De vuelta a casa

Erase una vez dos niños llamados Leonardo y Jolyne, perdidos en un lugar que no conocían de nada, ni siquiera las estrellas que brillaban en el cielo. De repente su brazo empezó a vibrar, Jolyne miró su brazalete y vio aparecer el holograma de una mujer que les decía “Hubo un accidente en la nave en la que estabais y salisteis despedidos hacía el planeta Tierra, necesitáis ir a las coordenadas 42,356789, -5.131321 donde encontrareis la nave en la que habéis salido despedidos. Localizadla y recibireis nuevas instrucciones”.

Leonardo vio las coordenadas que les dijo la mujer en su brazalete y una flecha que indicaba la dirección. En su camino, vieron un diminuto disco de luz en el cielo, Jolyne no pudo evitar una lágrima, cuando encima de su cabeza divisó un brazo de luz. Ya sabía dónde se encontraban y lo lejos de casa que estaban, parecía imposible que pudieran llegar; 2,5 millones de años luz era demasiado. Se secó las lagrimas y siguieron caminando hasta llegar a las coordenadas indicadas. Leonardo observó que el suelo estaba cubierto por una planta amarillenta, el brazalete les aclaró que se llamaba trigo y que se usaba para hacer comida. Antes de que el brazalete siguiera hablando, Leonardo se lanzó contra las plantas y se las comió. ¡Buff! Aquello no fue una buena idea, la piel de Leonardo pasó de su bello azul celeste a rojo, luego naranja y luego a verde… Jolyne, que conocía a su hermano, sacó de su cinturón una inyección antialérgica y la clavó directamente en el corazón izquierdo de éste, que rápidamente recobró su color.

Finalmente vieron la nave, pero no funcionaba. Leonardo estaba furioso y empezó a dar a golpes al panel de control de la misma. Jolyne dijo, ¡espera! Y allí apareció de nuevo el holograma que les indicó que podían encontrar combustible en una enorme fábrica con grandes chimeneas, donde se trabajaba con uranio en forma de barritas. Al oír barritas, Leonardo se emocionó, ¡le encantaban las barritas de chocolate!. El brazalete se iluminó y les indicó el destino. Se dirigieron allí y vieron unas figuras espantosas, cuatro extremidades que se movían de cualquier manera y una enorme protuberancia encima de dos de ellas, ¡qué asco! Las figuras se dirigieron hacia ellos, aquello tenía mala pinta. Jolyne presionó un botón en el brazalete y desaparecieron, aquel botón evitaba que ellos reflejarán la luz, con lo cual eran “invisibles”. Cogieron las barritas y salieron de allí rápidamente.

Tras llegar a la nave, el holograma les avisó que tendrían que llegar a un planeta gaseoso con unos tenues anillos y desde allí dirigirse a uno de sus satélites donde encontrarían algo que les ayudaría a volver a casa. Jolyne pulsó el botón de “marcha” y el panel de control mostró el mapa planetario del sistema solar y la ruta más rápida para llegar a ese satélite.

La nave despegó, y en su pantalla se mostraban los nombres de los cuerpos celestes que se iban encontrado. Así Jolyne pudo ver un satélite llamado Luna y Leonardo a lo lejos un planeta “rojizo”, como su tarta favorita, que se llamaba Marte, alrededor del cual había dos pequeños asteroides-satélites llamados Deimos y Fobos.

Tras dejar de lado Marte se adentraron en un cinturón de asteroides; en el cual además de cuerpos compuestos de metal y roca, vieron un planeta enano llamado Ceres. De repente ante ellos apareció un planeta enorme, que tenía una gran tormenta en forma de espiral, la “gran mancha roja” de Júpiter.

En ese momento, la nave giró repentinamente e incrementó la velocidad hacia su destino, un satélite con estrías rojizas en la superficie llamado “Europa”. La velocidad de la nave aumentó y no respondía a ninguno de los controles de parada, aquello pintaba muy pero que muy mal. Leonardo se agarró con tres de sus seis brazos a la silla y con los otros tres se protegió el corazón derecho. El impacto fue brutal, pero no se convirtieron en miguitas, sino que atravesaron la superficie que era de hielo y se encontraron inmersos en un gran océano.

Allí rodeada de una especie de pulpos, se encontraba una gran nave intergaláctica. Dentro de ella estaba su familia y hasta sus gatos de tres cabezas. Su padre les dijo: “comienza la vuelta a casa”. La nave despegó rompiendo aun más la corteza helada de Europa y rápidamente cruzaron el resto del sistema Solar, dejando a un lado un planeta con maravillosos anillos y una serie de gigantes helados de color azulado. Ante ellos se encontraba el último cinturón de asteroides y más allá el último confín del sistema solar donde vieron múltiples cometas.

Al llegar al espacio interestelar la nave activó el modo intergaláctico, Andrómeda estaba sólo a un paso.
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