¿Milagro?

¿Milagro?
Los meses anteriores al día del suceso, Enrique un doctor-investigador estuvo sometido a grandes presiones, justificaba todas sus decisiones repitiéndose “esto, es por un bien común”.
Aquel jueves, Cintia llegó al departamento de Enrique. Su euforia se hacia uno con el ambiente.
—¿Cintia? Es casi media noche —dijo extrañado Enrique.
—Hoy… hoy mi amor ocurrió un milagro.
—¿De qué hablas? ¡Es más de media noche! Mañana tengo junta en el hospital…
—El pequeño Leo, ¿lo recuerdas?
El sueño de Enrique se disipó, Cintia continuaba hablando, pero él se perdió en un recuerdo.
—No te desanimes, ¿Y si haces pruebas en animales? —sugería Julio, un colega oncólogo que trabaja en el hospital.
—No es viable, la regeneración de células no es la misma. Y tengo a la junta respirándome en el cuello.
—La única manera de comprobar si pudiste modificar el gen de la bacteria come carne es… Enrique, hay que buscar objetos de prueba.
—Un estudio clínico exige fondos, la junta no me va a dar ni un centavo más, voy cuatro años con esta investigación sin resultados.
—Relájate y piensa, el hospital cuenta con una lista grande de personas desahuciadas.
El grito de Cintia lo volvió al presente.
—¿Sigues dormido? —preguntó Cintia.
—No ¡no! Yo… ¿Qué paso con tu paciente?
—Recuerdas a Leo verdad, el chico con un tumor difícil de operar, todos incluyéndome le dimos un 5% de probabilidad de que el tumor se reduzca.
—Lo recuerdo. Lo ibas a declarar con muerte cerebral.
—¡Despertó! —Enrique no quiso saber más por esa noche, pero a primera hora fue a ver a su colega Julio. Entró alterado sin preguntar si podía pasar.
—¡Cuando pensabas decirme que despertó! —reclamó Enrique mientras azotaba la puerta. Así mismo dejó salir toda su furia contra su amigo a manera de reclamos.
—No exageres, el paciente está ahí, puedes verlo. Estuviste cuando inyectamos las bacterias. Y al parecer todo funciono.
—Aún no. Hay que analizar al niño y verificar si la bacteria solo se comió las células cancerígenas. Hay la probabilidad que se estén comiéndose al niño por dentro.
—Ya está, el niño está bien. Prácticamente descubriste la cura del cáncer —afirmó Julio con una gran sonrisa.
—Fueron 15 niños a los que inyectamos las bacterias y él es el único que ha presentado una supuesta mejora. Aún no puedo presentar el informe a la junta y menos con tantas incongruencias.
Mientras hablaban la alarma del hospital sonó en repetidas ocasiones, dando a entender que algo grave estaba pasando, pronto las personas empezaron a evacuar.
En los altavoces se repetía “Los pisos 5to, 3ro, 2do y 1ro deben ser evacuados, se pide a las enfermeras del 4to piso cerrar las puertas de entrada y vigilar hasta que lleguen los guardias. Se recomienda usar las escaleras, los ascensores quedaran suspendidos por unos minutos”.
Cintia había tomado el ascensor antes de escuchar la alarma, este solo llegó al 4to piso, que era el piso de pediatría, se percató que ya no había enfermeras y nadie custodiaba la puerta de entrada. Esto le generó una incomodidad, así que se decidió dar un vistazo.
Muchos niños continuaban en cama, mientras otros actuaban de una manera poco usual. Unos se golpeaban contra la pared, otros se arrastraban como si sus pies no sirvieran. Lo que más aterrorizo a Cintia, fue ver a un niño desgarrando su propia mano.
Cintia se alejó de manera sigilosa, entró temblorosa al ascensor y pulsó el número 1. Cerraba constantemente sus ojos. Lo único en lo que podía pensar era en llegar al primer piso y salir del hospital, sin darse cuenta que el ascensor ni siquiera había cerrado la puerta. La imagen del niño rasgando su propia mano la tenía paralizada y en negación.
En medio de su colapso, vio como un par de niños caminaban en dirección al ascensor, aparentemente no tenían ni un solo rasguño, tampoco actuaban de manera rara, solo caminaban. Entraron al ascensor, Cintia los observo casi entre lágrimas, al ver su nueva extraña actitud.
Al principio, golpeaban su frente contra la pared de manera suave, pero a medida que iba pasando el tiempo los golpes se hicieron más fuertes. Cintia empezó a llorar, se acurrucó en el piso, mientras los niños salpicaban su sangre por todas las paredes del ascensor. Luego de esto, se dieron media vuelta, salieron del ascensor en total calma, dejando un rastro de sangre que Cintia no dudó en seguir.
Cintia quedó atónita al ver como varios niños se golpeaban contra el vidrio de la sala de espera, unos golpes después, el ruido del cristal rompiéndose causo en Cintia una sensación de impotencia.
A paso lento y titubeante, se acercó al ventanal, solo para ver los cuerpos de los niños convertidos en manchas rojas extendidas en el piso.
  • Visites: 87