Amor de Plasma

Solo. Así es como me sentía antes de tu llegada, completamente solo. Observaba este oscuro e inmenso espacio en el que habitamos y me cuestionaba las más retorcidas preguntas sobre su origen. Velaba estos pequeños puntos blancos que rellenan mi vista e intentaba comprender su papel en el firmamento de la existencia. Pero todo esto cambió con tu llegada. Amarilla, así te observaba. Más brillante y cercana a las demás, estudiaba con cautela tu peculiar brillo. Hiciste aparecer mariposas en mi interior, mariposas atómicas y constantes que me recordaban tu existencia y su efecto sobre mí. Cuando antes solía ojear sin anhelo los horizontes del espacio, ahora me tenías ocupado con tu belleza y elegancia. Ocupabas los minutos, las horas, los meses, años y siglos de mi tiempo, descuidándome de mis tareas como esfera de plasma. Me entristecía el fantasear de tu despedida, ese día en el que ya no te volvería a hallar en mi campo de visión. Y aunque no podía tener certeza de ese sentimiento, algo me enunciaba y aseguraba que tus opiniones sobre mí eran parecidas o idénticas. Hechos y concebidos el uno para el otro. Pero existía un impedimento en nuestra relación, nunca podría observar tu gesto, pues la distancia me concedía tan sólo tu ardiente brillo. Me armé de valor y decidí llegar hasta ti. Juré a Dios que examinaría tus más sutiles facciones y ardería en tu calor, o me atenuaría en el intento. Me atreví a explorar este espacio por ti, y decidido agrandé. Agrandé miles de quilómetros en búsqueda de poder abrazarte. Sentía los lamentos de mis hijos al ser comidos por su madre, pero tu tenías preferencia por encima de ellos, por encima de hasta mi propia vida. Lamentaba sus muertes y percibía sus rocas fundiéndose en mi interior, pero mi objetivo era mucho más avaricioso que todo el oro que ellos me concedían. Fue entonces cuando pude captar tu respuesta; me imitabas. Crecías a pasos agigantados, moldeando el tinte de tu brillo a un rojizo amenazante. Ahora, los dos compenetrados en esto, queríamos abrazarnos, rodearnos mutuamente, y fallecer en la cuna del otro. Tenía las esperanzas puestas en nuestra victoria, en un logro jamás alcanzado en la eternidad del universo. Podía sentir cómo esas mariposas cesaban y se creaba en mí un vació desolador, un vació del que podía emigrar si tu me lo pedías, si te alcanzaba. Pero desapareciste. Sin previo aviso ni señal te fuiste. Me abandonaste, solo en este oscuro emplazamiento. Perdí a tres hijos por ti, abrasé a dos más y tú me lo agradeciste desapareciendo sin más. Me hundí en el vació de mi coro, pudriéndome y consumiéndome por tu pérdida. Mis peores pesadillas se habían cumplido, y mi vida perdió todo sentido. Ya no valía la pena, no sin ti. Iba consumiendo mi masa y alcanzando mi coro. Mi brillo se disminuyó, lo noté, y estuve a punto de caer en la más oscura realidad. Hasta que te encontré. Justo antes de mi perdición, toneladas de material y energía se despidieron de mí, salieron a gran presión en una explosión de colores y tonalidades distintas, únicas en el universo. Allí estabas, en el centro de una nube de polvo parecida a una paleta de colores. Supe al momento que yo también estaba sumergido en mi propia nube. Y aunque tenía la vista empolvada, pude reconocer tu nube como las alas de una mariposa. Como las que habitaron mi cuerpo durante tantos milenios. No pude alcanzarte, no pudimos abrazarnos, pero logramos ser las dos únicas mariposas en un firmamento de orugas.
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