BETA

Eran ya las 6 de la tarde en Hokio, un pequeño pueblo perdido de la mano de Dios, cuando el estallido de una estridente alarma captó la atención de Kai, un joven de 21 años, que después de salir de clase de arte, había decidido pasear por el bosque de la montaña Lúmina, como ya era costumbre para él.
Sorprendido por la alarma, Kai intentó seguir el origen del ruido y comenzó a adentrarse en la profundidad del bosque, que ya parecía mezclarse con la oscuridad que la noche presumía ese día.
Kai avanzaba hacia no sabía dónde siguiendo lo que su oído le indicaba, apuntando hacia el frente con la débil linterna de su reloj.
No tardó en percatarse de la presencia de una inquieta figura que se movía entre la penumbra de los árboles. Una figura, que aun contando con la agilidad de una liebre, parecía tener silueta humana, algo joven y delgada.

— ¡La leche! — gritó Kai para sí mismo, suspenso a la vez que asustado.

Rápidamente dispuso su mano a buscar la cámara de fotos en su mochila, sin resultado alguno.

— Mierda, no la llevo encima — pensó sin perder de vista la ágil silueta — No puedo perder una oportunidad así, mi profesor de audiovisuales habria amado esto.

Mientras Kai pensaba en cómo documentar lo que había visto sin tener su cámara, su mirada no dejaba escapar aquella figura que se acercaba rápidamente, cada vez más, hasta cruzar por enfrente de sus narices.
Kai la esquivó sin siquiera haber podido pensar en cómo hacerlo debido a la gran velocidad de la situación.
Mientras la figura pasaba por su lado, Kai observó sus suaves y humanos rasgos, que parecían pausar el tiempo durante unos segundos, como si todo ocurriera a cámara lenta ante los ojos de Kai en ese mismo instante. La silueta no era de un ser grotesco ni extraño, sino de una joven femenina, que como un rayo de luz corría ágil con sus delgadas piernas, como escapando de algo, mientras sus pies descalzos pisaban la tierra mojada, que manchaba la desgastada bata médica que llevaba puesta.
Kai, dispuso sus pasos a seguir a la joven sin pensárselo dos veces, movido por la curiosidad.

— ¡Eh! ¡Espera! ¡No corras, no te voy a hacer daño! — gritaba Kai mientras corría lo más rápido que podía.

Después de muchos gritos, la chica se giró repentinamente y se dirigió velozmente hacia Kai para taparle la boca con la mano.

— No gritos, malos pueden encontrarme — dijo la joven tapándole la boca, notando como el pulso se le aceleraba — Yo no mala, no voy a hacer daño a nadie… pero malos buscan, sin parar.

Kai intentó hablarle alterado con la boca tapada, haciendo ruidos imposibles de entender.

— Te dejo hablar si no gritas, malos me encontrarán… por favor, hacen cosas muy malas — Dijo la joven mientras una lágrima caía de sus ojos, que miraban fijamente a Kai, depositando su ultimo atisbo de confianza en él.

Kai asintió con la cabeza, y la chica abrió suavemente sus dedos, dejando un espacio entre ellos por el que asomaba la boca de su testigo.

— Primero de todo, no se a qué te refieres con los malos, y segundo, ¿cómo te llamas? — le dijo Kai fijándose en sus suaves labios.
— Mi nombre… No, no debo decirlo.
— Entonces no me queda más opción que… — dijo Kai pretendiendo abrir la boca para gritar.
— ¡No! ¡Beta! ¡Nombre mío es Beta! — respondió tocándole el hombro.

Kai se fijó en la mano que Beta había apoyado en él, una mano fría y pequeña, con unas zonas metalizadas, de algún modo pareciendo una máquina.

— Tu… tu mano… tiene, ¿Metal?
— Malos, son los malos.
— Pero… ¿Quiénes… son los malos?

Justo cuando Beta parecía dispuesta a responder, el impacto de un repentino dardo sobre la espalda de la joven la precipitó sobre los brazos de Kai, que la miraba paralizado.
Mientras tanto una imponente presencia se aclaraba entre las sombras, caminando hacia Kai con seriedad. Se trataba de un hombre trajeado que se presentaba escoltado por algunos hombres armados a sus espaldas.

— Disculpe señor, usted no debería estar aquí — dijo con un tono falsamente pacífico.
— ¿Di-disculpe? ¿Quién es usted?
— ¿Quién soy yo? Una buena reformulación de la pregunta sería ¿quién cojones eres tú? — agravó significativamente su tono de voz — ¿Qué haces aquí a estas horas de la noche?
— Yo- yo solo pasaba por aquí, y escuche una- una alarma y...
— Aaah… con que un curioso más… ¿Sabía usted que la curiosidad mató al gato? Bueno, está claro que no… Es hora de que me devuelvas a mi dulce hija.

El hombre trajeado sacó una pistola, y con la mirada clavada en Kai, apretó el gatillo, que le permitió recuperar a su amada hija, el mayor de sus experimentos, el Experimento Beta.
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