"Ser o no ser, esa es la cuestión"

Cuando cogí prestado el coche de Doc para resolver la duda que me reconcomia, esa pequeña ratonera, que es como una ocupa mental que se instala en tu mente y se niega a irse, no tuve en cuenta la imposibilidad de llegar al principio, al principio de todo.
Y sí, estoy hablando de llegar al instante 0, en el que todo explosionó, en el que se creó algo de la nada, o en el que un anti universo, un universo contrario al nuestro, dominado por la antimateria, acabó, o ...

Al llegar a la frontera del tiempo real convencional, se me acabó el chollo de la máquina del tiempo, y no era cuestión de gasolina, había llenado el depósito con 196 millones de años (Por si acaso los cálculos del big bang fueran erróneos). Es que estaba en el instante decidido por los humanos para ser el principio de todo. Para algunos, fue hace 13.770 millones de años; para otros, el primer día de la creación.
Por ello, baje del coche y crucé el tiempo, con temor de convertirme en un campo de momentos sin orden cronológico, en un campo de acontecimientos.

Sin embargo, dejé de tener un principio y un final, existo. Ni existí, ni existiré, solo existo. Solo el tiempo real ha sabido demostrar el principio de algo, de nuestro universo. Aquí y allí, donde el universo ni se expande ni se concentra, el instante 0 se diluye hasta formar la suave forma de un cuenco que no tiene ni principio ni fin, como un culebrón turco que nunca sabes cuando empieza ni cuando acaba, pues no hace ni lo uno ni lo otro.

Decidí ver qué pasaba en el otro extremo del dilema y volví a la frontera de nuestro tiempo real, volví a tener un principio y un final. Pero no perdí el tiempo e hice el camino inverso.

Al pasar por el presente hice un paradita y volví a llenar el depósito, esta vez con 289 trillones de años, no fuera a ser que al final tuviera yo mi final.
Vi a la materia concentrarse, mientras la antimateria se expandía hasta llegar a un tope, a un punto máximo, en el que se vuelven a armar las piezas de un puzzle, se vuelve a juntar todo.
Fui consciente del futuro a los 30.770 millones de años desde el principio de nuestro universo, es decir, cuando llegué al límite del tiempo real convencional.
No tuve más remedio que volver a dejar la máquina otra vez y cruzar la frontera.
Y al volver a no estar regida por un tiempo real, sentí que volvía únicamente a existir, existir por un giro del espacio-tiempo imaginario que al ir hacia delante forma una suave curva, y al existir en cualquier otra dirección es lo mismo.
De modo que volví al presente con la intención de poder formular un pensamiento en orden cronológico, de principio a fin.

Y así me di cuenta de que la pregunta no es cuándo empieza o acaba el universo. La incertidumbre la formuló Shakespeare con su filosófica frase, “Ser o no ser, esa es la cuestión”.
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