El genio Radaigual

El día que se acabó –en mi vida– la Inteligencia Artificial (IA) comenzó así:

«Estimado señor Chasar,

Le comunicamos que vamos a tener que cerrar el centro. ¿Usted sabe lo qué ocurrió, no? Ya no nos entregarán fondos, por tanto, le recomiendo buscar otra área de estudio. Quizá le puedo ayudar a encontrar algo mejor.

Un saludo,
Atte. Marina B.
Coordinadora del Centro de Filosofía e Investigación en Inteligencia Artificial (FIIA)»

Lo primero que debo decir es que cuando vi «Importante» en el asunto del correo, escrito por Marina, ya me parecía raro, primero porque nunca antes ella me había escrito, y segundo, porque jamás nadie del centro me había enviado nada «Importante». De cualquier modo ya temía lo peor. Resulta que hace unas semanas se había publicado un artículo en la principal revista de IA bajo el título: «Demostración de la imposibilidad de conciencia en todo algoritmo» escrito por… no recuerdo su nombre, creo que comenzaba su apellido con Ra… el tema en cuestión origino tanto revuelo en la comunidad científica que era como revivir los teoremas de la incompletitud de Gödel, pero está vez para echar por tierra todo el sueño de poder crear un sistema de IA similar –o mejor– a un humano. Nunca pensé que alguien podría probar que es imposible alcanzar la singularidad. Los genios no avisan al llegar. Muchos profesores nunca más me respondieron un correo, conferencias canceladas, revistas paralizadas, fondos retirados, compañeros cambiándose a otras áreas de estudios, y mi supervisor deprimido –quizá es lo más personal que viví–. Parecía un lugar después de una guerra: sueños arrasados, personas con la mirada perdida, en fin: pena total.

Mi área de especialización es –o era– la Ética Algorítmica. Voy en el último año del doctorado. ¿Tengo «suerte», no? Al parecer. Hablando en serio, quizá, de verdad tenga suerte. Nunca tuve tanta ganas de hacer el doctorado, y menos, en esta área. ¿Quién en su sano juicio estudia la ética de los algoritmos? La ética se asocia a los seres humanos, seres que cuentan con una creatividad, intuición y capacidad de razonar (a veces). Me encontraba molesto con todos, con los próceres de la IA (¡sí, sí!, a ustedes me refiero: Bengio, Hinton y LeCun), con el autor del artículo que destruyo mi investigación (ya me acordé, se llama, Radaigual), incluso con mi supervisor que me metió en todo esto (no diré su nombre porque sigo enojado con él). Hasta mi gato sufría con mis arrebatos –claro, solo antes que dijera miau–. Ahora uno se cuestiona todo. Ni ganas de programar tenía, ni deseo de estudiar, ni motivos para escribir. No hay manera de hacer que los algoritmos sean autónomos o tengan algún tipo de conciencia, por tanto, ¿qué ética puede existir?

Mi desesperación era tal que ayer soñé que llevaba un letrero en mi espalda que decía: «El señor de la beca suspendida y sin dinero». Por suerte era un sueño, porque mi beca aún no me la han suspendido y aún me queda algo de dinero. Pero vivir en la precariedad, incluso en sueños, era algo alarmante y aterrador.

El que no sentía ninguna preocupación era mi compañero Bogdan –es rumano– y cursa el doctorado conmigo. Aunque a veces le decíamos BogRAT por su porfía en ser tacaño. Es de trato fácil, apacible, pero pésimo con las bromas –nunca he visto a una mujer reírle sus frágiles intentos en los bares–, y para rematar: escéptico. Para él no había pasado nada. Iba al centro, seguía programando, seguía escribiendo, a veces lo veía pasar con un café o con dos. Todo un estoico.

Un día me acerqué a él, y con curiosidad le pregunté, ¿leíste el artículo de Radaigual? Sí, me respondió con un tono seco. Luego prosiguió: la gente se alarma demasiado rápido, no estoy seguro de que su demostración sea correcta, y aunque lo fuera, eso no significa el fin de la IA. Acabo diciendo: no es Turing, debemos esperar. No entendía su tranquilidad. ¿Acaso no había recibido el correo de notificación del cierre del centro? ¿O sabía algo más que no me dijo?

Para mi sorpresa –o mi alivio– fue lo que ocurrió hace unas horas antes de comenzar a escribir todo esto. Llegó Bogdan y me dijo: es una broma. ¿Cómo? Le respondí. Te estoy haciendo una broma, interferí en tu correo, persuadí a tu supervisor, Radaigual realmente daba igual porque no existe… ¡Espera, yo vi el artículo!, vi las conferencias suspendidas, vi a compañeros dejando su área… le respondí; todo falso, contestó. Hasta el señor que hace aseo me dijo que el centro iba a cerrar… a lo que Bogdan dijo: es uno de mis cómplices.

En ese momento pensé: «quizá debería moverme al área de ciberseguridad y cambiar de supervisor». Había revivido.
  • Visto: 161