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El asesinato perfecto

Me despierto, enciendo la radio y se escucha: “Por fin lo han hecho, lo han conseguido…”
Tenía curiosidad de qué era lo que con tanta alegría y emoción anunciaba el locutor a tan tempranas horas de la mañana, así que me levanté y fui a encender la tele para ver las noticias.
Se trataba del conocido “Asesinato perfecto”, porque el asesino de aquella señora no dejó ninguna huella, ni ningún indicio de su presencia en su casa aquella noche cinco años y tres meses atrás. O al menos eso se creía.
Al parecer dos agentes de la policía científica de Coruña seguían trabajando por su cuenta en el caso, ya que la inspectora, tras cinco meses de investigación lo consideró suicidio; volvieron a la joyería de enfrente de la casa donde se produjo el asesinato, atracada dos días después de aquella gran tragedia, junto con una orden judicial para revisar las cámaras de seguridad, o más bien las cintas de vídeo.
Después de llevar mucho tiempo investigando, decidieron centrarse más en el robo que en la muerte, ya que les sorprendió que atracando una joyería el ladrón no se llevara nada, quién atracaría una joyería sin llevarse nada… a no ser que lo hiciera para borrar su rastro, las únicas huellas que había dejado tras matar a aquella anciana señora.
Los agentes no querían ver el contenido de la cinta de video sino la portada, analizarían la parte delantera para buscar huellas, ya que si había borrado los minutos en los que él aparecía, tenía que haber cogido la cinta y por lo tanto haber dejado alguna huella. Se lo llevaron a un compañero de la policía científica que lo estudiaría y analizaría y con un poco de suerte y con la ayuda de “El gran invento” sacaría a quién le correspondían las huellas. Este invento, creado hace tan solo unos meses, ha revolucionado la investigación científica, pues muchos de los casos que se habían archivado han conseguido continuar o incluso ser resueltos gracias a este invento.
Y… ¡Bingo! Tenía dos marcas dactilares que se le atribuían a un hombre de unos cincuenta años llamado Félix. Le detuvieron, y una vez en comisaría, comenzaron con un interrogatorio en el que admitió estar implicado en el caso, ya que él fue quien borró las imágenes en las que aparecía el homicida. También les admitió no saber quién fue, pero les dijo que les podía facilitar algunos datos como su firma, la apariencia o la fecha en la que estuvo allí, a cambio de que le redujeran su condena correspondiente por ocultamiento y complicidad.
Los policías aceptaron, y tras recibir la firma fueron al registro de los datos para averiguar a quién le correspondía aquella firma. No fue una búsqueda fácil pero tras filtrar los datos: hombre, de cincuenta a sesenta años y residente en Santiago de Compostela, solo tuvieron que armarse de paciencia e ir mirando firma por firma hasta que alguna se correspondiera con la que les había dejado Félix.
Tras horas de indagación dieron con una casi idéntica. Para estar seguros, le pidieron a Félix que les hiciera un retrato lo más parecido posible a lo que recordara del hombre.
Le llevó bastante tiempo, pero al terminarlo se confirmaron sus sospechas, pues aquel individuo coincidía con el dibujo que les hizo, consiguieron saber su nombre, le expusieron el caso a la inspectora y detuvieron a aquel asesino.
Mientras, la familia de la fallecida se alegraba de que aquel asesino fuese a tener su merecido y a la vez se entristecía recordando la trágica muerte de su familiar.
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