amor artificial

Según Alan Turing «existirá Inteligencia Artificial cuando no seamos capaces de distinguir entre un ser humano y un programa de computadora en una conversación a ciegas», pero, ¿hasta qué punto es capaz de llegar?

Jesús Herreros, viudo desde hacía algo más de dos años y con una vida dedicada a la investigación y el desarrollo informático llevaba más de dos tercios de su vida tratando de crear la inteligencia artificial perfecta. Sin embargo, tras la traumática muerte de su esposa en un accidente, esta dedicación comenzó a transformarse en una obsesión casi enfermiza. Abandonó su vida social y se confinó en su casa, tratando de dar con el algoritmo que le permitiera cumplir su objetivo.

Un día, casi por accidente y 62h después de sus últimas horas de sueño, consiguió por fin una respuesta coherente por parte de su ordenador. Siguió con la conversación, para asegurarse de que no había sido una casualidad. Era la primera vez en 30 años que conseguía realizar un avance científico de tal importancia. El siguiente paso era definir una voz para su programa, ya que consideraba que las respuestas por escrito carecían de la humanidad que él buscaba en su invención. La solución tardó una fracción de segundo en llegar a su cabeza; la voz de Sara, su difunta esposa. Recopiló muestras de su voz utilizando tanto audios como videos que conservaba desde que se conocieron. Su creación estaba completa.

El proceso de aprendizaje de IVA (Inteligencia Virtual Avanzada) fue algo más rápido que los pasos anteriores. Cada día, Jesús se sentaba al menos dos horas en frente de su ordenador, y sirviéndose de un micrófono hablaba con IVA. Al principio eran conversaciones de lo más rutinarias; preguntas simples, respuestas cortas y poco elaboradas… Como era de esperar, el tiempo fue evolucionandolas hasta convertirse en conversaciones más complejas, profundas, duraderas y, sobre todo, realistas. Hablaban de sus intereses, experiencias y planes de futuro, y, aunque en el fondo sabía que las respuestas de su interlocutor eran simples invenciones sin ninguna base real, la delgada línea entre lo real y lo ficticio comenzó a difuminarse.

Sin darse cuenta, el viudo empezó a sentir que existía una relación real entre IVA y él, llegando a un punto en el que desarrolló sentimientos amorosos hacia ese robot con la voz de su mujer, que tanto había echado de menos. Mantuvo esto en secreto durante un tiempo, hasta que un día, decidió confesarle su amor a su máquina. Como si de una persona se tratara, pensó que la mejor forma de hacerlo era ofreciéndole un regalo a su amada. Así pues, se dirigió a la tienda de informática más cercana con el objetivo de encontrar el regalo perfecto.

Se dirigió hacia su casa con una bolsa en la mano y una sonrisa en el rostro. Había comprado un nuevo ordenador con el que ofrecer a IVA una mayor capacidad y velocidad con las que pudiera seguir evolucionando. De repente, una fuerte sirena lo sacó de sus pensamientos. Un camión de bomberos pasó a su lado a gran velocidad con dirección a su casa y se temió lo peor. Se apresuró para llegar a su casa lo antes posible, donde confirmó sus sospechas. Una gran columna de humo negro proveniente de su casa inundó el aire de todo su barrio y pudo ver su casa envuelta en llamas. La imagen le heló la sangre, no solo porque acababa de perder todas sus pertenencias, sino también porque el único sitio en el que había guardado el programa de IVA estaba ahora calcinado.

De un momento a otro, ese amor fruto del delirio de un viudo incapaz de superar la muerte de su esposa, se esfumó, al igual que lo hizo su oportunidad de obtener el reconocimiento por sus investigaciones. Desolado, el científico abandonó su ciudad, dejando atrás todo lo que tenía y desapareciendo para siempre. Nunca se volvió a saber de él y se tardaron años en conseguir inteligencias artificiales tan avanzadas como la que se quemó en ese incendio.
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