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Cocinar era...

Marcos se podía pasar horas en la cocina. Se sentaba delante del horno después de media hora de duro trabajo para apreciar como su mezcla, en un inicio amorfa y sin sentido, tomaba la forma de un apetitoso postre. Sus padres le pedían que hiciera más amigos, que saliera de casa, pero les convencía de lo contrario con una nueva preparación. Cuando empezaba a cocinar notaba cómo todos sus sentidos se enfocaban en la tarea de mezcla y pesaje. La cocina era un trabajo de precisión. Igual que en los laboratorios, en los fogones, el más mínimo error con los ingredientes podía mandar toda la receta al traste. Le gustaba correr ese riesgo porque era lo que hacía sus recetas tan especiales, el hecho de que nadie pudiera hacerlo igual que él. En la escuela se pasaba las horas ideando nuevas preparaciones para que, cuando llegara a casa, solo tuviera que encender el horno y ponerse manos a la obra. Los profesores no le entendían y sus compañeros, aún menos, vaya, nadie. Bueno, nadie menos Dolores, su profesora de ciencias y con quien pasaba las horas de recreo entendiendo los fenómenos de la ciencia que suceden en una cocina. Le fascinaba cómo, todo aquello que le parecía inexplicable, incluso mágico, tenía en realidad una explicación científica. Le fascinaba la ciencia porque, al fin y al cabo, iba de la mano con la cocina, y cocinar era… Cocinar era su forma de sentir, su forma de vivir.
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