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Ana no entiende la física cuántica

Ana no entiende qué es la física cuántica. Se ha puesto de moda en el colegio gracias a su maestro, un hombre ya canoso que sigue ganando el premio anual al profe más guay de la escuela, pero que a ella no termina de caerle bien. No siempre fue maestro. Dice haber sido científico para no sé qué experimento enorme que hay muy lejos, enterrado en la frontera de Francia con Suiza, pero por lo visto se aburrió de chocar cosas pequeñas entre sí, cosas que él llama partículas elementales.

Todo empezó porque un niño de su clase, Carlos —por supuesto, ¡quién si no!—, había preguntado sobre los últimos avances en computación cuántica e inteligencia artificial. El maestro le dijo que esos temas eran dos cosas distintas —¡ja!—, y luego les habló de la física cuántica.

Carlos y sus amigos aseguraron que lo habían entendido, pero cuando Ana preguntó al maestro si lo podía explicar de nuevo, él mencionó a muchos hombres ilustres y le dijo que no pasaba nada, que seguro que a ella se le daría mejor la biología. Así que Ana siguió sin entender qué es la física cuántica.

Ese día, Ana estuvo muy enfadada con su maestro, pero sobre todo con Carlos por hacer preguntas difíciles. Al acostarse, como no se le había pasado el enojo, deseó con todas sus fuerzas comprender lo que el maestro había dicho en clase. Era algo sobre funciones de ondas, lo que quiera que sea eso, y Ana pensó en lo injusto que era haber nacido niña y que solo se le pudiera dar bien la biología. Se imaginó a todos esos hombres ilustres y los odió sin saber el motivo; aún así, deseó que pudieran explicarle qué era la física cuántica.

En algún momento se quedó dormida, y entonces, durante esos segundos mágicos en los que los bordes del sueño todavía se están separando de la realidad, la física cuántica se apoderó de su mundo. Sus sensaciones se difuminaron y el hilo de sus pensamientos se dobló sobre sí mismo, como una onda, hasta que Ana no supo qué era sueño y qué era realidad. Una parte de ella siguió enganchada al presente, cabalgando los valles y las colinas de lo real, mientras que otra viajó más allá de su tiempo y de su espacio a un lugar donde las ondulaciones del universo resonaron con sus deseos más profundos.

Una voz de mujer muy parecida a la de su maestro surgió de los entresijos de su mente:

—Una función de onda consiste en un conjunto de estados que son y no son al mismo tiempo, porque todos ellos son posibles, pero ninguno tiene por qué existir sin la presencia de los otros. Mientras la función de onda no colapse, sus estados representan realidades diferentes que evolucionan de forma paralela, hasta que un agente externo, por ejemplo la observación experimental de un científico, obliga a la función de onda a mostrarse con solo uno de esos estados. Pero este estado habrá evolucionado de forma diferente a como lo hubiera hecho por sí mismo, sin la presencia de los otros, aunque se muestre en solitario cuando la función de onda colapsa.

Al mismo tiempo que la lección de la mujer reverberaba en los recovecos de su mente, Ana revivió la escena con el maestro de una forma muy peculiar. El maestro era a la vez mujer y hombre, y Carlos había dejado de ser Carlos y se había convertido en una mezcla de Carlos y su amiga Sara. A veces destacaba uno de ellos, y parecía que el otro se había escondido para siempre, y otras veces sus rasgos se confundían como si fueran de plastilina. En el momento en el que el maestro —espera, ¡ahora la maestra!— respondía a la pregunta de Ana con nombres ilustres, los Max Planck y Erwin Schrödinger se barajaban con Lise Meitner y Emmy Noether.

Pese al alboroto de sexos y la mezcolanza de rasgos y nombres, Ana sintió, por primera vez en el día, que había encontrado su sitio y que podía entender lo que era la física cuántica.

Pero esa noche se había formado una tormenta, y el primer rayo no tardó en caer, cerca de su casa, seguido del fuerte rugido del trueno.

La función de onda en la que se había convertido el sueño de Ana colapsó de repente, asustada por el estruendo, y Ana se despertó en la misma realidad en la que se había dormido. No recordaba los detalles de lo que había soñado, pero sí que seguía enfadada con el maestro, con esos hombres ilustres y, sobre todo, con Carlos.

Después de todo, Ana no entiende qué es la física cuántica.
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