El Guardián

Allí, en la frontera de su existencia, el mundo parecía muy pequeño.

En el cielo, una estela de humo blanco se despedía de la tierra. En el suelo, sentado en una roca, el Guardián la observaba. Con sus brillantes dedos acarició la arena a sus pies. La cogió y dejó que los granos se escurrieran entre los huecos de su plateada mano.

Un hinchado sol escarlata iluminaba una infinidad de arena. Un sol que, como él, había superado la barrera de la inmortalidad. Un sol que acompañaría al Guardián al misterio último del universo.

Recordaba la habitación donde tantas veces había cerrado los ojos para no volver a abrirlos. La habitación donde había muerto muchas veces y donde nació una única vez. Donde todas las conciencias se convirtieron en eternas. Donde se volvieron salvaguardas de la memoria de la humanidad. Guardianes.

El Guardián se levantó y empezó a caminar, en dirección al sol. Incluso él, en su imperturbable quietud, había cambiado. En una de sus infancias, cuando titanes de cemento se estiraban hasta el entonces azul del cielo, la estrella mostraba un agradable color amarillo anaranjado. Le había acariciado cariñosamente con sus amables rayos, Le había observado y cuidado. Ahora, gordo y rojo, atravesaba al Guardián con violentos golpes de su saturada luz, como si intentara asustarle, hacer que huyera del planeta muerto.

Caminó y caminó. Siglos. Milenios. Un parpadeo. Caminó hasta que él y el sol se encontraron. Hasta que pudo extender la mano y tocar la superficie de fuego. Pero no sintió nada. Sus dedos mecánicos no podían transmitir sensaciones a su núcleo de conciencia. Así era como tenía que ser. Había sentido la vida de toda la humanidad. Ahora lo que tenía que hacer era proteger esos recuerdos.

El sol lo engulló todo. Devoró desesperado, buscando algo que pudiera alargar el tiempo de su luz. Sin éxito. El Guardián miró el tembloroso punto blanco que finalmente, también le había abandonado. Flotando en el mar de negrura, reflexionó. El legado de la humanidad, una maltrecha máquina flotando en la nada. Toda la especie convertida en un amasijo de tuercas y tornillos.

Un fogonazo de luz blanca. Un enorme bloque metálico, de forma indefinida, que flotaba con él, esperando. Un cristal translucido permitía ver el interior del bloque, en el que dos grises siluetas miraban al Guardián, sin moverse en lo más mínimo. A esas formas se sumaron más, apelotonándose en la ventana de la nave. Del bloque salió un haz azul que envolvió al Guardián. Le atrajo a la ventana, que se abrió, dejándole entrar. Las criaturas le rodearon, haciendo extraños ruidos, tocándole con curiosidad.

Por fin, alguien que le escucharía. El Guardián sonrió. Tenía muchas historias que contar.
  • Visto: 81