AEROBIA

La puerta de aluminio se desliza hacia la izquierda con un quejido y, con paso vacilante, la doctora Sasaki entra en el laboratorio. Ante ella, miles de cultivos de bacterias reposan en un ambiente cuidadosamente regulado. En un estado de hibernación inducido, esperan a ser trasladadas a su nuevo hogar: el exoplaneta 7304HV-21-F62.

Sasaki observa el proyecto al que se ha entregado en cuerpo y alma estos últimos años. Suelta el aire en un suspiro tembloroso. Su planeta ha desaparecido y está en sus manos el evitar que la especie humana se extinga con él.

Cuando era joven, un asteroide colisionó con el satélite de su mundo. Las consecuencias fueron devastadoras: una lluvia de meteoros arrasó con la mayor parte de la vida del planeta y las variaciones en la órbita del satélite provocaron mareas que destruyeron todo lo que quedaba. De un día para otro, el prometedor futuro de la humanidad se desvaneció en polvo.

Cada vez que la doctora pensaba en ello, una sonrisa amarga se esbozaba en sus labios. Durante siglos, sus congéneres habían explotado los recursos que su mundo les ofrecía de forma despiadada y egoísta: arrasaron bosques, contaminaron mares, emponzoñaron la atmósfera… Embriagados con ideas de progreso y riqueza, se pusieron en peligro a ellos mismos y a su planeta. Gestaron su propio fin durante tanto tiempo, que a Sasaki le parecía una cruel ironía que este se hubiera producido por otra mano.

Ahora, la ínfima fracción de la humanidad que sobrevivió, integrada por aquellos con el dinero y prestigio suficientes como para poder costearse un futuro, se dirige en la nave Sancta Maria a un exoplaneta situado a 50’4 ua. Su nuevo hogar.

Aún inmersa en sus pensamientos, la doctora deambula por los pasillos donde se almacenan los cultivos. Archaea columbus. Así habían bautizado a las bacterias que constituían la esperanza de la humanidad. Capaces de sobrevivir a altas presiones y temperaturas elevadas, fueron halladas antes de la catástrofe, en las inmediaciones de una fuente hidrotermal a 7.000 metros de profundidad. La doctora y su equipo las han cruzado con un tipo especial de cianobacterias, responsables de la Gran Oxidación que permitió la vida en su planeta de origen. Usarán los híbridos para transformar el entorno anaerobio del planeta 7304HV-21-F62 en uno compatible con la vida humana.

O eso afirma la versión oficial. Porque, ¿cómo se le dice a una raza entera que su extinción está cerca?

Las bacterias no cuentan con los números necesarios ni con la capacidad suficiente como para cubrir las necesidades de la humanidad a largo plazo. Y mucho menos para cambiar la composición tóxica de la atmósfera de 7304HV-21-F62.

Hasta ahora, se han utilizado reservas terrestres y la electrolisis del agua para proveer de oxígeno a los habitantes de la nave. Puede que ambos recursos no se encuentren en el planeta al que se dirigen; si no hallan una manera de fabricar más, todo estará perdido.

La doctora se detiene al pensar en todas las personas asesinadas para acallar el secreto que noche tras noche le quita el sueño. En todas aquellas a las que se negó la oportunidad, por pequeña que fuera, de sobrevivir. Y en las que podían pagarla, pero decidieron quedarse atrás para cederle su asiento a un ser querido. ¿Murieron todos en vano? Con un nudo en la garganta, se apoya en la pared y se desliza pesadamente hacia el suelo. Las lágrimas ruedan por sus mejillas, reflejando la luz artificial de su equipo de protección biológica.

Una vez más, analiza en su mente cada una de las ideas que ha desechado, todos los caminos que ha recorrido solo para tener que volver al principio. Su mente es un bullicio de ideas, de voces, de imágenes. Lleva meses cansada, consumiendo cada gota de energía que le quedaba en pensar en alguna forma de salvarlos a todos. Bajo el traje, su reloj marca 9 meses y 17 días para la llegada al planeta.

Parpadea con fuerza para quitarse las lágrimas. Se levanta y, con ademán cansado, se dirige a comprobar una vez más el último experimento, del que solo ha obtenido fracasos. Pasillo 137-B, fila 14, muestras 524-624. Desesperanzada, Sasaki apoya el dedo índice en el panel de control y este se enciende para mostrarle los resultados actualizados. Las cifras se reflejan en sus ojos, que se abren atónitos cuando asimilan lo que están viendo. ‹‹No puede ser››. Una parte de ella, asustada, se resiste a entusiasmarse por lo que podría ser un fallo técnico. Pero se da cuenta de que, si no lo es, podría tratarse de la respuesta que ha estado buscando. Puede que aún haya esperanza. Casi tropezándose por la emoción, corre a avisar a su equipo.

En su mente resuena: ‹‹El metano. Siempre ha sido la solución. ¡El metano! ››.

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