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El progreso hacia el infinito: Mujeres científicas

Veinte de abril de 1974

“Querida Manuela, le escribo para concertar una cita con usted ya que hay ciertos asuntos que me gustaría que tratásemos y creo que son importantes tanto para su familia como para el colegio. Porfavor,dígame lo antes posible cuando podría Recibirla”

En cuanto la madre de Ana recibió la nota de la tutora de su hija pequeña, no pudo evitar pensar que algo no iba bien. No entendía por qué la maestra parecía tan interesada en hablar con ella con esa inmediatez. Ana siempre había sido una niña tranquila, simpática y educada. Además, nunca había dado problemas y, a pesar de que no tenía muchos amigos, solía ir a la biblioteca municipal con los vecinos.

Al llegar a casa, le preguntó qué había sucedido, por qué la maestra quería reunirse con ella y Ana (mujercita de pocas palabras) se limitó a responder que durante el recreo un par de sus compañeros la increparon mientras hacía los deberes de matemáticas. Al día siguiente, Manuela fue a ver qué sucedía en el colegio, una mañana gris que no hizo más que empeorar. Resulta que su hija “no se adaptaba a sus compañeros” debido a que vivía obnubilada por un mar de números y decía ser la primera que iba a conseguir resolver el problema matemático que llevaba siglos sin resolverse. Lógicamente, en un país en el cual parecía que los hombres fueran los únicos seres vivos suficientemente capacitados para realizar actividades que no implicaran el cuidado de los hijos, la limpieza o la ayuda de sus mayores, estaba catalogado como una sandez que una adolescente de diecisiete años quisiese estudiar cuando “sus labores habían de reprimirse al ámbito doméstico”.
Manuela, que había visto cómo su talento para las letras se esfumaba tras los valores y obligaciones de la época, no quería lo mismo para su hija. Por tanto, siempre animó a Ana para lograr aquello que se propusiera y esta vez no fue menos. Inscrita como hombre y disfrazada como tal, años después, Ana se licenciaba en un doble grado de matemáticas y física. Años más tarde, con la muerte del dictador, el proceso transitorio hacia la democracia y la nueva concepción de la mujer española tanto en España como en el mundo, Ana, esa niña que solo decía sandeces, conseguía 29 años más tarde un premio por haber resuelto la ecuación matemática que permitiría el avance hacia la cura de enfermedades terminales como ahora la fibrosis quística.

Manuela no podía sentirse más orgullosa de la hija tan estupenda que había criado, pero sobretodo de la magnífica decisión que tomó al haberla apoyado siempre en lo que a ella verdaderamente le gustaba, a pesar de lo duro que fue el pago de las cuotas universitarias con un único sueldo de costurera y tres hijas que mantener. Y con un marido alcohólico que había fallecido dos semanas más tarde de haber tenido a Ana, el cual solo había dejado deudas que cada día empeoraban más y más la posibilidad del éxito de sus hijas. Pero afortunadamente, todo salió bien gracias a su resiliencia y a su comprensión que tanto ha ayudado a Ana a ser la mujer que es hoy, una científica de la cabeza hacia el infinito.
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