El telescopio

Todavía era muy pequeña para darme cuenta de que aquella noche invernal iba a cambiar totalmente el rumbo de mi vida. El cielo se tiñó progresivamente de un color escarlata, dejando así que los últimos rayos del ocaso iluminaran tímidamente las llanuras nevadas, que abrían paso a unas montañas, dotas de un mundo exclusivamente reservado a los más observadores. Me encontraba en una colina muy especial ya que ahí, yacía custodiado por una amplia muralla de gigantescos molinos de viento eléctricos, el observatorio (CAAT), desde el cual se podía ver el pequeño pueblo. No había nadie en las calles, el termómetro marcaba menos cinco grados, el frío parecía haberlo congelado todo, hasta aquel municipio de Aras de los Olmos. Repetidas veces me pareció oír como el soplo de la cordillera valenciana me susurraba palabras al oído: Próxima Centauri… M31...Andrómeda…M45… En ese instante no encontré ningún sentido a aquel celestial augurio.
Cerré los ojos y cuando los volví a abrir, el Sol había dado paso a la Luna. El ambiente cambió drásticamente, las plantas adquirieron tonos turquesas, rojizos y dorados como las escamas de un dragón. De la nada, surgieron, miles de lucecitas incandescentes que danzaban al compás del viento. Mi padre me indicó que alzara la vista al cielo. Mi pulso se aceleró, un lienzo de colores se alzó ante mí, con brillos, formas y tonos muy dispares. Me imaginé miles y miles de ojos observándome, desde lugares muy remotos, de los cuales el ser humano es incapaz de concebir. Fue un espectáculo cósmico digno de un castillo de fuegos artificiales de una magnitud que superaba con creces la de la Tierra. En el centro, una enorme cascada, llevaba sobre su lecho toda una flota de polvo estelar comandada por la entropía. Mi padre me aclaró que ese manto blanquecino era la Vía Láctea, nuestra galaxia.
Mi papá me cogió de los brazos y me llevó hasta ese misterioso observatorio, Mientras abría la puerta, se detuvo :
- ¿Estás preparada?
Como era de esperar asentí. Él sonrió y me develó una sala llena de artilugios dignos de un museo. Lo que más me llamó la atención fue el enorme artefacto que apuntaba al cielo nocturno, el telescopio. Me aproximé con un poco de miedo al ocular. Miré y no pude expresar con palabras lo que vi. Él se puso detrás de mí y me cogió de la mano.
De repente, sentí como un hormigueo empezó a recorrer todo mi cuerpo. Cuando me quise dar cuenta mi mano izquierda se estaba descomponiendo en una multitud de átomos formando así una senda de seda dorada. El telescopio nos absorbió por completo como si de un refresco se tratara. Tras la sacudida, vi los enormes anillos de Saturno y miles de puntitos negros a mi alrededor.

Fue ahí donde todo comenzó a tener sentido, cogimos velocidad dejando así a nuestros colosos gaseosos. Nos estábamos aventurando en un territorio hostil. A la altura de la Heliopausa (la última frontera del sistema solar), se me ocurrió voltear la cabeza hacia la Tierra. Lo único que pude percibir fue un punto azul pálido, del tamaño de un grano de arroz sucumbido en un enorme reino de tinieblas. Me di cuenta de lo insignificante que éramos en el Universo y que la cuna de la humanidad estaba a merced de la fuerza de la gravedad, la electromagnética y la nuclear que regía nuestro Cosmos.
La primera parada fue el primer astro más cercano al sistema solar: Próxima Centauri. Éste alberga muchas esperanzas ya que alrededor de esta enana roja orbitaba un exoplaneta, es decir, un planeta que se encuentra en la zona habitable y que podría cobijar vida.

Reanudamos nuestra odisea, surcando el universo por redes conexas que enlazaban el espacio y el tiempo. Fue así como, en pocos minutos dejamos atrás el grupo de galaxias locales, y nos adentramos en un sistema doble. Llegamos justo a tiempo, una de las estrellas comenzó a hincharse de manera descomunal, arrasando con todo a su paso. Tras consumir su último aliento de hidrógeno, la estrella se despidió. Un enorme sonido atronador acompañado de un infinito destello, sentenció su evidente fin… Dejando así miles de átomos, radiación y polvo espacial a la deriva. Estos desechos, fueron entremezclándose en una especie de red multicolor, hasta formar una silueta de una mariposa cuyas alas parecían hiladas con un tisú turquesa con bordes de fuego. Acabamos de ver el nacimiento de la nebulosa NGC 6302.




De regreso a la Tierra, no paré de pensar en lo que acababa de presenciar. En los años siguientes seguí recorriendo el universo junto a mi padre. La astronomía se convirtió en mi gran pasión.
Ahora soy astrofísica. Estudio el universo y cada nuevo descubrimiento lo voy catalogando, al igual que lo hacía mi padre antes que yo.
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