EL G7

-3,2,1... iniciando propulsión. Número de fila 1652. Separando pasillos de aire. Porcentaje de oxígeno 95%, porcentaje DE RP-1 (Keroseno refinado) 5%. Prepárese para entrar en la estratosfera. Aislamiento de los trajes, proceso completado. Cerrando la dársena de acceso. Buena suerte. - Finalizó el comandante.
El astronauta desactivó la computadora una vez escuchado el mensaje. Sintió como el cohete, el G7, iniciaba el ascenso; poco a poco el transporte con forma de aguja iba reduciendo su peso hasta quedar completamente suspendido en el aire.
Cuando se elevó unos metros sobre la plataforma emitió un crujido seguido por un silencio imperturbable. El astronauta apagó todas las luces seguidas de los paneles de control de la cabina. Lo único que aún seguía encendido era la computadora de comunicaciones. Los tres días siguientes transcurrieron sin novedad. Al cuarto el G7 ya se encontraba en órbita, desprendiéndose así de la parte trasera del cohete. Al sexto día, después de unas cuantas horas que llevó el proceso, el astronauta pudo anclarse a la estación espacial.
Al séptimo día realizó la rutina: levantarse a las cuatro, correr en la cinta durante tres horas (ya que al estar en el espacio los músculos se agarrotaban dando lugar a fuertes calambres) comer y acostarse temprano. Al octavo día, mientras consumía una barrita energética, el astronauta se extrañó al no recibir noticias de la ETE (Edificación Terrestre Espacial). Al acabar de comer se dirigió a la sala de control. Revisó el panel de radiocomunicaciones. No había ningún mensaje. Se deslizó (ya que no había gravedad) hasta llegar a una de las ventanillas. Observó el planeta Tierra, la superficie que una vez fue verde y azul ahora se teñía de negro. El astronauta se dirigió hasta la sala de control. Lo que vio lo dejo sin palabras. La estación espacial se estaba alejando con una rapidez impresionante de la Tierra. Cuando me acoplé se debió de soltar algún cable que estabilizaba los motores, se dijo. La presión aumentó en el pecho del astronauta; temblaba ligeramente mientras una sombra le cruzaba la cara. El panel de navegación parpadeaba lentamente en medio del silencio del vacío. El cohete se alejaba cada vez más. Volvió la cabeza temerosamente hacia el planeta: ahora apenas era un diminuto círculo. Al noveno día la estación espacial se encontraba a 8 mil años luz de la Tierra. El astronauta se alarmó al sentir una fuerte sacudida. Fue a la cabina y revisó el panel de navegación. En él pudo ver su ubicación junto con todas las super novas que entraban dentro del radar, sin embargo, una pequeña mancha negra con perfiles morados le llamó especialmente la atención. Miró a través del gran ventanal de la cabina y divisó esta anomalía, se diría que estaba principalmente compuesta por gases. Al décimo día la distancia que separaba el cúmulo de gases y el G7 era ínfima. El astronauta intentó desesperadamente contactar con la Tierra, mas no hubo respuesta. Al onceavo día solo quedó el agujero, no había rastro de nada. Lo único perceptible era el frío del espacio, ahora sí, con un silencio total.
El astronauta veía pasar los carruajes impulsados por blancos corceles. Era un día frío y la niebla abundaba. Llevaba unos zapatos broguer, un sombrero de copa marrón y un maletín. Ayer, 4 de marzo de 1797, se había elegido a John Adams como presidente de los EE. UU. Las aceras eran de piedra. El astronauta, teniendo un conocimiento nulo acerca de la astronáutica, así como la astrofísica, empezó a caminar hacia un bar que se encontraba en la esquina de la calle. Se fijó en un billete doblado de un dólar. Lo cogió y continuó andando. Al entrar en la cafetería sintió un espasmo en las rodillas. Se sentó rápidamente y mientras tomaba un café vio unas llamas de colores en el lugar. Giró la cabeza hacia atrás y vio a Hércules Poirot acompañado por Moon-Watcher. El astronauta, sin extrañarse, le dio otro sorbo a la taza. Esta vez advirtió un gran agujero en el suelo de la cafetería. Sin poder evitarlo, una fuerza invisible lo dominó, como si estuviera poseído. El astronauta se levantó hieráticamente, y se desplomó en el medio del bar, donde aún seguía el agujero. Los presentes no se volvieron para ver lo que sucedía, simplemente parecía como si no se hubieran dado cuenta de lo que había pasado. El astronauta se despertó. Volvía a estar suspendido en la Estación Espacial. Se deslizó hasta la ventanilla. Los océanos y continentes del planeta Tierra volvían a ser azules y verdes. Dijo una maldición por haberse angustiado tanto por un sueño. Tomó una barrita energética, sin embargo, cuando iba a cogerla en el bolsillo de su abrigo, encontró un billete de un dólar doblado por la mitad.
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