EL NACIMIENTO DE LA ESPERANZA

Guillermo paseaba, con la mirada gacha, por la calle principal de Gorga. En la otrora bulliciosa avenida, reinaba un silencio inquietante. Los escasos supervivientes, de su pueblo, del Covid tres mil, habían quedado en un local, para tomar consciencia de su situación y tratar de seguir hacia delante.
El Covid tres mil había resultado ser la variante más mortífera y contagiosa de la enfermedad surgida en Wuhan. Esta mutación, descubierta en 2045, había resultado mortal para todos los portadores que no tuvieran el grupo sanguíneo AB negativo. En dos días, morían, irremediablemente. Ni las cuarentenas forzadas, que sumieron al mundo entero en una crisis sin parangón, ni las vacunas ni ningún tipo de medicamento, fueron paliativos suficientes.
En menos de un año, todos los que no pertenecían a dicha variedad sanguínea fallecieron. Los supervivientes suponían un grupo exiguo, minoritario. Tan solo un 0’6 por ciento cumplía el requisito necesario, es decir, tan solo una de cada sesenta y siete personas sobrevivió a la pandemia.
Ni los gobiernos, ni las fuerzas del estado ni ningún tipo de estamento u organización, pudieron soportar aquella criba. España, al igual que el resto de los países, trataba de adaptarse, de evolucionar.
Algunos ciudadanos hacían tibios esfuerzos por agruparse, con el fin de encontrar, en la espalda del vecino, la fortaleza y la seguridad necesaria para seguir en pie un día más. Otros, sin embargo, vieron en aquel caos la oportunidad de dar rienda suelta a sus más bajos instintos.
El planeta se había convertido en una auténtica pesadilla. No obstante, Guillermo sabía que la única manera de poder superar aquel obstáculo titánico, era la misma que había hecho que el hombre hubiese llegado a su máximo potencial, allá por el 2022. Fortaleza, resignación activa, solidaridad y empatía.
Llegó al local acordado, una antigua zapatería deportiva, que pertenecía a Carlos, otro de los sobrevivientes. Los estantes lucían unas cuantas muestras de calzado, aunque su precio lucía ya un tanto borroso. Carlos había dispuesto unas cuantas sillas colocadas de manera circular.
—Guillermo, qué alegría verte de nuevo —dijo Carlos, abrazándolo con fuerza.
—¿Cuantos faltan por llegar?
—No creo que vengan muchos más.
Ante la falta de un gobierno central sólido, bastantes pueblos habían comenzado a actuar de la misma forma que el suyo, pero muchas eran también, las personas que creían en un tipo de libertad tóxica, en un libre albedrío insolidario. El mundo estaba reestructurándose y con él, las personas.
Dejaron un poco de tiempo para que llegaran varios invitados más y tras conversar sobre penas, cotilleos varios y rumores, Guillermo tomó la palabra.
—Amigos, hemos concertado esta reunión para hablar sobre nuestros próximos pasos. Al igual que vosotros, me siento perdido. Tengo miedo de los salteadores y vándalos que campan por las cercanías de nuestro pueblo sin el menor reparo, sabiéndose inmunes a cualquier tipo de castigo. Confiemos en que, desde la capital, nos lleguen buenas noticias, pero, mientras tanto, tendremos que organizarnos nosotros solos.
Las palabras de Guillermo, bien acogidas en un principio, se vieron interrumpidas por un sinfín de increpaciones, preguntas y temores expuestos.
—Muchas son las dudas que se nos presentan —dijo, acallando el resto de voces —, y millones serán los problemas que deberemos solucionar, estoy seguro, pero solamente juntos, unidos, seremos capaces de hacerlo. Formaremos cuadrillas de trabajo, modificaremos la estructura de nuestra ciudad para hacerla acorde a la demografía actual, seleccionaremos un tipo de gobierno, crearemos cuerpos de seguridad ciudadana, encontraremos algún médico…
El discurso de Guillermo, cuya finalidad era la de alentar a todos sus vecinos, estaba provocando lo contrario. Les estaba creando ansiedad. No era el momento de propuestas ni de planificaciones. Los muertos no pueden cimentar el futuro, pensó. Tenía que revivirlos. Tenía que despertarlos de su letargo.
—Veamos esto como una nueva oportunidad, como un nuevo comienzo. Se lo debemos a todos los que hemos perdido y a los que habrán de llegar. Somos los nuevos padres fundadores de esta sociedad, la esperanza de la humanidad, la segunda oportunidad de Dios. No os preocupéis, por favor, os lo pido, por todos los problemas que puedan ir surgiendo: los iremos arreglando a medida que vayan apareciendo. Dejemos atrás el pesar que nos invade, la melancolía y el abatimiento. Hagámoslo por nuestro futuro, por nuestro pasado y hagámoslo, cómo no, por nosotros.
Aunque eran pocos y llevaban a cuestas, los peores años de su vida, todos los presentes dilataron las pupilas con alegría, rompieron sus gargantas a base de gritos y quebraron las palmas de sus manos aplaudiendo la perorata de Guillermo. Lo harían. No había otra opción posible. Por fin tenían una razón para seguir viviendo.
Allí, entre rostros consumidos por la pena, viudas, huérfanos, zapatos polvorientos y cordones deshilachados, nació, de nuevo, la esperanza.
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