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El diario de un cavernícola

Me apasiona pensar. Mi abuelo puntualiza cada dos por tres que soy la jovencita más maleducada que ha conocido, pero no comprende que el concepto de educación es algo suficientemente relativo como para darme a mí misma el gusto de reestablecer sus principios. En la gran mayoría de los casos, alguien te supera.
Hace un par de días, un hombre de mediana edad me paró por la calle, y me susurró al oído unas coordenadas. Luego se perdió entre las sombras, dejándome a mi y mis preguntas plantados.
¿Qué podía hacer para evitarlo? Era perfectamente consciente de que podía ser un secuestrador o algo peor, pero la curiosidad me podía. Busqué en el mapa de mi ciudad, y descubrí que el lugar que me había indicado estaba increíblemente cerca de mi casa. Señalaba exactamente la esquina más cercana a la misteriosa casa del jardín de mis vecinos, lo que confirmaba mis sospechas: había algo ahí enterrado. Su hija, una compañera de clase un tanto extraña, ayer se había ido de vacaciones; por lo que la costa estaba despejada. Escalé cuidadosamente la valla y no encontré nada ha simple vista. Por suerte, ¡me había traído el kit de arqueología que me había regalado mi madre por mi cumpleaños! En realidad acabé cavando con las manos, y con mis finos dedos, un rato más tarde, rocé las páginas de un volumen con aspecto extraño: una parte estaba escrita sobre aparente papiro, y, al final, sobre papel. Hice una delicada palanca con mi paleta de mason, no me costó nada. Con ayuda de mi cepillo fui, lentamente, descubriendo el contenido de las páginas. “Increíble...” suspiré. Era un diario escrito en latín, cuyo autor afirmaba ser un cavernícola. Fuese verdad o mentira, el contenido era apasionante, y por primera vez en mi vida me alegré de entender este idioma. Contaba como había viajado en el tiempo a varias épocas, aunque aún no estaba seguro de cómo funcionaba.
Las primeras páginas decían haber sido escritas en los tiempos que, según el contexto, supuse que sería la antigua Roma. Mi conciencia me indicaba que debía comunicar mi descubrimiento inmediatamente a un adulto, ya que cada hoja que pasaba me convencía más que no era ningún tipo de broma: el pensamiento rudo del tal KuKu, la historia que contaba, la surrealista descripción de como había viajado en el tiempo por primera vez... Pero estaba absorta.
El autor explicaba que una noche de tormenta trató de hacer una cirugía a un gusano, y, accidentalmente, aparecieron en otro tiempo, con el gusano perfectamente sano. Y, así, cada vez que cambiaba de lugar. Dominaba el sumerio, incluso había explicado el complicado lenguaje. Seguí la lectura, divertida con las descripciones de Platón: “Vir magis retro quam nasus helops...“, "Un hombre con más espalda que nariz un pez espada...” Más tarde habló de las absurdas ideologías de Julio César. Viajé entré las páginas, evadiéndome del mundo a mi alrededor, sentada sobre la pila de tierra que había levantado. KuKu afirmaba que su laicidad le trajo problemas en la Edad Media, en la que vivió perseguido un par de meses en diferentes siglos.
Desgraciadamente, el diario acababa ahí... Pero mi curiosidad no. Afortunadamente, descubrí que un papel había quedado en el hoyo, un papel que contenía coordenadas.
Durante los próximos años, me dediqué en cuerpo y alma a encontrar los miles de escritos que había dejado Kuku, despertando mi pasión por la arqueología... ¿Cuántas más maravillas guardaría la tierra a mis pies?... ¿Cuántos más secretos, cuantos más legados que refrescarían nuestra filosofía?
Pronto, gané fama. Todos los intelectuales se morían por saber el contenido de los diarios del cavernícola, los cuales yo donaba a museos tras traducir al castellano... los escritores querían inspiración, los físicos una explicación detallada del proceso de tele-transportación, los biólogos descripciones del famoso gusano...
Lo último que encontré fue una Moleskine completamente vacía salvo por el siguiente texto:
“El secreto de la erudición está en nosotros, no en los demás. En tener la mente limpia, en frotarse los ojos y limpiar la suciedad de las palabras para así poder ver y comprender el mundo. Para ver lo pequeño y lo grande, el pasado y el futuro. Si no hubiese excavado, no habría encontrado mi gusano. Si no hubiese confiado en mi gusano, él no me habría llevado a donde me llevó...
Al final, acabaremos todos igual: enterrados bajo tierra, a la espera de ser compartidos con quien pueda agacharse, observar no solo el bello cielo; sino el suelo a nuestros pies...Ensuciarse las uñas, y encontrar vida en el barro.
Adiós,
Kuku”
Comprendí, apenada, que era hora de despedirse de Kuku. Es cierto que solo he encontrado una vida increíble perdida de millones, pero también esa pasión que me llevará a encontrar muchas más.
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