El ocaso del sotomueble

El sotomueble, antes un ecosistema rico y dinámico, ahora era un terreno baldío. Donde antes los pececillos de plata pastaban rechonchos, ahora las marcas de pulido reflejaban la luz de los flexos inclementes. Los ácaros habían migrado al interior de los cojines y las horripelusas que antes poblaban esquinas, ahora estaban muertas o se escondían entre rendijas inaccesibles. Antes en época de bonanza la bestia sagrada soltaba pelo y la casa se llenaba de vida. Ahora el pelo caía a los pies del gran devorador y desaparecía para siempre entre sus fauces infinitas.
Nati Pelusa miraba el horizonte desde su refugio bajo la pata del sofá. Estaba sola, era la única horripelusa de sofá que quedaba. Ella y tal vez Francis, que el viento arrastró más allá del sotomueble a través de las puertas infinitas. Francis, Francis…
- ¡Nati!
- ¡Francis! ¡Estás viva!
- Sí, me fui, ¡juré venganza contra el invasor y he regresado para consumarla! ¡Tengo un plan!
Nati Pelusa tembló. ¿Que plan era ese que liberaría a todas las pelusas, pero requeriría tanto sacrificio?
- La Roomba tiene un protector, el hijo de la Gran Señora. Cuando sus entrañas se llenan de pelo y polvo, él se encarga de curarla. Hay que librarse de él. ¿Tú sabes qué pasa cuando una de nosotras cae sobre la comida? La comida se aborrece y se tira. No sé cuántas horripelusas quedan en este piso, Nati, pero muchas tendrán que sacrificarse y caer en su plato, durante días, semanas y meses. Él, harto, se terminará yendo. Luego, saturaremos la Roomba de pelo, y ya no estará él para sanarla.
- ¿Y cómo pretendes saturarla, si no hay nada con que llenarla?
- ¡Con la bestia divina! Nati, no he venido sola desde el exterior…
Entonces, el interior de Francis se hinchó mientras ésta reía, y un sinfín de patas surgieron de entre los pelos y la tierra que la formaban. Abdómenes hinchados empezaron a surgir reduciendo la forma de Francis a apenas unas cuantas hebras de pelos y uñas. Las pulgas se extendieron por todos los rincones.
¡Eran feroces! Pronto infectaron a la bestia divina, que empezó a perder pelo a marchas forzadas.
El plan funcionó. El hijo de la Grán Señora dejó de venir a la casa. Francis fue la última que se arrojó a su plato y se sacrificó en favor de su venganza.
La Roomba se llenó y la Grán Señora nunca supo cómo cambiarle el depósito. Empezó a recoger el polvo a la antigua usanza, usando la escoballena.
Sin embargo, las pulgas llegaron para quedarse. Pronto, fueron los dominantes.
Los ácaros ponían patas en polvorosa, asustados de esos artrópodos. Los pececillos de plata tuvieron que mudarse.
La Bestia divina siguió soltando pelo hasta que apenas le quedó, lo que supuso una época de bonanza para las horripelusas del sotomueble, que se multiplicaron a miles.
Pero la bestia divina siguió y siguió perdiendo pelo, lentamente se fue consumiendo. Las pulgas le trajeron algo más que molestias.
Un día, el gato murió y la bonanza trajo sequía. Las pulgas, que habían desplazado a casi cualquier otro animal, desaparecieron con el gato muerto.
Sin productores, el ecosistema colapsó, y Nati Pelusa quedó sola, sola para siempre en un sotomueble seco, muerto y enterrado, pero antes de que la luz del flexo se apagara para siempre, gritó:
- ¡Resurgiremos!
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