Astrabudúa

-¡Astrabudúa! Definitivamente es el nombre que deberían elegir. Aunque luego resulte no ser un planeta. Bueno, “le resulten” no ser un planeta, porque Plutón, de toda la vida, es y será planeta, digan lo que digan estos individuos empeñados en “desnombrar” cosas que existen y en nombrar cosas que no existen, para intentar demostrar su existencia después. ¿O no es eso lo que hacen con el Bosón de Higgs?- soltó ella, mirando interrogativa y expectante al muchacho, que la observaba con una media sonrisa cómplice.
- Pues podría ser, claro, ¿por qué no?- dijo con una carcajada- Sin duda es un nombre difícil de borrar, y suena muy... espacial. O a brujería, entre el abracadabra y los astronautas.
* * *
Es el recuerdo que vino a su mente, cuando, muchos años después, observaba el cielo brillante, luminoso, protegido apenas con unas Rayban último modelo, junto con el más pequeño de sus nietos, Adrián, que escuchaba fascinado como su abuelo le contaba que esa pelota gigantesca que lentamente se acercaba hacia ellos, en sus inicios, había sido un planeta. –Es el Plutón de tu generación, chico, sólo que esta vez sí acertaron cuando le negaron la categoría de planeta. Y la chica que le puso nombre, Adrián, no es otra que Sara, la que hace esas tartas que tanto te gustan.
-¿Ah, si, abuelo?- preguntó, con la boca entreabierta por la memoria el pequeño.- ¿Y por qué le puso ese nombre?
- Verás, una tarde de verano, tumbados a la sombra compartiendo un buen vaso de horchata (en aquella época éramos novios, ¿sabes?), recordó el nombre de una estación de metro de una ciudad llena de vida del norte de España, y le pareció que sería perfecta para nombrar uno de esos astros que hasta ahora estudiaba como K-37654 o P-876643. Así que, con toda su tozudez, perseveró y perseveró, acosando a todos y cada uno de sus antiguos profesores y de sus nuevos jefes y compañeros hasta que lo consiguió.
-¿FUISTEIS NOVIOS?-inquirió el chiquillo, para el que el resto de la explicación se había perdido ante esa novedad impactante.
-Jajajajaja, si, Adrián, lo fuimos. Y, guárdame el secreto, volvemos a serlo ahora.
-Ualaaaaa...¿Y podemos ir ahora a verla? Igual tiene tarta de melocotones...
Y, dando por acabada la observación del cielo, se acercaron a la casa de las cortinas verdes, donde Sara les recibió, satisfecha, y les sirvió una tarta de mango enterita, junto con una dulcísima taza de chocolate blanco, pues en unas horas, cuando Astrabudúa llegara hasta su destino, hasta abrazarse con aquellos que le pusieron nombre, no tendrían que volver a preocuparse jamás por la diabetes o el colesterol.
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