Donde la felicidad se impone

La familia de los Lon vivía en su cueva, cerca de la sierra de Atapuerca, serían no poco más de las 7:00 de las mañana, casi todos estaban despiertos menos él, Miguelón.
Un hombre fuerte y robusto, ningún arce podía contra él, el más temido entre todos y valiente, ganador de competiciones entre tribus de montar leones, hipopótamos y de escalar árboles. En estos momentos, y desde hace poco tiempo, el suficiente para que viese crecer a su hija, sufría un cierto bulto en la boca. Sus compañeros de cueva y su familia miraban constantemente aquella boca. En el lado izquierdo de su mandíbula había un prominente bulto, que salía unos dos dedos más allá de la piel, de color morado-rojizo. En un principio la gente bromeaba con ello, creían que se había chocado o se le había caído una mora en la cara, y por ello tenía la cara así, hasta que una semana después, tras ver que no bajaba la inflamación de aquello, Miguelón dijo: “Payasos vosotros, mal estoy, doler esto mucho”, entonces la gente se lo empezó a tomar más en serio.

Posteriormente, el médico de la cueva, el cual seguramente ejercía la profesión porque le gustaba la botánica, se acercó a la boca de Miguelón… todos intrigados rodeaban a aquel personaje que miraba alrededor del bulto sin saber qué hacer exactamente, hasta que decidió, valientemente, tocar aquel bulto inflamado. La cueva retumbaba, los animales se marcharon kilómetros a la redonda, las hojas caían de los árboles y el sol se tambaleaba. El grito de Miguelón fue inmenso, y fue rápidamente seguido de un bofetón con la mano abierta al médico, que por si no lo había dejado ya sordo, le dejó fracturado el brazo derecho, pues era el hombre más fuerte… El dolor que sintió fue inhumano, espantoso, horrible, espeluznante, le recorrió todos los nervios del cuerpo.

La cosa iba de mal a peor, Miguelón cazaba pero aquello seguía creciendo hasta un punto que él mismo podía observarse el bulto y distinguir la tonalidad de colores.
Pero llegó un punto en el que ya no podía comer, ni beber, ni cazar, ni hacer nada, quedó prácticamente invalido, inservible para la familia. Estaba asustado, su familia le abandonaría…
Sin embargo, aguantó hasta que no pudo más.
La familia se sentó entorno al fuego y estuvieron degustando carne de oso.
Miguelón degustaba la comida, con apetito pero con dolor, en un principio no se notaba, pero llegó a un punto que era inevitable.

-Tu no bien, padre.-Afirmó su hija.
-Bien hija comer yo.-Contestó Miguelón haciéndose el valiente.
-No, cariño no bien tu.-Replicó su mujer que también sospechaba.
-¡No!, bien comer, ves.-Procedió Miguelón a meterse un trozo de carne en la boca, masticarlo con dolor, sufriendo, y tragándoselo.
-¡Verdad ahora!-Se levantó su mujer del tronco partido donde estaba sentada, encarándose a él.
-Bien esta, comer poder no, boca dolor.-Confesó Miguelón.

Por supuesto, ya no había médico, asustado, sordo y manco se había marchado.

-¿Problema hay?
-¡Sí problema, mujer!. Madre mía, sobrevivir no, fuera animales matar a mi y comer.
-¿Cómo dejar tu tirado?, Tonto ser, alimentar tu nosotros.
-¿Tu hacer?
-Claro, querer yo tu.

En ese momento marido y mujer se unieron en un fuerte abrazo, evitando el choque del hombro de ella con la mandíbula de él.

Desde ese momento nos transportamos hasta donde la historia ha empezado, el sol ha salido sobre la sierra, Miguelón se ha despertado, los animales corretean entre las preciosas montañas de Burgos bajo un viento helado. Miguelón está sentado en la entrada de la cueva. Su mujer está masticando la carne de oso, para posteriormente dejársela en el plato de madera que comparten. A este pedazo de carne le pone un poco de agua para intentar hacerla más blanda y separarla fácilmente.

-Cariño, querer yo mucho tu.-Dijo Miguelón.
-Más yo, Miguelón.-Contestó su mujer.

Miguelón comió esa carne o más bien dicho, bola babosa de carne, mientras apreciaba lo que iba a ser su último amanecer.

-Yo ir, momento es. Es mi hora.
-Miguelón, ¡qué decir!, pero…

Miguelón le dio un beso a su mujer, se apoyó entre sus piernas y entraría en un profundo sueño, del cual ya no se despertaría.
Los días siguientes fueron horribles para la familia, el ambiente de tristeza se extendía por toda la cueva. Pero, al cabo de unas semanas, aprendieron que todo lo que habían hecho por Miguelón había sido mucho, y realmente estaban muy contentos de haberlo hecho, de haberle ayudado y hecho disfrutar en sus últimos sufridos años de vida, de los cuales siempre disfrutó…

Queridos alumnos, así es como por unos trozos de huesos, hemos podido saber la vida de una persona hace quinientos mil años…
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