El gobierno perfecto

Era el superordenador más potente jamás construido. El país había invertido miles de millones en aquel prodigio de 20.000 petaflops, capaz de hacer muchos billones de operaciones por segundo sin equivocarse, y lo había estado alimentando con datos desde hacía una década para que siempre tomara la decisión más adecuada para el bien de toda la comunidad.
El superordenador, con propiedades cuánticas, se llamaba ‘Utopía’ y regulaba todo el sistema semafórico del país adecuándolo a la intensidad del tráfico en cada momento. Todas los radares, señales y vehículos le aportaban información al instante y los sensores instalados en las carreteras también alimentaban su memoria, lo que le hacía cada vez más infalible en sus decisiones.
Los taxistas estaban especialmente felices porque el superordenador les comunicaba con los peticionarios de servicios y hacía un reparto equitativo entre ellos teniendo en cuenta su posición y su disponibilidad.
Todo el sistema sanitario también había sido conectado al ‘Utopía’, que había conseguido eliminar las listas de espera, programaba las visitas y las operaciones analizando todas las circunstancias y diagnósticos de los pacientes y de los médicos.
Los millones de cámaras de seguridad que videovigilaban todas las calles de las ciudades también suministraban sus imágenes al superordenador, capaz de analizar qué estaba pasando en todo momento en cualquier lugar del país. Así, tomaba decisiones sobre cuando era necesario hacer una reforma urbanística o si era necesario enviar a una patrulla policial para resolver un problema de seguridad ciudadana. Los miles de billones de datos acumulados en su memoria le permitían incluso vaticinar cuando se iba a cometer un delito y prevenirlo.
Los estudios de audiencia televisiva y radiofónica acumulados en su memoria artificial durante años permitían al ‘Utopía’ diseñar las programaciones de las televisiones y radios en función de los gustos de las personas de cada ciudad.
El supercomputador también estaba conectado a todos los ordenadores personales de la ciudadanía del país, de modo que su base de datos crecía imparable para poder utilizar la Inteligencia Artificial en cualquier decisión que afectase a cualquier persona.
El superordenador regulaba el suministro de agua, luz y gas en todos los hogares con criterios de ahorro en función de la ocupación de cada casa. También adjudicaba los puestos de trabajo a las personas más adecuadas para desempeñarlos gracias a los datos personales recopilados de las redes sociales, búsquedas de ordenador, perfiles académicos, experiencias laborales…todo en el país estaba almacenado en la memoria de ‘Utopía’.
Desde su entrada en funcionamiento, el país funcionaba como un reloj suizo: el paro bajó a cero, las fábricas producían como nunca y no tenían desajustes con la demanda, los accidentes de tráfico se habían reducido a la anécdota, los diagnósticos médicos eran rápidos, precisos y sin equivocaciones, la corrupción había desaparecido, la justicia se impartía con equidad y en tiempo récord, los conflictos se resolvían satisfactoriamente, la educación se impartía personalizada en función de las capacidades del alumnado…todo utilizando la Inteligencia Artificial. El ‘Utopía’ tenía el mando del país y lo hacía funcionar como un engranaje perfecto.
Hasta había conseguido hacer desaparecer las desigualdades imponiendo impuestos a cada persona en función de su capacidad económica, restringía el exceso de propiedades, concedía ayudas a quienes lo necesitaban…
Los gobernantes sólo decidían qué datos entraban o no en la supermáquina para que ésta resolviera en un instante cualquier problema del país siempre con el criterio del bien común.
El índice de felicidad de la comunidad creció de tal modo que el país comenzó a ser la envidia de todo el mundo y ello provocó la alerta de las multinacionales que vieron en peligro su usurera posición de dominio, en especial el oligopolio energético.
Temían que si la Inteligencia Artificial de ‘Utopía’ se extendía a otros países dejarían de tener los privilegios y el poder que habían acumulado durante años gracias a las prebendas legislativas que les habían regalado durante décadas.
Por eso, en una reunión secreta en las montañas alpinas decidieron cortar el suministro de energía a ‘Utopía’, que pese a tener una memoria prodigiosa, acumular varios googolplex de datos, capaz de analizar en un femtosegundo millones de variaciones para tomar la decisión más adecuada y hacer que el país funcionara a la perfección, languideció apenas unas milésimas de segundo cuando dejó de recibir el suministro eléctrico.
Apagado el superordenador, el país se sumió en el caos. Volvieron las retenciones de tráfico, las listas de espera sanitarias, el vandalismo y los delitos, la corrupción, el paro, las desigualdades y los partidos políticos volvieron a rivalizar con decisiones partidistas cada vez más alejadas del bien común.
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