EN CASA SOMOS 5

Son las seis de la tarde y estoy tumbada en mi cama, leyendo uno de mis libros. Tengo los auriculares puestos, porque estoy escuchando mis canciones favoritas mientras disfruto de la lectura. Pero, de repente, después de unos veinte minutos, llegan. Llegan los gritos. Esos que tanto odio. Son los gritos de mi hermana. Ni siquiera los auriculares me impiden escucharlos. Uno tras otro. Cuando pienso que se han acabado, entonces vuelve otro mucho peor. Y es que, está huyendo de mis padres. No sé por qué me he distraído tanto pensando, si ya tendría que estar allí, ayudando.
Rápidamente, bajo de la cama con la ayuda de un salto y camino por el pasillo de casa. Entonces, llego a la puerta del comedor, que está abierta, y veo la escena.

Mi padre.

Con el aplicador en la mano.

Mi madre, recargando el cartucho.

Mi hermana de diez años, sentada en el sofá intentando mantener la calma.

Y ese olor. Ese olor que sería capaz de reconocer a kilómetros de distancia. La insulina.

Así es, mi hermana padece de diabetes mellitus tipo 1 desde los 18 meses de edad. La diabetes es una enfermedad crónica que se presenta cuando el páncreas no produce suficiente insulina o cuando el organismo no es capaz de utilizarla de manera eficaz. Por otra parte, la insulina es la hormona que regula la concentración de glucosa que tenemos en la sangre.

Recuerdo el debut de Martina. Yo tenía cinco años, era una noche de junio y Martina se puso muy enferma. Mis padres se la llevaron corriendo al hospital. Tenía unas ojeras muy profundas, su cara estaba pálida y casi sin saber hablar, decía que no se encontraba bien, que tenía “pupa”. Mientras tanto, yo me quedé con mis abuelos. Me acuerdo perfectamente del momento en que recibimos la llamada, en la que nos comunicaron que Martina había estado a punto de morir por cetoacidosis. Y no solo eso, sino que padecía diabetes. Rápidamente cogí el teléfono para comunicarme con mi padre.

- Papi, ¿cómo está Martina?
- Está malita, tiene diabetes.- no entendía nada.
- Pero, se va a curar ¿A qué sí?- dije mientras tragaba saliva.
- No, es para siempre.- eso fue un golpe de realidad.

Durante los próximos años aprendí mucho sobre esta enfermedad. Y es que Martina tenía que pincharse entre 15 y 20 veces al día en los deditos, para comprobar cuánto azúcar tenía en la sangre, para inyectarse insulina, después de todas las comidas se pinchaba en la barriga, tomaba azúcar cuando estaba baja, etc.

Aprendí que en ese momento en casa éramos cinco: mis padres, Martina, la diabetes y yo.

Cuando crecí un poco más, mi interés se despertó incluso más. Me documenté todo lo que pude. Y descubrí cosas, como por ejemplo, que mis futuros hijos pueden tener diabetes. Pero lo peor que descubrí, sin lugar a dudas, fue la cantidad de consecuencias negativas que puede llegar a tener esta enfermedad. Efectos secundarios que a la larga pueden suponer un problema, como falta de visión, problemas cardiovasculares, insuficiencia renal, y podría seguir…

Entonces llegó uno de nuestros mayores alivios: la tecnología. Desde el hospital nos dijeron que habían llegado dispositivos nuevos llamados bombas de insulina. Eran geniales, tenían la capacidad de evitar que Martina se pinchara tantas veces al día. En función de lo que ella comía, mis padres desde la bomba le ponían una cantidad de insulina, que entraba a su cuerpo por un catéter, que tenían que poner sobre la piel mediante un pinchazo cada tres días. También llegaron los sensores de glucemia. De manera que Martina ya no se tenía que pinchar 18 veces al día, lo que era un alivio para mis padres. Mis padres, por fin iban a dejar de levantarse a cada hora durante la noche para ver como estaba. Ahora ya solo tenían que estar atentos para cuando el sensor pitara.

Actualmente Martina lleva una bomba y un sensor que además, le muestra la glucemia en un móvil. Y es que la tecnología cada vez es más influyente en el mundo de la ciencia, avanza y avanza permitiendo mejorar la calidad de vida de las personas que padecen enfermedades. Yo estoy convencida de que en el futuro, mis padres podrán dormir tranquilos, porque las bombas de insulina se controlarán solas.

Volviendo al momento de crisis en el comedor, te debo una explicación. Martina se pone nerviosa cada vez que le tienen que pinchar el catéter (lo que conecta su cuerpo con la bomba) en la pierna o en la barriga. Por eso grita o huye. Al final, siempre tengo que ir a apoyarla, le doy la mano y aprieto muy fuerte, mirándola. Entonces se relaja. Y yo con ella. Me complace saber que siempre voy a estar ahí, con mi dulce guerrera.

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