El primer premio es para...

El jurado se disponía a abrir los sobres para ver quiénes habían sido los ganadores del concurso de pintura. En el salón de actos, con una luz tenue, se encontraban unas 30 personas, bastante variopintas, que poco a poco abandonaban sus conversaciones.

Juana daba unos golpecitos en el micrófono para asegurarse de que funcionaba, y acto seguido anunciaba a la ganadora del tercer puesto, María Luisa Ramírez. Maria Luisa, bajo unos tímidos aplausos, subió a por su merecido cheque de 40 euros y su vale para canjear por un curso de pintura creativa. Los miembros del jurado destacaron el uso del color en el cuadro. Una pintura de un paisaje nevado, que sin embargo, permitía discernir entre 12 tipos de blanco… María Luisa compartió que había pintado el cuadro desde su casa de campo, al quedarse encerrada por la nevada durante tres días. Le había llamado la atención “la suciedad que podía recoger ‘lo blanco’, ver cómo algo impoluto mutaba”.

El segundo lugar era para… Antonio Conesa. Antonio dio un beso a su mujer, acarició el pelo de su hija, que se agitaba en la silla, y desfiló hacia el escenario. Nos había regalado un collage de manos, pechos, caricias, besos, entre una mujer y su bebé. “La sencillez con la que se retrata el amor”, eso es lo que había avalado el jurado.

Y en primer lugar… Juana se dispuso a abrir el sobre. “El primer premio es para… AI-DA”, dijo con cierta extrañez. A pesar de que las reglas especificaban que debían escribirse nombre y apellidos, la mujer premiada debía haberse olvidado… “¿Aïda? ¿Ai-Da?” - dijo volviendo a leer despacito la tarjeta.

Un niño de unos 14 años se levantó de la silla, y se dirigió al escenario. Tapando ligeramente el micrófono con la mano Juana le preguntó:
-¿Tú eres Ai-Da?
-Bueno, más o menos. Es él. - y enseñó un pequeño robot con un brazo articulado.
-¿Cómo?
-Es un robot…

Juana se giró hacia los otros dos miembros del jurado. Ante la estupefacción del público y lo incómodo del momento, Marcos se precipitó a releer las bases del concurso. Ahí no se especificaba nada de que un robot pudiera o no participar, por lo que hizo un gesto a Juana, lejos de mostrar convencimiento total, de que podía proceder a darle el premio. “Hemos escogido el cuadro porque nos ha parecido conmovedora la expresividad con la que se retrata la complejidad de ser humano”. Aquella frase, dicha en ese momento, parecía de lo más inoportuna ¿Un robot había pintado el cuadro? Destaparon el lienzo: abstracto, con predominio de negros y rojos, y que sin embargo sí que parecía captar la confusión de lo humano. El joven recogió, contentísimo, el premio, un cheque de 150 euros y un set de pintura, y abandonó el escenario.

Lejos de dar por acabado el acto, los miembros del jurado, así como algún que otro participante descontento, trasladaron su estupefacción a la cafetería del local. Los robots podían pintar… ¡y lo hacían igual de bien que los humanos! Pero, ¿los robots tienen sensibilidad artística? ¿Podía eso considerarse arte? ¿Qué hay de la intención con la que se pinta un cuadro, con el proceso de búsqueda interior? ¿Debía eso valorarse? ¿Puede algo que se ha creado de forma totalmente mecánica ponerse al mismo nivel? ¿Y si no nos hacemos esas preguntas cuando los humanos crean un cuadro, tiene sentido que nos las hagamos ahora que los robots pueden pintar?

Se hizo oscuro. La conversación, más allá de cerrarse satisfactoriamente, se resumió en una serie de interrogantes que necesitaban más días para ser desmenuzados… Al llegar a casa, aún con el runrún en su cabeza, Marcos apuntó en su libreta: “Revisar las bases: ¿Robots?“
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