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EL ALFARERO DE MUNDOS

Todavía siento sus manos acariciándome.
Él me hizo de arcilla roja, saturada de óxido de hierro, moldeó mi superficie con sus arrugas y así soy yo: tosco, abrupto, rojo, terroso… Pero hoy admiro con mis siete hermanos el milagro del nacimiento de nuestra hermana.
Ellos, dicen, que serás la más hermosa. Han visto al viejo preparando barnices con blanco de titanio, azul de cobalto y verde de cromo… antes no lo había hecho. Para el más pequeño de nuestros hermanos había mezclado azul de vanadio con la arcilla, pero su superficie se quedó mate…
Ahora prepara el barro con sumo cuidado, lo amasa y lo mezcla con cenizas y agua. Acaricia la pasta, y cuando llega al punto óptimo de maleabilidad te coloca encima del disco y comienza a mover el torno impulsando la rueda con su tosco pie descalzo.
Te miramos embobados dejando que nuestros sueños te imaginen al tiempo de cada giro de rueda.
Vas tomando forma en cada acaricia de sus manos, redonda como nosotros, aunque, quizás, un poco achatada. Eres más pequeña que yo, eso sí, por ahora tu piel es rojiza como la mía.
El viejo te coloca dentro del horno casi sin rozarte para evitar que tu superficie se lastime y te tapa con cascotes y tierra. Cierra la puerta de la cámara de horneado con más barro para no dejar ningún resquicio que pueda estropear la cocción. Nos deja mirar por la mirilla y vemos cómo la potente llama que produce la leña te empieza transformar.
El fuego nos hechiza.
El alfarero decide que ya estás. Te saca del horno y observa si tienes grietas, alguna ha quedado, pero te acaricia y sonríe. Te coloca sobre su mesa de trabajo y empieza con suma delicadeza a barnizarte con su mejor pincel: azul para el mar, verde para los bosques, blanco para la nieve y las nubes…
Sí, mis hermanos tenían razón, realmente eres hermosa hermana TIERRA.
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