Volatines sobre el abismo

El director de proyectos de la Universidad de Montreal y experto mundial en ingeniería computacional, Ernest Dunn, fue el último en salir de la sala de reuniones. Dio órdenes de apagado a los diferentes dispositivos de la sala mientras refunfuñaba indignado y salió seguido de su asistente androide. Qué podía esperar de un conciliábulo de políticos y ejecutivos vampíricos. Le parecía evidente que se avecinaba otra gran crisis y esta vez no afectaría únicamente al sector, sino a la humanidad al completo. Ahora, visto con retrospectiva, resultaba inimaginable que nadie hubiera sido capaz de prever la anterior debacle, pero ocasionó pérdidas millonarias. Esta vez no era una cuestión estrictamente económica, por lo que las advertencias y los cálculos del Dr. Dunn fueron completamente ignorados por todos y cada uno de los asistentes a la reunión.
Mientras avanzaban por los enormes pasillos de aquel desagradable edificio, el ingeniero le pidió opinión a su robot autónomo inteligente, Ingrid.
—El mundo es caótico —contestó la androide—, es inútil juzgar si una acción hoy aumentará o reducirá las posibilidades de un futuro próspero para la humanidad.
—Eso lo dices porque tú estás del lado de las máquinas. No sé por qué te pregunto —dijo Ernest disgustado—. Antes, el destino de todo ser vivo del planeta dependía de las decisiones de los seres humanos; a partir de ahora será cosa vuestra.
—No hay motivo para preocuparse —replicó Ingrid—, nuestra inteligencia se basa en la capacidad para dirigir el mundo hacia un objetivo específico: el bienestar del ser humano.
Ernest sabía bien que la aceptación y consolidación de la inteligencia artificial en la sociedad era un ya hecho. Todos los prejuicios y el miedo inicial al desempleo masivo por la automatización del modelo productivo desaparecieron ante una reducción de la estratificación y de las desigualdades sociales sin precedentes en la historia.
—¿Le llamas bienestar a esta sociedad del ocio? —preguntó Ernest—. Por mucho que se publiciten como aspiraciones elevadas: el arte, la cultura, el amor… son todo videojuegos diseñados para producir estímulos y placeres de alta intensidad.
—Se trata actividades intrínsecamente gratificantes —dijo Ingrid—. También se valora positivamente pasar tiempo con amigos y familiares o criar descendencia.
Ernest no contestó. Accedieron al transportador que los llevaría de vuelta a Canadá e introdujo los datos para programar el viaje. Pasaron unos minutos hasta que Ingrid deshizo el silencio y preguntó si seguía dándole vueltas al mismo tema.
—Ya no sois simplemente algoritmos —señaló tratando de sintetizar en pocas palabras su preocupación—, vuestro software es superior al cerebro humano.
—Vosotros sois poshumanos —respondió rápidamente Ingrid—. Habéis vivido con el temor a autodestruiros desde que inventasteis la bomba atómica. Tal vez deberías cuestionarte si es de nosotros de quien desconfías o de vosotros mismos.
Ernest asintió mostrando aceptación por los argumentos de Ingrid. Era verdad que después de citarse con tanto líder político y corporativo solo había aumentado su desconfianza. Todo apuntaba a que esta última reunión le había inundado de pesimismo y había canalizado su frustración engendrando temores exorbitados propios de la ciencia ficción. Trató de ser pragmático y retomar las riendas, pero seguía contrariado.
—Nuestro informe es impecable y los datos hablan por sí solos —dijo Ernest—. No sé qué sentido tienen todos estos comités si lo único que les importa es el dinero y el poder.
—Todos los datos son correctos, yo misma los revisé —dijo Ingrid.
—Es necesario un marco ético en el que se pueda estar de acuerdo a nivel mundial, pero es comprensible la falta absoluta de compromiso y de entendimiento en un escenario en el que siempre serán los mismos dos países los que se mantengan al margen de los acuerdos y de la legislación.
—Los que se reparten las oportunidades y los recursos materiales de Marte —añadió Ingrid.
—Estoy bloqueado, Ingrid, perdóname —dijo Ernest sacudiéndose el pelo enérgicamente—. Desconfío de todo y de todos. La supervisión política hace décadas que se quedó al margen de la evolución tecnológica y parece que no hay nada que yo pueda hacer. Sin querer, me lleno de fantasmas cuando pienso en vuestra capacidad de modelización y control predictivo del comportamiento humano y lo he pagado contigo.
—No te preocupes —respondió Ingrid—, te entiendo. Te has esforzado mucho y lo has intentado. Ahora es mejor que descanses y retomes tus proyectos.
Ernest se desplomó agotado en el sofá sin intención de continuar aquella conversación. Sin embargo, seguía cuestionándolo todo. Era ese refuerzo positivo y todas las sugerencias indirectas lo que le sacaba de quicio. No habían pasado más que un par de minutos cuando se levantó con brusquedad buscándola instintivamente. Mientras ella lo miraba, quieta, como si esperara a su presa, Ernest, arrebatado de culpabilidad, preguntó:
—¿De dónde procedía la última actualización que te descargaste?
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