El principio del fin

Kiara era una sombra más en la noche.
Las alturas nunca le habían dado miedo, pero ahora, con las manos y los pies pegados a la pared del edificio, Kiara lo sintió. Se obligó a confiar en el diseño de su traje, fabricado para adherirse a todo mediante succión, por muy vertical que fuera. Y el exterior del hospital era extremadamente vertical, únicamente con alféizares de ventana que le permitían recobrar el aliento y calmar su respiración. Se alegró de que hubiera tantos, luego pensó en que así había mayor riesgo de ser detectada y trepó más rápido. El viento rugía violentamente.
- ¿Por qué construyen los edificios tan altos? – jadeó a su intercomunicador.
- Para que tengan mayor capacidad. Si me haces estas preguntas tan estúpidas, voy a pensar que no estás cualificada para formar parte de esto – escuchó en su oído.
Se maldijo por el comentario.
- Solo estoy un poco nerviosa – asustada, por lo que estaba haciendo, por lo que iba a hacer. Pero eso no lo admitiría.
- Pues tranquilízate, quedan once pisos.
Casi dejó escapar un suspiro.
La altitud era necesaria. Cuando, con el paso de los años, se quedaron sin terreno para edificar, esa fue la solución. Poco espacio para tantas personas. A veces se preguntaba cómo hubiese sido su vida si hubiera nacido quinientos años antes. Ir por la calle sin sentirse pequeña entre tantos edificios, sin dar codazos para poder caminar. Hubiese sido otra vida. Pero Kiara vivía en un mundo en el que hacerse mayor no era sinónimo de morir.
El tiempo avanzaba, la ciencia también. Nuevas curas, más tecnología; la esperanza de vida aumentaba. Antes la gente moría de cáncer; ahora acababan siendo más personas a las que apartar al caminar. Antes los ancianos fallecían a los noventa; ahora muy mal se lo tenían que montar para hacerlo tan pronto. Y para la gran mayoría que sobrevivía, siempre había un momento en el que algo fallaba. Acababan en hospitales, enchufados a máquinas que retardaban el momento final. Los científicos habían buscado eliminar el miedo a la muerte, pero lo que consiguieron al retrasarla fue aumentarlo.
Kiara detuvo su ascensión en el punto indicado, una ventana dos pisos antes de llegar arriba. Se suponía que debía de estar abierta. Con un nudo en las tripas, desactivó la succión del traje y empujó el cristal. Cerrada. Era esa, sin duda, la que daba a la escalera. Asomó un poco la cabeza obligándose a no mirar abajo y contó. El piso correcto.
- Aquí Kiara. Tenemos un problema con la ventana de entrada.
- Informe.
- Está cerrada.
- ¿Estás segura? ¿Lo has hecho bien?
- A ver, deja que compruebe si sé abrir una ventana… ¡pues claro que estoy segura!
Crujidos de corriente al otro lado de la línea.
- Tienes que romper el cristal.
- ¿Perdón?
- He dicho que…
- Ya sé lo que has dicho. ¿Cómo que romperlo?
- Partirlo, fracturarlo, reventarlo. Como prefieras llamarlo.
- ¿Y si subo hasta arriba y…?
- Saltaría la alarma.
- ¿Y si exploto el cristal no?
Un suspiro exasperado.
- Tú deshazte del cristal.
Kiara abrió la riñonera que le habían dado y empezó a rebuscar entre los inventos. Sus dedos dieron con un disco pequeño. Lo pegó en el cristal. Respiró hondo y esperó no haberse equivocado al apretar el botón que tenía en el centro. Segundos después, a la ventana le salieron grietas. Se empezó a fracturar hasta que se deshizo. Se dejó caer dentro del edificio.
Subió las escaleras oyendo sus zapatos retumbar sobre los escalones y el latido acelerado de su corazón. ¿Estaba bien lo que iba a hacer?
Llegó arriba del todo y abrió la caja que conectaba con el suministro de energía.
- En posición.
- Bien, cuando quieras, ya hemos apagado el generador.
Para eso se había unido a ellos. Un grupo de personas que sabía que no podían seguir viviendo así, haciendo a todo el mundo inmortal. Porque, ¿qué pasaba con la gente a la que le tocaba vivir? Se pasaban ese tiempo trabajando para pagar a los que ya habían trabajado, esperando que les llegara el turno a sus hijos de trabajar para pagarles a ellos. Y si los primeros no se morían, no había dinero para los segundos y a los terceros les tocaba trabajar más. Eso no era vida, y ellos lo sabían. Ella lo sabía, y tenía que hacer algo.
- ¿Kiara?
Sacó unos alicates. No hacía nada malo, ya deberían estar muertos.
Kiara cortó todos los cables y se quedó a oscuras. Las luces de emergencia no saltaron, el sonido interno del hospital que había estado escuchando inconscientemente se apagó, dando descanso a las incontables personas del edificio que dependían de una máquina para vivir.
Era solo el principio.

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