lo ladeó sobre la palma de su mano y esperó a que el insecto saliera cuando se sintiera preparado. Se oyeron varios bufidos de reprobación y una vez más me sentí parte de la mente colmena (en términos de ciencia ficción) al pensar que el hemíptero se iba a escapar por la aparente torpeza de mi compañera. Pero no, tras los titubeos iniciales el insecto dio dos pequeños saltos hasta colocarse encima de la mano, su anfiteatro para la ocasión. Una vez allí no se movió del sitio y su pigmentación comenzó a cambiar hasta adquirir tonos pálidos, mimetizándose con la piel de la chica. “Este tipo de coloración disruptiva es muy común en esta familia de insectos, que en función de la luz que reciben consiguen integrarse con los elementos de fondo y pasar inadvertidos”, dijo el profesor. La chica asintió y sin dejar de sonreír extrajo su móvil del bolsillo, abrió spotify y le dio al play. Una melodía celta invadió la clase: nadie entendía nada. Un enjambre de instrumentos (solo pude reconocer gaita, bajo, mandolina y ukelele) fue tejiendo una armoniosa composición que mentalmente me transportó a la edad media. La chica dejó que sonara veinte segundos antes de pausarla, entonces elevó al zapatero y le susurró “venga, no seas tímido tú ahora”. Se hizo un silencio incómodo, solo quebrado por algunas risas. El profesor se estrujó las sienes, tic nervioso que le afectaba ocasionalmente y contra el cual no podía luchar. Pero tuvo que detenerse, todos tuvimos que interrumpir nuestros pensamientos cuando el insecto, mediante una serie de tenaces zumbidos (siendo precisos, estridulaciones) empezó a reproducir la canción que acabábamos de oír, nota por nota. Durante veinte segundos todas las bocas de la clase permanecieron abiertas: tras ellos el profesor ya no pudo recuperar el control. Antes de que la fascinación diese paso a la histeria la futura bióloga volvió a depositar al hemíptero en el bote y cerró la tapa: quedaba mucho trabajo por delante.

Meses después, la comunidad científica certificaba que el insecto zapatero “oldficus tubularis”pasaba a engrosar la lista de especies descubiertas en 2019. La peculiaridad de que solo reprodujera cierto tipo de sonidos y melodías lo hizo mundialmente famoso y sin duda será materia de estudio en los años venideros, estudios en los que si todo va bien nos veremos involucrados.
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