Látigo I

Los medios lo calificaban como teletransporte, era un error, nos habíamos cansado de repetir que no existía la desmaterialización. Era un transporte que viajaba a 13.000 kilómetros por segundo, podría recorrer una distancia equivalente al diámetro de la tierra en un solo segundo. No alcanza esa velocidad nada más arrancar obviamente, pero es el vehículo más rápido creado hasta el momento para uso individual. Aún no es perfecto: el motor se deteriora muy rápido, caduca al año y no podemos prorrogar esta duración, al menos por ahora.
He participado en cientos de entrevistas como jefe de proyecto e inventor del motor de Látigo. Lo bautizamos Látigo, en honor al primer invento del ser humano que rompió la barrera del sonido. Incluso en el tutorial para el usuario, la canción de fondo es Rawhide de los Blues Brothers.
La cadena de producción está en marcha y estará en el mercado en unos meses, la lista de reservas es tan alta que la primera remesa solo cubrirá una enésima parte de la demanda. Es un vehículo solar como marca la normativa, pero el precio de este modelo lo convierte en un artículo de lujo. Nuestro mayor miedo era que no se aceptase el hecho de que solo duraba un año.
Hubo una histeria colectiva cuando se publicó el concurso. El prototipo Látigo I iba a ser sorteado entre todas las personas que enviasen un video a través de las redes sociales explicando cuanto amaban viajar y por qué debían ser elegidos para tener a Látigo I. Un experto jurado se encargaría de tomar la decisión: reconocidos periodistas e influencers travelers. Yo habría puesto un sobre dorado en los Golden Grahams, pero el equipo de márquetin recomendó a la compañía optar por algo más actual.
Recibimos miles de videos, pero he de admitir que su video logró conmover a todos. No hubo dudas en nombrarla ganadora. Su discurso contenía unas trescientas palabras cada una de ellas en un idioma y con un montaje escénico de una ciudad distinta del mundo. El montaje era casero y manual. Hasta el mínimo detalle estaba representado en cartón piedra o tela. Ella escenificaba cada uno de sus sueños. Tomando un café y croissant en Paris; un hot dog en Central Park; subiendo Teotihuacán; caminando por la Gran Muralla; fotografiándose en la esfinge del Cairo; acariciando un elefante en Sudáfrica; imitando un pingüino en Madagascar; meditando en los templos del Tíbet…
Llegó al hangar 314 hecha un saco de nervios. Le hicieron un reconocimiento médico, le enseñé yo mismo el manual de uso. Era muy sencillo, no hacía falta ni saber conducir. Coincidí con ella dos veces más en los siguientes meses, nos hicimos muy amigos. Me explicó que había pedido una excedencia de un año en su trabajo, hasta la caducidad de Látigo I y que debía aprovechar al máximo ese tiempo. Es la persona más optimista y feliz que he conocido nunca. Uno de mis mayores pesares era que hasta que la tecnología no sea popular solo unos pocos podrán disfrutar de ella. Al menos no la usarán solo para fines militares, me decía ella.
Hace seis meses ya de ese viaje inaugural, vengo de visitarla al hospital. Está enferma. A los tres meses comenzó a tardar en despertar. Lo clasifican como un jet lag a la enésima potencia mezclado con problemas de repetida descompresión.
Hicimos muchas pruebas con pilotos entrenados y sujetos ordinarios de pruebas, pero nunca se expusieron a tantos viajes y tan seguidos como ella ha realizado, su pasión a ver mundo la esta matando. Los médicos son muy firmes, el informe dice que, si sigue viajando, incluso en transportes corrientes, podría no despertar, no debe de cambiar de usos horarios bruscamente ni someterse a descompresiones nunca más, su cerebro no lo resistirá, ya tiene muchos daños.
Le han hecho firmar un documento de confidencialidad y le han dado tanto dinero que hasta sus biznietos podrán vivir cómodamente. La compañía hará lo posible para encubrir una mala publicidad, le han pedido que mienta acerca de sus síntomas y que piense en la gran ayuda que está prestando a la humanidad. Sus pruebas han ayudado a modificar el vehículo a tiempo y no provocará daños a sus futuros dueños.
Fui a rogarle que parara, que no debía arriesgarse más. Le dije que si hacía falta yo mismo la llevaría a cada uno de los destinos que quisiera visitar en ferri coche solar, incluso en bicicleta. Dice que no lo entiendo, que no debo sentirme culpable sino feliz porque puede disfrutar de mi invento un poco más. Me marché confuso y la dejé tarareando Rawhide.
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