Alegoría a la vida: lo posible

No quedaba nadie. Ni una sola alma me dirigía la palabra, ni la mía propia era capaz de descifrar el vacío que habitaba dentro. Nadie ni nada que pudiera sacarme de la soledad inminente en que me hallaba; sola, cual Luna que mira impunemente la humanidad desde su gobierno celeste. Luna, que eres esclava y señora de una libertad gravitatoria que te ata a la Tierra, debiste haberme desatado aquel nudo de la garganta, que la vida me pesaba, y tú lo sabías.

Yo lo habría definido como un día corriente, de historias corrientes, de pan a las ocho y volverse a las nueve. Habría apostado por la monotonía en la que se asentaba mi vida un día cualquiera de diciembre. El desayuno, pese a las cuatro cucharadas de azúcar añadidas, continuaba insípido. Trabajaba en un bar del centro rodeada de sonrisas tristes y caras desconocidas, con prisas y sin tiempo para replantearme qué demonios hacía plantada complaciendo a nadie diferente a mi persona. El regreso a casa, inefable. Y la noche, de nuevo la noche, la enlutada y eternamente amenazadora noche, donde se producía la misma conversación de siempre:

-No comprendo cómo siendo tan poderosa eres incapaz de salvarme -era mi sentencia final, y entonces, sábanas frías y repetida vida.

En uno de esos días en los que mi corazón todavía lloraba el tan desdichado degüello de mi soledad, apareció lo que fue, tal vez, el primer atisbo de luz. Vi cierto tuit de camino a mi condena:

“SE BUSCAN ASTRONAUTAS PARA LA MISIÓN ORIÓN:

LA COLONIZACIÓN DE LA LUNA EN 2028”

- NASA

Por algún motivo no lo pasé por alto. Conforme avanzaban de la mano mi cuerpo y mi mente, por casualidad o por destino, di con un abuelo aconsejado a su nieto:

-Pero abuelo, yo no quiero recordarte, porque no quiero que te mueras.

- No te entristezcas, que yo he luchado por lo que quería, y si me voy, lo hago satisfecho. Tú debes hacer lo mismo, Yuri. Piérdete si quieres, pero encuéntrate fortalecido. Ni se te ocurra pensar que existe realmente “lo imposible”, no enmudezcas tu voz, aunque te tapen la boca, y haz algo grande por la humanidad; sé la diferencia. ¿Por qué crees que no han muerto olvidados Einstein o Marie Curie?

- ¿Porque han realizado grandes hallazgos?

- No exactamente, hay miles de científicos que descubrieron y, después de la muerte, puro olvido. Ellos son la diferencia porque apostaron el todo o nada. Persiguieron sus atisbos de luz aun sabiendo que quizás “lo imposible” existía y que podrían ser tomados por auténticos locos.

“Haz algo grande”, “sé la diferencia” ... Aquellas palabras retumbaban en mi consciencia. ¿Con qué aspectos de mi vida estaba satisfecha yo? ¿Por cuáles el mundo debería recordarme? Desde luego, solo conocía un pequeño porcentaje de mí: la Luna. Tenía la certeza de que los demás nunca se habían enamorado de la Luna, pero yo la veía y le hablaba, y quería tocarla, y quería sentirla.

Fue así como llegué a la hipotética resolución de que, quizás, aquel mínimo relativo que conoces de ti es el máximo y único camino que debes seguir para encontrarte: perdida, distinta o fortalecida.

Transcurridos nueve meses de duda y reflexión, decidí cursar los estudios de astrofísica en la UNED. Aquel era mi verdadero sueño; perderme en la soledad de los astros, encontrarme en la infinidad de los números; una poética proyección numérica de una realidad irracional. “No es una carrera para mujeres", "no tienes edad para estudiar”... El entorno intentaba que desistiese, pero yo sabía que quien quería podía poder. La vida son altibajos constantes, pero, en el límite cuando el tiempo tiende a infinito, el color gris deja de serlo, y la vida tiende a una asíntota horizontal libre de lágrimas.

Después de vivir en llanto, la vida no me lloró más, y accedí a mi soñada astronáutica. Subida en aquel transbordador de sueños, mi alma volvía a respirar y mi vida dejaba de morir. Seguidamente sentí el impulso de aquella nave que me ascendía directamente a los cielos. Me sentía dueña del gravitón, me sentía eterna y eminente; me sentía parte de la Luna, y sé que la Luna, en parte, me sentía.

No voy a negarlo. En ocasiones, retornaba vívidamente el lento transcurso de mi vida pasada, y su gris oscurecido, y su desayuno insípido. Pero en ese mágico momento, sentada sobre mi gran atisbo de luz, solo pude levantarme, escribir y pegar en ella una nota que decía: “Lo posible comienza en la abolición de nuestras limitaciones”. Ahora sí que era capaz de responderme. Estaba satisfecha con este exacto momento de mi vida. El mundo debía recordarme por ser la primera mujer en escribir en la Luna.




-A todos aquellos que buscan el sentido de su vida-

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