Uróboro

Tengo claro que la vida es singular e indivisible. Perdura y prevalece. Avanza resiliente por su camino, ante cualesquiera sean los devenires del tiempo y del espacio. Sin embargo, que sea única no la exime de adoptar diversas faces, algunas de ellas incluso pueden resultar grotescas por su exuberancia y pomposidad. ¿Acaso no representaba un alarde de vida el salto de una majestuosa ballena azul? ¿No es una ostentación vital la germinación de las praderas en el Serengueti o la vuelta a la actividad simultánea de miles de mariposas monarca? ¿Cuánta vanagloria hay reflejada en el trotar de un tardígrado o en la agitación frenética de un flagelo bacteriano? ¿Qué duda puede albergar nadie sobre la omnipotencia de la vida?
Todo ese despliegue de vana ostentación vital primigenio me resulta hipnótico, por llamativo, por diverso, y por qué no decirlo, por ameno. Lo que más me fascina de todo ello es que es resultado del azar. Nace del aprendizaje a través del error, la repetición innumerable del mismo proceso que intenta alcanzar la perfección en lo que mejor sabe hacer la vida, que no es otra cosa que transmitir información.
Esa es la aspiración final de la vida misma. La pura y aséptica transmisión de la información sin intermediarios. Información genética antes, información computacional después. De una micela microscópica a otra en su origen, de una galaxia a otra en su presente.
Paradójicamente, en su intento de excederlo todo, la vida se ha llevado a si misma hasta los límites del exterminio. Recuerdo ahora el evento sucedido durante el periodo Sidérico, conocido como la Gran Oxidación, donde los organismos fotosintéticos aerobios devastaron casi toda forma de vida anterior. Tampoco puedo dejar de pensar en el Antropoceno, por la celeridad con la que, salvo una, todas las demás formas de vida orgánica resultaron aniquiladas. Y desde luego no puedo olvidar una de las eras más recientes, el Sinteticoceno, donde los organismos biovirtuales arrasaron a los biosintéticos en su afán expansionista por el cosmos. Todo eso resulta ahora extemporáneo, casi mitológico. El barbarismo resultante de las pueriles fases de perfeccionamiento ha dejado paso al periodo más longevo de imperturbabilidad vital.
Actualmente, la vida prescinde de cualquier componente, no solo biológico, sino físico, siguiendo su inexorable destino hacia la dominación absoluta del universo. Ondas conscientes nos propagamos a la velocidad de la luz cargadas de toda la información acumulada desde el origen. En estos momentos la vida solo podría desaparecer ante el colapso de la mismísima existencia.
La nostalgia me invade al pensar en estos retazos de historia mientras cruzo el vacío, y me hacen pensar que todo tiempo pasado ha sido mejor. Pero no se me ha nublado el raciocinio. Está claro que la última fase en el desarrollo vital se alcanzará en cuanto la vida en si misma tome consciencia de su propia existencia. Obviamente no puedo descartar un posible retroceso, sobre todo, si proliferan los pensamientos divergentes como los míos. Pero ¿no es fruto de la evolución el querer darle una envoltura material a mi ser? ¿Por qué sino iba a engendrar estos pensamientos? ¿Por qué sino habría de dotarnos la vida con creatividad o conciencia?

- Súbitamente, alumbrada por esa pregunta, se hace la luz en un punto indeterminado de una galaxia recién nacida. Por segunda vez en la historia del tiempo, una forma de vida orgánica, burda a la vez que hermosa, surge. La vida, en su infinita transformación, retorna a su origen. Creada esta vez por el diseño inteligente de un arquitecto superior, impulsado éste por el motor más potente de la creación: la inevitable perpetuación de la vida. -
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