LA MÚSICA DEL MAR

EL ÓRGANO DE ZADAR
Marina siempre se ponía nerviosa con el viento en los días nublados. Su cuerpo sabía que venía un vendaval sin consultar ningún parte meteorológico. Sus conocimientos de física le hacían imaginar moléculas de oxígeno y nitrógeno, de agua en estado gaseoso y dióxido de carbono, de sustancias contaminantes, partículas y polen, con su propio movimiento browniano y aleatorio sacudido por los cambios de presión atmosférica. A la vez, rayos cósmicos procedentes de universo caían en cascada a elevada velocidad con energía suficiente para arrancar los electrones más débilmente ligados a los núcleos atómicos. Partículas cargadas moviéndose desenfrenadamente en el seno del campo magnético terrestre que acaba redirigiendo su trayectoria de manera más violenta en días desapacibles. Esa mañana pensaba en su sistema nervioso como una intricada red eléctrica que conectaba su cerebro con todo su cuerpo. ¿Acaso no son las neuronas análogas a cables eléctricos? Iones en medio acuoso transportan la señal eléctrica al igual que los electrones en un hilo metálico. La vaina de mielina que recubre el axón de esta células especializadas es el aislante equivalente a la cubierta de plástico de los cables. ¿Se verían afectados sus circuitos neuronales por esas condiciones ambientales? Era la justificación para entender porque se veía tan afectada en los días grises. Marina encontraba consuelo pensando que el aire en movimiento también puede crear sensaciones hermosas. El movimiento aleatorio de las moléculas podía orquestarse por el milagro de la reflexión y la resonancia y encerrar el sonido del mar en una caracola. O crear instrumentos, como en la antigua Grecia, como Ctesibio, que en el siglo III a.C. inventó el hydraulis, órgano hidráulico que amenizaría las veladas del mundo antiguo, un sistema de tubos de distinta longitud en los que la vibración del vapor procedente de agua caliente producía una amplia variedad de notas. Ondas de vibración estacionarias, suma de ondas que van y vuelven creando puntos estáticos, nodos, donde no hay vibración y vientres, situados donde las moléculas se desplazan al máximo respecto a la posición de equilibrio. Vibraciones de los distintos armónicos que llegan a nuestro tímpano y que son transducidas a impulsos eléctricos que viajan a nuestro encéfalo. Marina tenía una formación humanística y una curiosidad insaciable que la hizo viajar a Croacia a ver el órgano de Zadar, instrumento marino encastrado en una imponente escalinata de hormigón y mármol a orillas del mar, constituido por 35 tubos de distinta longitud en los que el movimiento de las olas hace vibrar el aire produciendo 7 acordes y 5 tonos. Música ejecutada por el virtuoso maestro Adriático que nunca repite melodía y con el poder de encandilar a las ballenas que acuden a aparearse cerca de la costa croata. Como aviva la imaginación el sonido armonioso, los graves, los agudos, perfectamente combinados, qué gran poder evocador y contador de historias y leyendas tiene la música ejecutada por el mar, que ha poblado un mundo fantástico de sirenas, ondinas y cecaelias desde tiempos inmemoriales. Qué alimento para el espíritu es la música, que mentes tan excepcionales como excéntricas la han buscado hasta en el universo conocido, como Kepler, que escribió partituras basadas en el movimiento de los planetas, reviviendo la vieja idea de la música de las esferas de Pitágoras. Aquella tarde nubosa en Riva Zadar, Marina, que tenía por costumbre escribir en cuaderno Moleskine, una actividad relajante que sosegaba su temperamento en días difíciles, se sentó en el tercer bloque de escaleras y se recreó en los bellos y a la vez que inquietantes sonidos de aquel plomizo día. Plasmaba sensaciones de tinta y se serenaba poco a poco pensando en la sucesión de frecuencias y en como la temperatura del agua daba un timbre distinto a los sonidos, mucho más audibles por la ausencia de jaleosos turistas. Una vez más, encontró belleza a su alrededor por haberse parado a contemplarla, los avatares del día a día no siempre permitían mirar alrededor con la calma suficiente. Detrás de las nubes se seguía escondiendo como cada día el sol, e igualmente saldría al día siguiente, velado o no por un cielo aborregado, y el universo entero seguiría su curso con todos sus eventos aparentemente caóticos en los que la sabiduría humana trataba de encontrar un orden o explicación. Poco a poco empezó a sentirse mejor, invadida por la paz que deja fluir lo que no podemos controlar. El río de palabras que derramaba su bolígrafo la reconfortó, estaba indagando en lugares recónditos de su ser que la reconstruían, al igual que aquella obra fusión de arquitectura y música borraba la destrucción de guerras pasadas. Marina iba descubriendo poderosas herramientas para entenderse a si misma mientras elaboraba un original relato al ritmo de una sinfonía con sabor a sal.
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