ESCÚCHAME

Entonces empecé a correr. No iba a desaprovechar esa oportunidad de escaparme, porque era seguro que no se me iba a presentar otra igual. Así que corrí. Escuchaba gritos a mis espaldas que solo me animaban a correr con mayor velocidad.
Empecé a notar escozor en mis piernas. Aún con el dolor, no podía parar de correr, porque si me cogían, no quería ni pensar en lo que me podía pasar. Me tropecé unas cuantas veces y ya me iban pisando los talones. Giré en una calle estrecha, en la que me escondí hasta que pasaron los hombres corriendo; tan centrados en seguirme el ritmo que no se dieron cuenta de mi escondite. Me senté y traté de calmar mi pulso.
Pasado un rato, y ya lo suficientemente relajada para pensar con claridad, saqué de mi bolsillo un papel. Ese papel, que me había hecho tan feliz y tan desgraciada a la vez. Lloré en silencio. Las lágrimas lo mojaban, así que lo aparté. Al fin y al cabo, ese era mi trabajo de toda la vida. Llevaba desde siempre tratando de demostrar esto, y cuando por fin lo había conseguido, todo salió mal.
Desde mi niñez, siempre había estado interesada en la ciencia. Mi tía me enseñó a leer, a pesar de todas las críticas que ella sufrió por ello. La gente no lo veía bien, ya que, al fin y al cabo, yo era una mujer. Por esto mis lecciones pasaron a ser por la noche, cuando no corríamos el riesgo de ser descubiertas. Mi tía, Elena, me había ayudado en tanto...
Pensando en esto, escuché gritos. Me habían encontrado. Salí de mi escondite y traté de subir a la ventana de la casa de enfrente. Pero, justo entonces, mi trabajo se deslizó al suelo. De un salto volví a bajar. Cuando iba a coger el papel, alguien me agarró del brazo. Iba a gritar, pero una mano me tapó la boca.
—Julia, estás loca. ¿Cuántas veces te dije lo que iba a pasar si ibas? Nunca me haces caso, niña.
Nunca me había alegrado tanto de escuchar la voz de mi tía.
—¡Elena! —dije con entusiasmo mientras la abrazaba.
—Venga, venga. No hay tiempo para abrazos, Julia, tienes que salir de la ciudad ahora —dijo al tiempo que se agachaba a recoger el papel que me había llevado a todo esto—. Te lo dije demasiadas veces, niña. Te dije que no te iban a creer y aun así no me escuchaste. Todo esto ha pasado porque eres una cabezota.
—Tía, eso no es verdad. Si me escucharan, se darían cuenta que este descubrimiento puede revolucionar todo. Puedo hacer avanzar a la Humanidad, puedo cambiar el mundo, Elena.
—Ya. Podrías hacer todo eso si en el gobierno hubiera gente con dos dedos de frente y no esos impresentables. Pero ahora eso da igual. Vamos, tenemos que irnos ya.
Caminamos hasta la salida de la estrecha calle cuando aparecieron otra vez los guardas que antes me habían estado persiguiendo. Mi tía me cogió de la mano y corrimos hacia la otra salida; pero otros guardias bloqueaban el paso.
No nos dio tiempo a reaccionar. Los guardias se llevaron a mi tía. Esa fue la última vez que la vi. A mí, me golpearon en la cabeza y caí inconsciente.
Cuando me desperté, estaba atada a un gran trozo de madera, en la plaza de la ciudad. Había una gran multitud de gente, entre las que había caras conocidas, que me miraban con cara de impotencia por no poder hacer nada por ayudarme.
Los hombres hablaron.
—Julia Hernández, has sido acusada de brujería por tratar de demostrar algo imposible y querer convencer a la gente, hechizando sus mentes. Se te declara culpable, y se te condena a muerte en la hoguera.
Ahí fue cuando comencé a temblar, pero no iba a dejar que ellos lo vieran.
—¿Últimas palabras? —me dijo el hombre con una cara que apenas expresaba emoción.
Notaba las lágrimas en mis ojos, empujando para salir; pero las retuve lo mejor que pude.
Tomé una bocanada de aire y me dirigí a todas las personas de la plaza: “Algún día descubriréis que, por vuestra manera de pensar, la ciencia no se va a desarrollar como debería. Algún día descubriréis que estabais todos equivocados y ya será demasiado tarde”.


AÑOS DESPUÉS
Cien años más tarde, Nicolás Copérnico, clérigo y astrónomo muy respetado por la sociedad, demuestra la teoría de que la Tierra gira alrededor del Sol.
Muchos años atrás, una mujer había querido revolucionar la ciencia dando a conocer ese mismo descubrimiento, pero había sido silenciada por querer hablar en una sociedad callada.



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