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La condena de los genes

Mi deseada y adorada Tina,
¿puede el libre albedrio superar a la ciencia? ¿Podría yo con un descaro digno de Luzbel, retarla para que me permitiera gozar con somera alacridad de la felicidad que me aporta tu persona? ¿Puede mi facundia convencer a la ciencia de que mi amor por ti supera el deber que tengo con la genética?
No poder estar contigo es inhumano y ciertamente sádico, un acto digno de esos dioses griegos, los cuales con ferocidad trataban al pueblo mortal. Sin embargo, ellos no establecieron mi condena, mi sentencia la ha sellado mi propio genotipo. Así que no tengo ningún dios en el que exculpar mi castigo, pues yo soy mi propio enemigo, ya que mis genes y mi corazón no se quieren poner de acuerdo.
Tina, yo mismo me he quitado la elección de amarte.
Aunque, ¿es egoísta por mi parte preferir amarte que ayudar al perfeccionamiento del ser humano? Porque pese a que mis hijos con el espécimen 567.893 vayan a ser magistrales seres dignos de leyendas griegas, prefiero encontrar mi lugar en el Hades antes de proferirte tal traición.
Ingenuo de mí, pensé hasta ayer mismo que en las estrellas estaba escrito que tú y yo deberíamos tener genotipos compatibles y que por lo tanto nos juraríamos fidelidad en el himeneo de forma eterna con la efimeridad de nuestras palabras. Desearía poder volver a jugar con esa ingenuidad característica de un sueño febril, en el que utópicamente seríamos felices hasta la muerte.
He vivido siempre primando mi corazón, Tina. Escuchando las mentiras que este tallaba con sangre en mi cerebro. Creyendo que el momento en el que me darían los resultados de la prueba genética nunca llegaría. Que pese a su llegada podría irme con Peter Pan, huyendo de esa labor de adultos insulsa de crear al ser humano sin enfermedades mediante la genética compatible. Mas, yo no soy uno de esos niños perdidos, Tina. Mi deber viene a buscarme y no puedo evitarlo. Igual que en un año irá a buscarte a ti.
Quizá sea hora de empezar a ignorar mi corazón, de dejar de pensar en fantasías imposibles, de asimilar mi vida con esa mujer sin cara ni nombre con la que simplemente soy compatible genéticamente.
Quizá sea mejor que nunca más nos veamos, Tina.
Quizá tú y yo no estemos tan destinados el uno para el otro como queríamos pensar.
Así que te enterraré junto con mi corazón en lo más profundo de mi ser. Pero ten por seguro que si mi corazón sigue latiendo es por la esperanza de que nuestros hijos sean genéticamente compatibles y por lo tanto, que nuestros nietos puedan tener tus preciosos ojos azules.
Siempre tuyo,
Luís a 23 de enero de 2.567.



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