Una copia barata

- No existen dos seres humanos iguales, todos somos diferentes-. Tras un breve instante la profesora lo miró con una leve sonrisa nerviosa. Fue la última vez que asistió a clase. De aquello hacía ya más de dos meses. Ahora, observaba subido desde su tejado los sorprendidos rostros de una multitud que se iba agolpando bajo sus pies mientras sujetaba la pistola que presionaba su sien sudorosa. Los murmullos se iban adueñando del lugar, y cada vez más rostros conocidos iban apareciendo. Le hablaban, pero su mente no estaba allí. Divagaba. Maldita ciencia. ¿Quién era para hacer eso con su vida?

Después, como hacía últimamente, volvía mentalmente sobre cada una de sus palabras. ¿Su vida? No podía decir siquiera que fuera suya. Él solo era una imitación de otra vida. Sus gustos, sus miedos. Pensar en la inexistencia de su propia personalidad le hacía sentir en el vacío más inmenso. No tenía ilusión alguna por encontrar su alma gemela puesto que sabía de sobra que existía. No podía sentirse orgulloso por las cosas que siempre pensó que lo hacían distinto porque esas mismas cosas ya hicieron primero única a otra persona. Se sentía una farsa, como un impostor al que la sociedad tenía que hacer el esfuerzo de encajar mostrando una hipócrita condescendencia maquillada de bondad.
El metal de la pistola le hizo pensar de nuevo en su abuelo. Era una auténtica Tokarev, de la guerra civil española que todavía olía a pólvora. Al sentirla podía imaginarlo, repeliendo los disparos desde una azotea del pueblo el día en el que vinieron a llevárselo. También podía recordarlo. Su silueta cansada. El aroma del paso del tiempo. Las manos ásperas y cálidas. Siempre le dijo que sobrevivió rezando. Pero él no podía hacerlo. ¿A qué dios dirigirse cuando sabes que tu existencia ha sido perfectamente planificada entre batas y placas de Petri?
Probablemente la mirada de su abuelo era la única que le había trasmitido toda la pureza de una mente del siglo pasado que creció con hambre y juguetes de cartón y pasó la adolescencia pegada a un transistor. Para esa mente, aquella persona era su nieto, sin más. Y como tal lo miró hasta el último día de vida.

Pero sabía que los ojos que ahora lo miraban no portaban más que miradas juzgadoras. Aquel niño raro no podía acabar de otra forma. Era capaz de adivinar cada uno de los pensamientos que sobre él estaban haciendo en ese momento. La ira le hizo apretar la pistola con fuerza a la par que endurecía el rostro. Un grito sonó entre el tumulto. Desde un megáfono, un policía le instaba a retomar la calma con la palma de la mano extendida. A través del altavoz se filtraban los comentarios de la muchedumbre. “¿Pero cómo ha llegado a esto una persona tan joven?” “Por dios que se baje, yo conozco a su madre”. Su madre, pensó. ¿A cuál de las dos?
- Relájate. No tengas miedo, porque te ayudaré en todo lo que precises. Tan solo necesito que me des permiso para subir y poder charlar contigo-le instaba con calma el negociador.
- Buen hombre, es solo un niño. Porque no le ofrece unas golosinas, te lo ganarás antes- espetó una de las voces a su espalda.
- Por favor, ¿quién se encarga de la negociación? Déjeme hacer mi trabajo, tengo amplia experiencia en situaciones similares.
- Le aseguro que yo también tengo experiencia negociando. Llevo 40 años casado.

La mente del niño corría rauda entre palabras, gestos y miradas. Las frases a través del megáfono se colaban por su mente como el viento de invierno por los callejones de la ciudad.
”¡Es el mejor amigo de mi hijo!” “Su padre estuvo aquí ayer comprando el periódico” “¡Mira esa pistola, es una Tokarev rusa!” “No, no, fíjate bien en la culata, es una réplica”. “Tienes razón, tan solo es un clon perfecto. Una copia barata”.
El silencio se hizo de forma súbita en la confusa mente del niño a pesar de que el bullicio era ya ensordecedor.

Después, cerró los ojos y apretó el gatillo.
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