¿De qué sirven sus ondas de radio?

"Souvenir d’un lieu cher, Mélodie. Opus. 42 para violín y piano, de Piotr Chaikovsky…"
No, no había prestado atención a la pieza. Se dijo así mismo que los programas de radio deberían dejar la música correr, sin decir cómo se llaman las melodías. Esperaba que la voz siguiese hablando pero el ruido comenzó a comerse todo, hasta que las notas se perdieron en un molesto murmullo inaudible y su madre apagó la radio. La señal se había perdido.

Quiso pasar todo el trayecto recostado, para no ver el paisaje. Imaginaba que al llegar habría un riachuelo, un bosque frondoso, un campo lleno de flores y mil cosas más que le parecieran adecuarse a “fuera de la ciudad”. Al escuchar que habían llegado, se incorporó rápidamente para mirar por la ventanilla, y grande fue su descontento al ver únicamente un valle seco con vegetación poco amistosa y una montaña no muy empinada.

— La camioneta no subirá—dijo la madre—, habrá que dejarla. Caminaremos.
— ¿Qué tanto?

Ella no respondió. Bajó del vehículo tomando una mochila y emprendió la marcha sin esperarlo.
Anduvieron por dos o tres horas en el calor abrasador. Subieron, bajaron, saltaron una reja y al fin divisaron lo que buscaban: un instrumento gigantesco compuesto de varias antenas que gruñían con el pasar del viento, un sitio marcado por el olvido. A ella se le iluminó el rostro, él no sabía qué pensar.

—Manuel, te presento un radiotelescopio— dijo antes de correr a un edificio un poco más al fondo.

Él caminó lentamente, pasando embobado entre las antenas. Con los ojos en el cielo notó que se hacía de noche y apresuró el paso.

— ¿Mamá?—Gritó con un pie dentro del edificio — Mamá, ¿dónde estás?
— ¡Aquí!

Sin saber dónde era “aquí”, penetró las sombrías instalaciones siguiendo el único pasillo hasta dar con ella, con su figura pequeña, con su gesto cansado, con su mirada imponente.

—Enciende la linterna, está en… Olvídalo, ya lo encontré — Ella apretó un interruptor y todo se iluminó— Dime, ¿por qué tan callado, Manuel?

—Por nada. ¿Ya puedo saber qué hacemos aquí?
—Sucede que… Vamos hacia las máquinas primero.

En los ordenadores había carpetas y carpetas de información; siglas ininteligibles, gráficos e imágenes por doquier. Para ella todo tenía sentido. Se sentaron en las viejas sillas de la sala para observar mejor.

—Mira todo eso. Es sólo una muestra del trabajo de años que realizamos aquí, la mayoría está en discos duros que tomaremos antes de irnos, a eso venimos. Nada de esto parece importar ya, pero en realidad creo que es de las cosas más hermosas que existen, no me quiero poner sentimental ni nada, es sólo que pienso… ¿Por qué lo dejamos todo?
— ¿Qué dejaron?, ¿qué hacías? —Su mirada inquisitiva sugirió interés, y ella se moría por contestar.
—Las antenas de afuera captaban señales de radio, era una forma de ver objetos que los telescopios normales no podían captar. Aquí era el centro de operaciones, convertíamos esa información en verdaderas fotografías, bellísimas, pero ya ves que todo se acaba siempre. Llegó un momento en el que dejó de haber financiamiento, a nadie le importaban los malditos cuásares, los inútiles agujeros negros que observábamos… No sirven de nada, supuestamente. Aún recuerdo ese discurso de los jefes de gobierno “Los países de primer mundo no invierten en tonterías, ¡ese no es el futuro! No podemos darle dinero a los que tienen la cabeza en la luna, o dígame alguno de ustedes, ¿de qué les sirven sus onditas de radio?, ¿eh?” y se rieron, Manuel, se rieron.

Se miraron en mutismo, pensando quizá que hacían mal en estar ahí. Temerosa del silencio, la madre tomó el ratón de uno de los ordenadores y reprodujo un archivo. De unas bocinas salió una melodía conocida, al final una voz dijo “Souvenir d’un lieu cher, Mélodie. Opus. 42 para violín y piano, de Piotr Chaikovsky…”

—Mamá
—Dime

Abrieron juntos una gran puerta, dentro había montones de cajas.

— La radio, las estaciones, ¿qué no usan ondas de radio?
—Sí, así se transmiten los programas que escuchas.

En las cajas había discos duros, tomaron 20, metieron algunos en la mochila, los otros los cargaron.

—Entonces sí sirven para algo.

Salieron con el aire melancólico, dejando sonar una y otra vez la misma melodía. Miraron el edificio, las antenas, el cielo nocturno una última vez.

—Sí sirven, claro que sirven. Debes saber que son el arte y la ciencia lo que nos hace humanos, aquellos que censuran ambos tienen miedo de su humanidad.

— ¿Por qué nos llevamos esto?
— ¿Por qué no?— Dijo ella. Y él sintió esperanza, aunque no hubiese ningún radiotelescopio funcionando en la tierra, nadie que lo comprendiera.

En la camioneta, de regreso, la radio dijo “Souvenir d’un lieu cher, Mélodie. Opus. 42 para violín y piano, de Piotr Chaikovsky…”
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