Caos en el laboratorio

Y llegó el viernes. Los alumnos de la clase de Física y Química de primero de bachillerato estaban muy emocionados, no por ser el último día de la semana (que también), sino porque eran conscientes de que Cristina, la profesora, les había prometido llevarlos al laboratorio.
-¡Eh, chicos! -exclamó Ainara-. Recordad que Cris nos dijo que hoy iríamos al laboratorio.
-¡Es verdad! -coincidimos todos.
Así pues, nos encaminamos hacia allí con una sonrisa en los labios. La profesora estaba esperándonos en la puerta, aunque no con la felicidad que siempre suele irradiar.
-¿Recordáis el experimento de la fabricación de plástico mediante leche y limón? -preguntó con una expresión que no estábamos acostumbrados a ver-. El caso es que...
Nos mostró nuestros respectivos recipientes donde, días atrás, habíamos realizado la práctica.
-¿Qué es esto? -soltó Brais.
El plástico había criado moho, y en el recipiente de mi grupo, ni siquiera eso; solamente un triste bote de leche cortada. Dani se rio. A él tampoco le importaba mucho, pues había estado toda la hora bebiendo de los briks de leche y chupando medio limón. A las chicas se las veía tristes, se notaba que estaban decepcionadas con el resultado. Por suerte, a Cristina se le iluminó el rostro.
-Podemos usar el moho para hacer otro experimento -sonrió tímidamente la profesora.
A nosotros no nos terminaba de convencer la idea, pero no teníamos mejor alternativa. Así pues, nos dividimos en nuestros grupos de trabajo habituales y esperamos. Un minuto más tarde, la profesora salía del laboratorio contiguo con dos botes en la mano; uno de ellos contenía un líquido de color aguamarina, mientras que el otro tenía dentro lo que parecía cloruro de sodio.
-Este líquido que veis aquí es uno de mis experimentos más recientes y novedosos. -nos sonrió Cristina. -Se trata de una mezcla de agua, cloro, y un tipo de fitoplancton bioluminiscente. Tardé bastante tiempo en disolver los microorganismos, así que no os extrañéis si veis alguna motita negra flotando por ahí.
Nos explicó su idea; sumergir el plástico mohoso en la mezcla para observar las condiciones en las que podría desarrollarse junto a los restos orgánicos.
Acto seguido, repartió el contenido de los botes entre todos los grupos, y empezamos el experimento.
-Pásame la sal -le pedí por favor a Pablo, uno de mis compañeros de grupo.
Él me tendió el bote y se giró rápidamente para ver qué tontería estaba haciendo Dani. Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que se me pasó por alto echar el cloruro de sodio.
Sumergí el plástico en la mezcla y mis compañeros se acercaron a ver. Pasaron dos minutos.
-¿Eso es todo? -preguntó Dani.
No tuvimos que responder. El moho comenzó a extenderse por todo el plástico, mientras poco a poco iba adquiriendo una tonalidad azulada. Apenas se notaba, pero sentí que el moho estaba... ¿palpitando?
-O-Oye, oye, oye, ¿esto es parte del experimento? -me temblaba la voz.
Desafortunadamente, la profesora había salido un momento para coger unas cosas de su departamento. El moho tocó el fondo del recipiente, y el cristal comenzó a agrietarse. Nadie dijo nada, nos habíamos quedado helados. Eché un vistazo rápido a mi alrededor. El resto de mis compañeros también tenían el moho bajo el líquido, pero ninguno estaba creciendo.
Cristina entró por la puerta.
-¡PROFE! -grité. -¡VEN, CO…
Demasiado tarde. Con un crujido, el cristal se hizo añicos y la masa mohosa se agitó como pez fuera del agua. Con un destello fugaz, saltó a la cara de Dani, que no tuvo tiempo ni de reaccionar.
-¡DANI! -chillamos todos.
-¡Mmphfhsm...!
El moho se le había pegado y estaba expandiéndose por toda su cabeza. La profesora corrió hacia nosotros, mientras los gritos del pobre Dani quedaban silenciados por la barrera orgánica. Traté de arrancarlo, pero Cristina me detuvo.
-¡Ni se te ocurra! -me advirtió.
Miré de nuevo y vi que el moho se había estirado hacia la parte donde mi mano se dirigía, así que la aparté de golpe.
-¿¡Qué hacemos!?
-¿¡Cuánta sal habéis echado!? -nos espetó.
-¡OSTRAS!
Caí en la cuenta de que se me había olvidado. Corrí hacia el bote, pero estaba tan nervioso que se me volcó encima de Dani. La sal hizo que el moho se hinchara desmesuradamente, y la masa explotó.
Cuando dejamos de toser y vimos que nuestro compañero yacía en el suelo, fui el primero en gritar.
-¡NOOO!
-Samuel, ¿por qué gritas? -se extrañó Cristina.
Parpadeé. Vi a Dani disparando agua con una jeringa. El rostro se me encendió de vergüenza. Otra vez me había vuelto a quedar embobado pensando en qué le podría pasar a Dani por hacer siempre el tonto.
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