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Secuencia mortal

Hoy fue un buen día. Con las limosnas que junté en el tren logré hacerme de mi primer almuerzo decente en semanas. Cuando vine a esta ciudad nunca pensé que terminaría así. Si pudiera volver a mi lugar, lo haría, pero ya no es posible, nada queda allí. El “progreso” y la “civilización” arrasaron con todo. Pero antes de eso, hubo un pueblo próspero que vivió de esas tierras y de esos bosques.
Los Yeruguas, el pueblo del que desciendo, se asentaba en las colinas bajas al pie de la Cordillera de los Andes. Durante siglos mis ancestros habitaron ese lugar y se mantuvieron a partir de la cosecha de frutos y la caza que era abundante. Con la extensión de la frontera agropecuaria, el hombre blanco empezó a rodear nuestras tierras e incluso a ocuparlas. Los animales que constituían nuestra principal fuente de proteínas empezaron a escasear y nos vimos obligados a buscar otras alternativas de vida. Entonces apareció un grupo de científicos que nos pagaba por la recolección de una planta que al parecer solo crecía a la sombra de nuestros bosques. En múltiples ocasiones habían intentado cultivarla en sus invernaderos, pero no lo habían logrado. Había un ingrediente especial, desconocido, que solo existía en nuestras tierras. Siempre teníamos la precaución de extraer solo una parte de las plantas, el resto quedaba allí para que a partir de sus semillas nos dieran más plantas la temporada siguiente. Durante años vivimos muy bien en base a los pagos que estos científicos nos hacían por las plantas que recolectábamos. Pero un día dejaron de venir. Según cuentan, uno de ellos había logrado secuenciar el gen de la sustancia que daba propiedades medicinales a la planta. Ahora, ya no necesitaban cultivarla. Insertaron ese gen en levaduras que crecían en enormes tanques de agua y de allí extraían cantidades industriales de la sustancia que vendían a laboratorios medicinales. Se hicieron muy ricos con ese negocio, tanto como mi pueblo se empobreció al no recibir más sus pagos. Entonces llegó la debacle. En la desesperación cedimos antes la presión por transformar nuestros bosques en tierras agrícolas. Durante los primeros años recibimos mucho dinero, pero después de plantar una y otra vez el mismo cultivo sin darle descanso a la tierra, la productividad bajo y con el tiempo nada más creció allí. El viento y el agua se encargaron de terminar de erosionar el terreno y transformarlo en el desierto en que se convirtió. Mi pueblo se disgrego y emigro a las ciudades donde, como hago yo, intenta sobrevivir, cargando siempre el recuerdo de un pasado hermoso que un gen destruyó.
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