Un romántico

- Después de lo que pasó con Raúl, no me sentiría segura si no lo hiciera. [...] Bueno, a ver, no todo el mundo tiene malas experiencias, fíjate Marta y David, no pensábamos que fueran a soportarlo y mira, ya tienen la parejita. […] Ufff, otra vez con lo de la policía del pensamiento. […] ¿Falta de confianza? A ver, si me quiere de verdad no habrá ningún problema. […] ¿El romanticismo? Ay, hija, que antigua. Aquí viene, luego te llamo Nuria, ¡adiós!

Me recoloco rápido la camisa y el pelo, y le dedico una sonrisa tímida.
- Hugo, ¿qué tal? ¿Estás nervioso?
- Hola Dafne. Un poco, nunca he hecho esto.
- Bueno, siempre hay una primera vez para todo, tú tranquilo, no duele ni nada. Pero si quieres que lo pospongamos…
- No, es solo que estoy nervioso. - Le vuelvo a sonreír.
- No te preocupes, creo que te gustará y todo. ¡Uy! Es la hora.

Le cojo de la mano y abro la puerta del establecimiento. Entramos en un recibidor pequeño, con seis asientos y una mesita con revistas de salud y psicología. Detrás de un mostrador, una recepcionista con el pelo recogido levanta la vista.
- ¿Dafne Fagarás? El doctor Rojas os está esperando. Seguidme.

Seguimos a la recepcionista por un pasillo corto y bastante impersonal, salvo por un cuadro azul cielo con figuras antropomorfas en el extremo.
- Doctor, aquí están.
- Gracias Jimena. Por favor, sentaos. Bien, Dafne y Ra…
- Hugo, doctor. - Noto como Hugo me mira un poco sorprendido. Le busco con la mano.
- Hugo, perdón, mi memoria ya no es lo que era. Deformación profesional, imagino, jeje. Vale, he de decir que hace un tiempo que no recibía una petición de este tipo. No lo acabo de entender, supongo que la gente se siente más a gusto creyendo lo que quieren creer, lo que les ayude a reafirmar su propia visión de las cosas. En cualquier caso, aquí estáis, he examinado vuestros cuestionarios y he identificado un momento especialmente prometedor. Pero antes de empezar, tengo que preguntaros: ¿aceptáis el procedimiento?

Miro de reojo a Hugo, que suelta un sí flojito. Asiento aliviada.
- Perfecto. Pasad por aquí a estas butacas inclinadas, sí, las que tienen un reposacabezas y una campana. Sí, si alguna vez el negocio va mal siempre puedo venderle esto a la peluquería de la esquina, jeje… A ver, hay lectura neuronal, la reticulación electromagnética es estable, bien. Ahora, bajaré la luz para reducir vuestro ruido sensorial, entraré en la cabina para que no oigais ningún ruido, y empezareis a leerme. Recordad, yo simplemente interpreto una serie de patrones neuronales para vigilar que todo vaya correctamente, pero la experiencia será sólo vuestra, nunca mejor dicho. Comenzamos. Hugo, ¿me lees?
- Sí.
- Oh, no hace falta que habléis,con que imaginéis la respuesta es suficiente. De hecho, es mejor para evitar estímulos sensoriales. Vale Hugo, vamos a empezar conectando vuestras sensaciones físicas. Es la conexión más sencilla y calibrará el sistema. Por favor, centrate en la sensación de tu mano… así… bien… cierra la mano, ábrela. Exacto Dafne, eso es la mano de Hugo. Todo correcto, ahora te toca a ti Dafne. Abre la mano, cierra. Así se siente una mano hiperlaxa, sí. No hay mucha diferencia, no. Vale, con esto es suficiente para entrenar la máquina. Pasemos ahora a algo más emocional. Quiero que ahora volváis vuestros pensamientos a las perseidas del año pasado. Vale Dafne, recuerda la emoción que sentiste cuando Hugo te cogió la mano para señalar el Cisne. Lo estáis haciendo muy bien. Vuestras manos se tocan, Hugo señala, rectificando para que lo veas bien, Dafne. Estáis conectados. Bajáis vuestras manos, juntas. Dafne, has conocido el atrevimiento de Hugo. Hugo, has visto el anhelo de Dafne. Disfrutad la sensación del otro, no se sienten las emociones de otra persona todos los días. Así, muy bien. El siguiente paso responderá a vuestra pregunta: “¿Qué sientes por mi?”. Veo que estáis listos, adelante, en tres, dos, uno…

El doctor Rojas empezó a ver pasar sentimientos. Esperanza, aceptación, empatía, admiración, felicidad... Dejó de mirar, la lectura ya no podía salir mal, y le gustaba respetar la intimidad de sus clientes en lo posible. Este tipo de casos siempre le llenaban de optimismo y, para él, ya era suficiente orgullo saber que había ayudado a una pareja. Dejó pasar unos minutos y, entonces, paró las máquinas poco a poco. El trabajo estaba hecho, así que acompañó a la pareja a la puerta. Se despidieron agradecidos de él y, al salir, el doctor observó cómo sus manos se entrelazaron en armonía. Se quedó mirando cómo se perdían entre la gente.
- Doctor, es usted un romántico.
- Cómo no, Jimena, cómo no.
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