Venimos en son de paz

Vero deslizó los dedos sobre el tanque de criogenización, un gesto que era en parte una caricia y en parte una despedida. Aquel contenedor albergaba a sus hijos, a los que nunca podría conocer.

—Es la hora —le recordó Miguel, posando una mano en su hombro.

Ella asintió y abandonó la nave a su lado.

Vista desde fuera, el Arca resultaba aún más impresionante. Aquella nave, su última esperanza, albergaba a millones de embriones humanos, además de a otros tantos pertenecientes a la mayor parte de las especies conocidas. Sus bancos de datos recogían tanta información como había sido posible recopilar. Todo lo que la Humanidad necesitaría para empezar de cero.

—Ojalá pudiésemos acompañarlos —murmuró él mientras la estrechaba contra sí.

—Al menos, no estarán solos.

Las IAs más avanzadas del mundo habían sido programadas para gobernar la nave, llevar aquellas nuevas vidas a un mundo en el que pudiesen prosperar y ayudarlas a dar sus primeros pasos.

La cuenta atrás empezó a sonar y los motores del Arca se encendieron. Las lágrimas recorrían las mejillas de Vero y su marido mientras sus ojos seguían el recorrido de la nave, que no tardó en perderse en el cielo. Lloraban por el incierto futuro de sus descendientes y por el destino certero de quienes quedaban atrás, en la Tierra, donde la vida se había vuelto insostenible. Pese a lo mucho que había avanzado la ciencia, seguían sin tener los medios ni los conocimientos necesarios para llevar a cabo una evacuación a gran escala. Por eso habían tenido que recurrir al Arca; para que la Humanidad no se perdiese para siempre.

La pareja contempló el cielo durante horas, hasta que su color pasó del azul al dorado del atardecer.

—Vamos a casa —dijo Vero, agotada.

Sin embargo, apenas habían dado media vuelta cuando sonaron las alarmas. Temiéndose lo peor, ella y Miguel corrieron a la torre de control y preguntaron al general al mando si le había ocurrido algo al Arca.

—No es eso. —En la expresión del militar había una mezcla de miedo y desconcierto—. La nave abandonó la atmósfera sin problemas. Pero ahora una flota de origen desconocido ha aparecido de la nada, en un punto cercano a la Luna. Y viene hacia aquí.

***

Las siguientes horas fueron un caos. Los sistemas armamentísticos de medio mundo tenían en su punto de mira a la mayor de las naves invasoras que se había adelantado a sus compañeras. No cabía duda de que se dirigía a la base de lanzamiento del Arca.

Entonces el centro de mando recibió un mensaje: «Venimos en son de paz».

Los que estaban en la sala se miraron, estupefactos. El general fue el primero en recuperar la compostura.

—No nos confiemos. Podría…

Otro mensaje apareció en sus pantallas: «Solicitamos una reunión con la doctora Alvariño y el comandante Hernández».

Todos se volvieron hacia Vero y Miguel.

***

Siguiendo las instrucciones recibidas, la pareja esperó a pie de pista. Vero estrechó con fuerza la mano de su esposo cuando la enorme nave tomó tierra. Era diez veces mayor que el Arca y tanto su estructura como los materiales que la componían le resultaban desconocidos. Una compuerta lateral se abrió y por ella salieron dos individuos.

Vero y Miguel se sorprendieron al comprobar que se trataba de un hombre y una mujer, poco más jóvenes que ellos. Nada en su aspecto indicaba que no fuesen humanos.

—Es un honor conocerlos por fin —dijo la mujer—. Soy la comandante Verónica Okorafor. Mis padres me llamaron así por usted, doctora Alvariño. Este es mi hermano, el doctor Bakhit.

—Supongo que se preguntarán de dónde venimos y por qué estamos aquí —dijo Bakhit—. Hablaremos de eso con sus jefes enseguida. Pero antes, queríamos informarles personalmente de que su misión, el Proyecto Arca, fue un éxito. Nosotros descendemos de sus hijos, a los que acaban de enviar a recorrer el espacio en busca de un mundo mejor.

Hubo un momento de silencio mientras Vero y su marido procesaban lo que acababan de oír.

—Pero, ¿cómo es posible? —dijo ella finalmente, con un hilo de voz.

—Es largo de explicar pero, en resumidas cuentas, nuestra civilización encontró el modo de viajar en el tiempo —explicó Verónica—. Es difícil y arriesgado, pero se lo debíamos después de lo que hicieron para que pudiésemos tener un futuro. No podíamos abandonarlos sin más.

—¿Quiere decir que…? —Miguel no se atrevió a terminar la frase. Ambos miraron a Verónica, expectantes.

—Sí —confirmó ella con una sonrisa—. Hemos venido a rescatarlos. A todos.
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