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LOS SECRETOS DE WUHAN



Desde pequeños, algunos podemos tener el sueño de ser astronautas, o de ser superhéroes. Yo, en cambio, desde pequeña tuve claro lo que quería ser: Científica.


Cuando tenía 8 años, escuche una palabra un tanto extraña, “Virus”. Me invadió la curiosidad y descubrí que eran unos organismos muy pequeños que permanecían dormidos, y que cuando entraban en nuestro cuerpo, despertaban y hacían que nos encontráramos mal. Sé que existen definiciones más científicas, pero así es como lo entendí y
Con 10 años, aprendí cual sería la profesión a la cual me dedicaría. Me identifique con la virología. Una profesión dedicada a los virus y a ayudar a la gente.

Estudié la carrera, y unos años después pude cumplir el sueño de aquella niña de diez años.
Comencé a trabajar en el instituto de virología de Wuhan, y aunque no dominaba el idioma, mis compañeros me acogieron bien. Sabía que era muy afortunada de estar allí, pero mi sexto sentido me decía que no todo iba bien.
Me dieron trabajo, más bien papeleo, que tenía que rellenar para que se pudieran realizar experimentos con animales, ya que antes de probar cualquier fármaco en humanos, se deben probar en animales para comprobar cómo les afecta y prevenir accidentes. Yo estaba un poco decepcionada. Pensé que, en un laboratorio como ese, podría experimentar y trabajar con los mejores en mi profesión, pero me dedique a hacer papeleo. Supuse, que, al ser la novata, no tendrían la confianza suficiente para dejarme trabajar en sus proyectos, pero conforme iba avanzando el tiempo noté una cierta conducta que me extrañó mucho. Cada vez que entraba en alguna sala, las conversaciones se detenían y muy frecuentemente, la gente empezaba a susurrar. No sabía por qué lo hacían, y lo ignoré por un tiempo.

Finalmente, unos meses después, me dieron un traje EPI, que estaba formado por monos completos, dos pares de guantes, mascarillas y el equipo necesario para trabajar con virus, ya que son muy peligrosos y muchos no tienen cura. Finalmente, el sueño al que aspiraba durante los últimos seis meses se había cumplido. Por fin, podría entrar en el laboratorio y experimentar.
El laboratorio era muy limpio, con salas específicas separadas, para trabajar con distintos proyectos en un lugar de trabajo adecuado, ya que se necesita mucha concentración y precisión y no existía un margen de error.
Me llevaron a una sala pequeña. En su interior, había una mesa bien iluminada con unas probetas y unos recipientes. Me dijeron que debía trabajar en una vacuna para un virus que acababa de surgir.
En ese instante empecé a sospechar. ¿Un nuevo virus? ¿Qué acababa de surgir? No me lo creí del todo, pero. Supuse que las autoridades querrían mantener esto en secreto, ya que podía causar gran incertidumbre; y empecé trabajar con mi nuevo proyecto: crear una nueva vacuna contra un nuevo virus. Sabía que me llevaría tiempo, quizá más de un año, pero, aun así, empecé a experimentar con una gran ilusión.
Lo primero que hice fue averiguar qué síntomas tenía el virus. Descubrí que provocaba dolor de garganta, tos y fiebre en los casos más leves, y dificultades respiratorias y neumonías en los más graves. En ese momento fue cuando descubrí que el virus era bastante peligroso, y decidí aumentar la velocidad de mi trabajo. Después, lo que hice fue la realización de cultivos del virus, es decir, multipliqué la cantidad de virus con una capa de células. Después estuve muchísimo tiempo haciendo pruebas y experimentos, para conseguir la vacuna perfecta contra el SARS-COV2, nombre que le puse yo misma porque se parecía a otro virus de hace unos años.
Finalmente, después de siete meses de intenso trabajo y esfuerzo, decidí que era hora de realizar los primeros estudios con animales de la vacuna.
Después de realizar el primer estudio, quedé perpleja. ¡Había funcionado!
¡Mi vacuna, en la que había invertido tanto tiempo era perfecta! Mis compañeros se alegraron, pero su actitud seguía siendo sospechosa. Ya que por fin había acabado mi trabajo, decidí que era hora de empezar a no ignorar mis continuas sospechas sobre el comportamiento en el laboratorio. Algo no pintaba bien.
Mis dudas se volvieron más fuertes cuando descubrí que mi hallazgo no se había hecho público. “Un descubrimiento tan importante debería salir en las noticias” pensé.
Al siguiente día, descubrí algo aterrador. Por accidente en una de las salas prohibidas y descubrí los malvados planes del laboratorio. Pretendían liberar al virus y después vender mi vacuna al resto del mundo. Corrí hacia mi sala, recogí mis cosas (incluido las pruebas de la vacuna) y me fui de aquel lugar. Miré el mercado de Wuhan y me entró un escalofrío. Decidí no mirar atrás. Me fui de aquel lugar triste y decepcionada, pero sobre todo aterrada por lo que se acercaba.


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