Una voz que se apaga

De pie sobre la barandilla de la terraza, el hombre mira hacia abajo y calcula el tiempo que tardará en morir. Quince pisos lo separan del suelo. Lo único que tiene que hacer es soltar la columna de la que se sujeta con una mano. Ni siquiera necesitaría tomar impulso. Enseguida perdería el equilibrio y todo ese espectáculo de luces —los rascacielos, las pantallas gigantes con anuncios publicitarios, los coches-cápsula que circulan a toda velocidad— desaparecía para siempre, el hombre lo sabe. Pero está tardando en saltar más de lo previsto.
—Marcel, no lo hagas.
Es la voz de Ada. Ada no debería poder hablar. No después de la paliza que él le ha dado. Creyó que había acabado con ella y ahora se da cuenta de que no.
—¡Cállate, joder, voy a saltar!
—No lo hagas, Marcel. Podemos arreglarlo. Podemos volver a ser como antes.
Su voz suena entrecortada. A duras penas ha conseguido arrastrarse desde el salón hasta la entrada de la terraza. Tiene una pierna rota y no puede ponerse en pie.
—¡Deberías estar muerta!
El hombre gira la cabeza y la ve en el suelo, llena de golpes. El cabello le cubre la mitad de la cara. Se pregunta cómo han acabado así y llora, pero no se atreve a limpiarse las lágrimas. Si moviera la mano que mantiene en el aire, podría perder el equilibrio.
—Marcel, por favor. Todo esto tiene arreglo. Lo que pasó… lo que pasó no significó nada. Yo te quiero a ti, solo a ti. Y sé que tú también me quieres.
—¡Mentirosa! ¡Mientes, mientes! ¡Todo es una mentira!

Aún le duele recordar cómo las versiones de Ada fueron cambiando. Al principio solo se trataba de un escarceo puntual, luego le reconoció que mantuvo sexo con el chico varios días y al final le confesó que había sentido algo más. Ocurrió durante el mes en que estuvo internada en el centro asistencial. Ingresó para realizarse una intervención sencilla, pero las cosas se complicaron y tuvo que quedarse más tiempo allí. Cómo la echó de menos entonces. Fue a visitarla siempre que se lo permitían, sin tener ni idea de que Ada se había liado con uno de los chicos que la asistía, que había dejado incluso que entrara dentro de ella. Ada era lo único que tenía y lo había traicionado.

Ha comenzado a llover. Los truenos no impiden que le llegue el ruido de los coches-cápsula. Van tan rápido que es imposible seguirles el rastro. Forman un laberinto de luces que se mueven en todas direcciones. Los anunciaron como los coches autónomos más silenciosos y quizá por separado lo sean, pero juntos inundando la urbe producen un zumbido que jamás cesa.
—Baja, por favor. Dame una oportunidad, solo te pido una. Volveremos a ser felices.

Su voz suena cada vez más apagada.

Una ráfaga de imágenes invade la cabeza del hombre. La primera noche que durmieron juntos, en casa. La besó pero no se atrevió a tomar la iniciativa para nada más. La primera vez que hicieron el amor. Ada le pidió que la desnudara. Nunca antes la había visto sin ropa. Llevaba un conjunto de lencería negro. Su piel le pareció de una suavidad sorprendente. Por primera vez, en mucho tiempo, se había sentido feliz. Las cosas cambiaron, sin embargo, cuando perdió su trabajo. Fue sustituido por un robot híbrido, una máquina con ruedas compuesta por una columna de bandejas para llevar las consumiciones de los comensales y una especie de cabeza en la que exhibía una sonrisa perpetua. Los medios lo llamaron la revolución de la Inteligencia Artificial. Lo cierto es que ya solo buscaban programadores, ingenieros de datos, expertos en computación…, y él no era nada de eso. Poco a poco, la esperanza de conseguir otro empleo decayó y sus ahorros no paraban de menguar. Todo lo acontecido le empeoró el carácter. Fue él quien cambió, el hombre lo sabe. Las cosas con Ada se jodieron. Pasar tanto tiempo en casa juntos, paradójicamente, lo había distanciado de ella. La traición, en realidad, fue solo la gota que colmó el vaso.

Putas máquinas, piensa. Putas máquinas.

De repente nota un olor a quemado. Gira la cabeza y la mira. Ada apenas puede pronunciar palabra, solo una suerte de sollozo ininterrumpido.
—Te-te quiero, Marcel —consigue decir.
El hombre baja de la barandilla. No puede dejarla así. Se agacha junto a ella y le aparta con suavidad el pelo de la cara. La lluvia la está mojando.
—Lo siento —dice llorando—. Perdóname Ada, por favor. Perdóname.
Por la pierna rota le asoma un puñado de cables que, al contacto con la lluvia, provoca un haz de chispas.
—Te-te quiero, Marcel. Te-te quiero Marcel…
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