Las faldas del hambre

“En la cuna de grandes civilizaciones de los siglos XV y XVI, entre exuberantes montañas, Pani intentaba mantenerse en pie. La aldea sacaba de la tierra el sustento principal para sus habitantes: el tubérculo por excelencia y que tanta hambre apaciguó por el mundo. Allí, las mujeres se encargaban de su cultivo. Eran alegres y vestían largas y densas faldas de colores. Con frecuencia cantaban y bailaban para encontrar la energía que necesitaban para seguir trabajando.

Pero un día algo extraño empezó a pasar… Las plantas comenzaron a cambiar de color, a ponerse amarillas, a mustiar, a morir. El hambre empezó a castigar, y según cuentan, un día los dioses mandaron un mensaje al viejo del lugar: ¡había una maldición sobre las mujeres! Estaban poseídas por espíritus malignos y si entraban en un campo de patatas las plantas enfermaban. Poco a poco ganaban el color del oro, las hojas marchitaban y la planta moría. Si no conllevase a tanta desgracia, era casi bonito. La maldición hacía que el campo se pintase con manchas amarillas que le llenaban de color y alegría.

Los hombres se ocuparon de los escasos campos que se habían salvado, y para su tristeza las mujeres veían como las patatas crecían sanas y fuertes. ¿Pero por qué los dioses habrían lanzado sobre las ellas tal maldición?”

Carolina encontró este texto casualmente entre las cosas de su profesora, en la universidad donde trabajaban. Era una chica brillante, apasionada por la biología de las plantas. Corrían entonces unos 10 años después de la segunda guerra mundial.

El texto, escrito por un historiador a principios del siglo anterior, le llamó mucho la atención. Lo guardó en un rincón de su cabeza, como quien deja una tarea pendiente. Seguramente habría una explicación más científica y rigurosa que la del viejo del pueblo.

Carolina y su profesora estudiaban justamente las enfermedades de plantas. Se había inventado hacía poco el microscopio electrónico, y con él aparecieron los primeros virus. Se empezaron a relacionar con el Contagium vivum fluidum descrito hacia unos 50 años: un ente de estado líquido que al pasar de una planta enferma a una sana transmitía la enfermedad. ¿No serían virus dichos entes líquidos? Pues resultó que sí. Las dos mujeres se dedicaron a estudiar enfermedades causadas por virus, y una de las maneras de transmitirlos de una planta a otra era por contacto, frotando sobre una hoja sana un extracto de una planta enferma.

Años después Carolina volvió a dar con aquel texto e imaginó qué habría sucedido después. Le entraron muchas ganas de ir allí y de escuchar en primera persona esa historia. Quería solucionar el misterio y liberar aquellas mujeres de la culpa que pesó sobre sus espaldas.

Al llegar le impactó el contraste de colores entre montañas, casas y ropas, que llenaba el lugar de una mezcla de alegría y melancolía. La aldea parecía congelada en el tiempo, había pocos síntomas de desarrollo. Se hospedó en el único hostal y empezó su investigación. La abuela de la dueña le había contado sobre la maldición y el hambre que pasaron. La mujer explicó a Carolina que los campos seguían allí, alimentando el pueblo, pero que ahora solo trabajaban hombres. Nunca más dejaron entrar mujeres y ellas pasaron a ser símbolo de mala suerte. Si ya no era simple ser mujer en aquel entorno, cargar con ese peso lo hacía aún más complicado.

Carolina escuchó con atención y luego le explicó por qué estaba allí. Le mostró el texto del historiador y le contó sobre su trabajo con las plantas.

Clandestinamente fueron a un campo de patatas, y la señora encontró una hierba con un aspecto muy parecido al de una planta de patata maldita. Iba vestida con una de esas faldas tradicionales, largas y densas, con muchos colores, y sin darse cuenta la frotó contra esa planta. Estaba feliz por estar allí y empezó a bailar entre las plantas tal y como lo habría hecho su abuela.

Después volvieron al hostal y Carolina le dijo: esta tarde me voy, pero le dejo un encargo muy importante: dentro de 10 días tiene que volver al lugar donde estuvimos y contarme lo que ha visto.

Un mes después recibió una carta: las plantas entre las cuales había bailado la señora estaban amarillas y enfermas. Su sospecha estaba correcta: las mujeres pasaban un virus de una planta a otra con el roce de sus grandes faldas. Hacían sin querer lo mismo que ella y su profesora en la universidad. Los virus se esparcían rápidamente por todo el campo usando como puente las bonitas faldas de colores de las mujeres.

Se cerraba así el capítulo de la maldición de los campos de patata de Pani y las mujeres se pudieron en fin liberar del peso que cargaron durante tantos años.
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