A través de mí

Tras años de duro trabajo, el grupo de investigación liderado por la prestigiosa neurocientífica Susana Torres estaba consiguiendo algo realmente increíble y sin precedentes. Gracias al aparato que habían diseñado y construido allí mismo, eran capaces de interceptar los impulsos nerviosos del cerebro de una persona mientras dormía y llevarlos hasta otro cerebro. Parecía ciencia ficción.
Para llevarlo a cabo, eran necesarias dos personas, el soñador y el transductor, ya que las señales eléctricas obtenidas del soñador precisaban de otro cerebro para poder ser descifradas. Además, ambos debían estar dormidos para que la conexión funcionará sin interferencias. De esta forma habían conseguido presenciar los sueños de distintos sujetos en nueve de las diez pruebas que habían realizado hasta el momento. No obstante, la investigación no acababa ahí. Tenían reservado un as bajo la manga. Algo que de desarrollarse con éxito pondría su trabajo junto con los grandes descubrimientos científicos de la historia. Aún quedaba probar la máquina con un sujeto muy especial.


El día había llegado. Aparentaba alguno menos de los 37 años que reflejaba su informe. Quizás por las gafas de sol que le cubrían los ojos. Vestía una camiseta del grupo estadounidense R.E.M. La científica se preguntó si la elección de la camiseta había sido casual o no. Venía acompañado por una mujer mayor que lo llevaba agarrado del brazo.
—Hola, usted debe ser la doctora Susana Torres, ¿verdad? —se adelantó la anciana.
—Correcto, y usted la madre de David supongo.
Se saludaron con un apretón de manos.
—David, saluda a la doctora.
El chico extendió el brazo y ésta le correspondió con un nuevo apretón.
—Encantado David, ya teníamos ganas de conocerte.

David es ciego de nacimiento. Su cerebro nunca ha visto una imagen. Sin embargo, Él asegura que cuando sueña ve cosas. Aunque las personas que se han quedado ciegas a lo largo de su vida sí que lo experimentan, la ciencia no contempla esa posibilidad para los que nunca han tenido la capacidad de ver. Se limitan a escuchar voces, experimentar sensaciones relacionadas con el tacto e, incluso perciben olores y sabores detectados con anterioridad. Pero nunca un recuerdo visual. Por todo esto, el caso de David es casi único en el mundo y en cuanto supieron de su existencia se pusieron en contacto.
Aunque hay consenso en que una persona como David no puede soñar imágenes porque su cerebro nunca ha visto ninguna, cabe la posibilidad de que el propio cerebro genere por sí solo imágenes visuales. No obstante, la situación está condicionada por un hecho inherente a la propia naturaleza del problema: cómo puede saber si ve o no, una persona que no sabe lo que es ver. Incluso si viera imágenes y colores, ¿cómo sabría reconocerlos? El propio David, que afirma con total seguridad que ve algo en sus sueños, se muestra incapaz de describirlo. Pero, ¿qué ocurriría si alguien que sí ha tenido experiencia visual previa fuera capaz de experimentar esos sueños? ¿Sería capaz de confirmar la presencia o no de imágenes? ¿Podría entenderlas y darles algún sentido? Y lo más importante, qué información se podría extraer sobre el órgano más desconocido de nuestro organismo: el cerebro.

David y su madre fueron conducidos hasta el laboratorio donde estaba el sorprendente instrumento. Uno de los científicos comenzó, entonces, a explicarles cómo se iba a desarrollar el experimento.
—La doctora Torres será la que haga de transductora, así que tanto ella como usted, David, se tendrán que tumbar cada uno en un colchón —El científico observó al muchacho algo desorientado —. No se preocupe, cuando demos comienzo le guiaremos.
—Gracias —respondió el invidente.
—Una vez estéis acostados, os suministraremos una pequeña dosis de un sedante para facilitar el sueño. No tema, poca cosa —lo tranquilizó—. Después os pondremos esos gorros repletos de sensores en la cabeza y, unas gafas para monitorizar el movimiento en las cuencas oculares. ¿Alguna duda?
—Ninguna.
—Bien, pues empecemos. Usted, señora, tendrá que esperar fuera —dirigiéndose a la madre.


Tras cuarenta minutos de sueño, tanto el soñador como la transductora fueron despertados. Sin perder tiempo, Susana fue conducida a otra sala donde había un taburete frente a una cámara de vídeo. Se sentó y se inició la grabación.
¬—Hola doctora ¿recuerda lo que acaba de soñar? —inició el registro uno de sus compañeros.
—Sí —respondió visiblemente nerviosa y emocionada.
¬—¿Podría describir el sueño con el mayor detalle posible?
La doctora tragó saliva a la vez que asentía con la cabeza y una gota de sudor asomaba por su frente.
—Pues…
[En este punto de la narración se invita a que el lector realice un ejercicio mental e imagine qué podría ver una persona que, nunca ha tenido la oportunidad de percibir imágenes, mientras sueña.]
—Es increíble.
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