¿De verdad estamos preparados?

Entré en el edificio. Ya me lo habían mostrado hace un par de días, cuando no había gente, así que ahora ya tenía hecho un mapa virtual y conocía el camino para llegar a la sala. Avancé por los diferentes pasillos, llamando la atención de algunas personas por mi andar, aparentemente poco natural. Sin embargo, había mejorado mucho en fluidez, por lo que esperaba menos atención por parte de los alumnos. Pese a esto, seguí avanzando, observando a mi paso los movimientos de la gente para poder integrarlos posteriormente.
Al llegar al aula, me paré en seco. Las órdenes que tenía eran esperar fuera, así que estuve los siguientes quince minutos escuchando una acalorada discusión proveniente de la sala, sin poder intervenir. Cuando se extendió un ambiente más calmado, la profesora salió y me invitó a entrar.
Al adentrarme en la habitación, vi muchas expresiones distintas reflejadas en los rostros de mis compañeros. Había caras de curiosidad, otras de ilusión, y algunas de desaprobación o incluso…¿asco? Debía haber algún fallo en mi reconocimiento.
Tras presentarme rápidamente, me dirigí hacia mi asiento, y nada más sentarme, encontré a mi lado una cara mirándome fijamente.
–¡Hola! Soy Alicia, tu nueva compañera.
–¡Hola! Encantado de conocerte.
–¿Te puedo hacer una pregunta? –dijo al cabo de unos segundos–. ¿Qué estás haciendo aquí? Quiero decir, siendo un androide, ya sabes todo lo que nos enseñan en la escuela, ¿no?
–Me han mandado para tener un contacto más directo con la gente y poder aprender observando sus comportamientos. Cuanto más veo, más aprendo y mejor lo puedo imitar.
–Pues entonces, ya tienes una amiga de la que aprender todos los días. Seguro que nos llevamos genial.
* * *
Pasaron unas semanas, y conseguí entablar una amistad con parte de la clase, en particular con Alicia.
Sin embargo, no todos parecían estar tomándose bien mi llegada. Al entrar cada día al aula, veía a algunos asestándome miradas de desconfianza o superioridad. Pero no esperaba que fuese a llegar a más, aunque me equivocaba, y mucho.
Uno de esos días, salía del colegio cuando escuché el esbozo de un llanto o grito de terror. Corrí hacia el lugar del que provenía, y me topé con una escena devastadora.
Ahí estaba Alicia, llorando en el suelo frente a tres de nuestros compañeros, de apariencia amenazante y rostro hostil.
–Parad, o si no… Os las veréis conmigo –pude decir.
De repente, el que parecía el líder comenzó a reírse, dejándome muy desconcertado.
–Pero tú, ¿quién te crees que eres? ¿Eh, p*to robot de m*erda? Si es que ni siquiera sé qué pintas aquí… ¿Primero te cuelas en nuestro colegio y luego pretendes meterte en medio de nuestros asuntos? ¿Con qué derecho, eh?
–No puedo permitir que ningún ser humano sea herido por inacción mía. Es mi deber.
–¿Tu deber? –rio con soberbia–. Mira, me importa un carajo tu “deber”. Pero se ve que no tienes claro tu sitio, así que voy a tener la amabilidad de mostrártelo.
En pocos instantes, le vi prepararse para golpearme, e intenté moverme, pero no fui capaz. Mis circuitos no respondían: no podía herir a un ser humano, ni siquiera para protegerme. Iba en contra de mis leyes. No podía defenderme, porque le haría daño, pero tampoco podía irme porque ese sinvergüenza la heriría a ella.
Entonces, me quedé ahí, de pie, con un brazo levantado, mientras me golpeaba, una y otra vez, sin detenerse. Me tiró al suelo, me escupió, y tras contemplarme unos segundos con superioridad, comenzó a pegarme patadas, sin retener ni un ápice de su fuerza.
Al cabo de unos minutos, uno de sus amigos, desaparecido desde hacía un rato, volvió con una sonrisa llena de orgullo dibujada en los labios.
Llevaba un garrote de metal en la mano.
Supe entonces que mi final había llegado. Me giré hacia Alicia, que sollozaba en silencio, acurrucada en un rincón, y le dediqué la mejor sonrisa que pude esbozar. En ese momento, su mar de lágrimas se convirtió en océano, y sentí el primer golpe, dirigido a mi pecho. El siguiente fue a parar a la unión de mi torso a las piernas, y el resto a todas mis otras articulaciones, haciendo que mis extremidades se separaran, los cables al descubierto.
Justo cuando se disponía a asestar a mi cuello un segundo golpe, le vi levantar la mirada, con una chispa de miedo reflejándose en sus ojos. Escuché pasos corriendo hacia donde estábamos, y a los pocos segundos vi la cara de la directora por encima de mí.
Después de aquello, no pude percibir nada más, salvo unas palabras que dijo y que jamás se borrarán de mi sistema:
–No debimos haberle integrado tan pronto. Si ni siquiera se aceptan entre sí, entre seres humanos, ¿cómo iban a aceptar algo que ni siquiera lo es?

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