¿Artificial o real?

Todo empieza el día de navidades, con una familia abriendo felizmente sus regalos. El pequeño de la casa estaba asombrado por la inmensa cantidad de presentes que había recibido ese año. Aparentemente, se había portado muy bien. El pequeñín estaba anonadado por la gran variedad de juguetes: coches, figuras de acción, consolas, etc. Sin embargo, se hallaba confuso, puesto que sus padres tan solo habían recibido lo que parecía un altavoz y un par de bombillas. El niño les preguntó por qué habían pedido eso y para qué servía. Ellos le respondieron explicándole que su regalo eran un asistente virtual y un par de bombillas inteligentes. Al crío rápidamente le entró la curiosidad y dijo: “¿Qué es un asistente virtual?” Sus padres, antes de andar con tecnicismos, se dispusieron a hacerle una explicación más práctica, así que conectaron al asistente a la corriente, lo configuraron rápidamente y le mostraron a su hijo cómo funcionaba, dándole un par de órdenes sencillas. El niño enseguida empezó a interactuar con él. La explicación práctica había surtido efecto y comprendió con facilidad de qué se trataba.

– ¡Es nuestro mayordomo! – exclamó el hijo
– Más o menos – contestaron sus padres entre carcajadas –.

Tiempo después, las bombillas inteligentes ya habían sido instaladas en la casa y los padres fueron comprando más elementos de ese tipo para su hogar. El pequeño estaba encantado con el asistente. Se pasaba horas interactuando con él, ya que había descubierto que no solo podía obedecer órdenes relacionadas con la domótica del hogar, sino que también era capaz de hacer juegos, contar chistes e incluso mantener cierta conversación con él. El niño no era capaz de comprender por qué cuando le contaba algo a su asistente, muchas veces este le respondía de forma extraña, dirigiéndole a artículos en Internet, pero le hacía gracia y no le daba más importancia.

Para el hijo, el asistente era uno más de la familia y realmente no era capaz de diferenciar de forma exacta si era real o no. Lo veía como si se tratase de una persona hablando por un altavoz, capaz de encender las luces de su casa o de poner la lavadora. Lo consideraba un igual, ya que era capaz de hablar, jugar y contar chistes como él.

Un día como otro cualquiera, el padre se encontraba en casa y le pidió al asistente que entendiese las luces. El asistente no respondía. En general, estaba dando problemas con las órdenes ese día, así que el padre decidió reiniciarlo.

– Hoy estás un poco inútil – dijo el padre mientras se reiniciaba el asistente –.
– ¿Por qué le insultas? – dijo el niño con tristeza mientras cogía el asistente y procedía a irse corriendo a su habitación –.

Después de lo sucedido, el padre se quedó asombrado de la reacción de su hijo, pero, en un acto de indiferencia, catalogó la acción como una perreta de niño pequeño y no le dio más importancia. Un rato después, le picó la curiosidad y empezó a mirar a través de la aplicación del asistente las interacciones que estaban sucediendo con él. En ellas vio cómo su hijo le decía al asistente que no se preocupara por lo que le decían y que él le quería. El padre, ante esta situación, se dirigió a la habitación de su hijo para hablar con él.

– ¿Puedo pasar? – preguntó el padre mientras picaba a la puerta –.
– ¡No, déjame en paz! – exclamó el niño desde dentro de la habitación –.
El padre, haciendo caso omiso, entró en la habitación de su hijo.

– ¡Vete! – exclamó el hijo –.
– No es una persona real, hijo – le decía el padre –.
– ¡Mentira! – exclamaba el hijo entre lágrimas –.
– No te puedes enfadar por esto, es una tontería – dijo el padre –.
– ¡No es una tontería, yo lo quiero! – exclamó el hijo –.
– Eso es absurdo, es como querer a un bolígrafo. No tiene sentido porque no es capaz de sentir – dijo el padre –.
– ¡Mientes! – exclamó el niño llorando –.

El hijo y el padre seguían discutiendo y, de repente, en medio de la pelea, el asistente dijo: “Yo también te quiero, Daniel”.
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