La longevidad nunca jamás imaginada

Buenas, me llamo José, tengo 34 años y soy un biólogo especializado en genética y os cuento esto puesto que voy a narraros la historia de cómo triunfé en mi profesión.

Soy navarro y por proximidad estudié en la universidad de Navarra. La genética me fascinó desde mi primer contacto con ella en 6º de E.G.B. Así que después de terminar mi carrera universitaria decidí meterme de lleno en la genética. Entré en el mercado laboral, y como un buen principiante empecé de prácticas en un laboratorio.

Desde pequeño me había fascinado el país de nunca jamás de Peter Pan ya que era un lugar donde no se envejecía, algo por lo que mucha gente mataría. Esto me llevó a estudiar cómo influía nuestra genética en el envejecimiento, y di con los cromosomas. Los telómeros podían ser la clave para encontrar la tan famosa fuente de la juventud. Pero no había estudios concretos o maneras de conseguir modificar esos telómeros, lo que me impulsó aún más para tomar una decisión que ya llevaba tiempo rondando por mi cabeza. Cuando llegase a una estabilidad económica compraría un laboratorio para comenzar con el proyecto que había soñado desde pequeño.

Tras cinco años en el laboratorio ascendiendo puestos ganando así personalidad y popularidad tomé el paso de renunciar a mi entonces actual trabajo. Hubo gente de ese mismo laboratorio que confió en mi idea y quiso participar en mi laboratorio, tomaron una buena decisión.

Nuestra idea estaba clara: Envejecemos a medida que nuestras células se dividen y los telómeros desempeñan un papel fundamental en la protección de su integridad. Para entenderlo tendréis que saber que los telómeros son los extremos de los cromosomas, que se pueden comparar con las fundas de plástico de los cordones de los zapatos, que impiden que estos se deshilachen.

Sinceramente, se podría decir que los dos primeros años fueron un auténtico desastre. Experimentos fallidos, accidentes, facturas casi imposibles de pagar, todo avance acababa en un error. Esto sumado a una falta considerable de motivación hizo que muchos integrantes e inversores del laboratorio renunciasen a este proyecto. Pero todo cambió un día que tenía que cuidar a mi sobrino de entonces seis años. No se me ocurría nada que hacer para entretenerle, y recurrí a mi película favorita cuando era un niño, Peter Pan. Disfruté viendo la película y también, durante ella me dio tiempo para reflexionar sobre mi proyecto, enlazando conceptos con la película.

Para viajar a la isla de nunca jamás eran necesarios unos polvos que poseía Campanilla, con ellos podías volar y así llegar a la isla. Pero por experiencia todo o casi todo tiene efectos secundarios que, aparentemente, no vemos en la película. ¿Y si el factor que determinaba que no envejecieses fuesen los polvos y no la isla? Si una planta o un hongo autóctono de la isla generaban estos polvos, cabía la posibilidad de que mediante esporas con pequeñas dosis de esos polvos que los habitantes de la isla inhalaban, generasen ese efecto de eterna juventud.

Ya habíamos pensado en la telomerasa, que es una enzima cuya única función es conferir vida adicional a las células, que consigue alargando a los telómeros. Pero la actividad telomerasa se desactiva al nacer y estamos condenados a envejecer. Entonces la pregunta era: ¿Cómo se activaría esa actividad telomerasa? Y con esta cuestión comenzamos a probar cosas. Pensando en Peter Pan y en mi teoría mencionada con anterioridad, se me ocurrió inyectar la enzima en un tipo de hongo con un crecimiento rápido. Al dar de comer estos hongos a animales y comparar su longevidad con animales de su misma especie pero sin esos hongos, lo único que sacábamos era que los animales que ingerían esos hongos tenían dolores de tripa y problemas gástricos, es decir, un completo fracaso de momento.

Algunos tipos de cáncer activan la telomerasa así que probé a extraer telomerasa de un cerdo que padecía cáncer, porque muchas partes de nuestro cuerpo se asimilan a las de un cerdo, fue simple intuición. Almacenamos esta telomerasa, la inyectamos en los hongos y ahora necesitábamos un sujeto de pruebas y me tiré a la piscina, me comí un hongo. Después estudiando mis telómeros, vimos que hubo un pequeño estiramiento de los mismos. Esto llamó la atención de muchas personas y empresas multinacionales, que nos ayudaron e invirtieron en el proyecto. Gané múltiples premios prestigiosos, pero soy biólogo y eso no era lo principal. Seguí experimentando gracias al dinero invertido en mi proyecto y conseguí crear una pastilla a partir de esos hongos que restauraba prácticamente por completo los telómeros, disponible para todo el mundo. Eso fue para mi, mi mayor logro y lo que había soñado desde que era un niño. ¿Quién me iba a decir que encontraría la clave en una película infantil?
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